Esperanza o más de lo mismo

Pasaron las elecciones del 1 de junio y con ellas, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) terminó de confirmarse como una fuerza política en ruinas en Poza Rica. Hoy, de aquel tricolor fuerte y competitivo, solo quedan algunos militantes de memoria larga… y de estómago fuerte, capaces de digerir los bolillos duros que —dicen— fue lo único que repartió Abel Adrián Delgado Tadeo, el aún dirigente local.

Porque, seamos claros, rescatar al PRI nunca fue el objetivo. Su verdadera meta estaba perfectamente calculada y se concretó con precisión, es decir, colocar a su pareja sentimental como regidora en la próxima administración municipal. Y eso, hay que reconocerlo, lo logró con maña, clientelismo de barrio y estructuras que ya no creen ni en los colores, ni en los discursos.

Pero Delgado Tadeo no es ningún improvisado. Sabe —y bien— del poder y los privilegios que ofrece una regiduría en Poza Rica. No por nada ha sido uno de los principales proveedores del Ayuntamiento durante la administración de Morena.

Ahora, con un pie dentro del cabildo vía su pareja, el otro lo mantendrá bien firme en los pasillos de tesorería municipal mamando de la ubre presupuestal, como lo ha hecho en los últimos años.

Mientras tanto, el PRI, como marca y estructura, queda sepultado bajo los intereses personales de quienes lo han usado como escalón político. Y si algo le queda claro a la militancia que aún respira aunque sea por nostalgia es que, si no hay una purga urgente, lo que queda del tricolor seguirá siendo botín de oportunistas.

Es tiempo de que quienes se llenaron los bolsillos a costa del partido sean borrados sin contemplación y se abra paso a nuevas generaciones: jóvenes políticos con visión, carácter y sobre todo, sin el vicio de la simulación.

Solo así el PRI podrá aspirar a algo más que una regiduría de compromiso en los próximos procesos locales. Porque, si el partido no se renueva desde dentro, no habrá milagro electoral que lo reviva.