Veracruz no aguanta más. Lo grita la gente en la calle, lo reflejan los medios y lo confirman los hechos que manchan de sangre su geografía. El problema no es nuevo, pero lo preocupante es que la esperanza que se sembró en las urnas comienza a marchitarse.
Durante meses, Rocío Nahle recorrió el estado con una promesa que caló hondo en el ánimo de miles de ciudadanos: traer de vuelta la paz y rescatar a Veracruz del abandono y la violencia que marcaron el gobierno de Cuitláhuac García Jiménez. Prometió no fallar, devolverle al pueblo lo que es del pueblo, y gobernar con firmeza.
Pero la realidad no espera discursos. Hoy, los grupos criminales marcan el ritmo del estado. Se disputan el sur, el centro y el norte como si fueran dueños, mientras el aparato gubernamental parece paralizado, ausente, o simplemente rebasado.
El fin de semana pasado, los hechos ocurridos en Tuxpan nos recordaron crudamente que el crimen organizado no ha cedido ni un metro de terreno. Un motín, cuerpos esparcidos en las carreteras y el miedo recorriendo las venas de un pueblo que se siente cada vez más solo.
Y es que este lunes, amanecimos con la noticia de restos humanos abandonados en plena carretera a Cazones. Un mensaje, no solo entre delincuentes, sino también para el gobierno: “Aquí mandamos nosotros”.
Y lo peor, nadie responde con la contundencia que la situación exige.
Podrán argumentar que Rocío Nahle está arrancando su gobierno, que no es del todo su responsabilidad lo que le dejó su antecesor en materia de seguridad, pero cuando se lanza una promesa tan fuerte como la de recuperar la seguridad, su compromiso comenzó desde el momento en que se ganó la confianza de un pueblo harto. Veracruz no está para pausas, ni para cálculos políticos.
La narrativa del cambio parece que comienza a desvanecerse muy rápido. Que mientras en campaña se hablaba de orden y autoridad, hoy los delincuentes ocupan ese vacío con más violencia, más control, más impunidad.
Veracruz necesita algo más que discursos y giras de agradecimiento. Necesita gobierno, autoridad, decisiones firmes. La gente no votó por un relevo decorativo, votó por un rescate real. Y eso, al día de hoy, sigue pendiente.
Si Rocío Nahle quiere honrar su palabra, el momento de demostrarlo es ahora. Porque cada día que pasa sin acción, la promesa de paz que tanto emocionó, se va convirtiendo en otra promesa rota más… Y Veracruz ya tiene demasiadas de esas.
