LLAMADA DE EMERGENCIA
POR: TUM GUSTAVO GARCÍA SALAZAR
En una emergencia, la solidaridad conmueve. Ver a hombres y mujeres dispuestos a dejar su hogar, viajar miles de kilómetros y arriesgar su propia vida para buscar sobrevivientes despierta admiración. Sin embargo, cuando se trata de una operación de búsqueda y rescate en estructuras colapsadas, debemos comprender una verdad que puede parecer dura: las buenas intenciones, por sí solas, no salvan vidas.
Durante los últimos días, la agrupación mexicana conocida como Los Topos volvió a ocupar la conversación pública, después de que se informara que uno de estos grupos no recibió autorización para participar en las labores de rescate tras el terremoto ocurrido en Colombia.
La decisión provocó molestia en las redes sociales. Muchas personas la interpretaron como una falta de respeto hacia México, una injusticia contra los rescatistas o, incluso, un desprecio hacia quienes únicamente querían ayudar.
Pero las emergencias internacionales no pueden analizarse solamente desde la emoción. También deben entenderse desde la coordinación, la seguridad, la preparación técnica y la responsabilidad del país afectado.
Las autoridades colombianas informaron que la emergencia estaba siendo atendida por sus propios equipos y que cualquier apoyo internacional sería evaluado conforme a sus necesidades y a los lineamientos establecidos. La propia Brigada de Rescate Topos Tlatelolco comunicó que respetaría la decisión y la autodeterminación de Colombia, concentrando sus esfuerzos en la recolección y el envío de ayuda humanitaria.
Esto es importante: ningún equipo extranjero puede ingresar por decisión propia a una zona de desastre y comenzar a trabajar solamente porque tiene experiencia o desea ayudar. La autoridad del país afectado conserva el mando y tiene la responsabilidad de decidir qué recursos necesita, cuántos grupos puede recibir y bajo qué condiciones pueden operar.
De lo contrario, una zona de desastre podría llenarse de agrupaciones actuando de manera independiente, duplicando esfuerzos, consumiendo recursos locales, interfiriendo con otros equipos o, en el peor de los casos, generando nuevos riesgos.
Aquí aparece un concepto que pocas veces se explica en las redes sociales: INSARAG.
INSARAG es el Grupo Asesor Internacional de Operaciones de Búsqueda y Rescate. Se trata de una red creada en 1991, integrada por más de 90 países y organizaciones, bajo el marco de las Naciones Unidas y con la Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios como su secretaría.
Su propósito es establecer normas internacionales mínimas y una metodología común para que los equipos especializados en búsqueda y rescate urbano, conocidos como equipos USAR, puedan trabajar de manera segura, ordenada y coordinada durante una emergencia.
INSARAG no se creó para impedir la ayuda ni para favorecer a determinadas agrupaciones. Surgió precisamente porque, después de distintos terremotos, se observó que la llegada desordenada de rescatistas internacionales podía convertirse en un problema adicional para los países afectados.
Cuando decenas de equipos llegan sin coordinación, cada uno con procedimientos distintos, aparecen la duplicidad de tareas, la saturación de los puntos de entrada, los problemas de comunicación y el uso innecesario de recursos. En medio de una tragedia, el desorden también puede costar vidas.
Por eso existen estándares relacionados con administración, logística, búsqueda, rescate, atención médica, comunicaciones y seguridad. También se desarrollaron procesos de Clasificación Externa de INSARAG para comprobar que un equipo realmente posee las capacidades que declara tener.
Los equipos pueden clasificarse, según su capacidad operativa, como ligeros, medianos o pesados. Esta clasificación no se obtiene por fama, antigüedad, número de seguidores o cantidad de misiones realizadas. Se consigue demostrando, mediante evaluaciones y ejercicios exigentes, que el grupo cuenta con personal capacitado, estructura de mando, procedimientos documentados, herramientas, comunicaciones, atención médica, logística y capacidad para trabajar de manera continua.
Además, las capacidades deben mantenerse y actualizarse. Una acreditación no puede convertirse en un reconocimiento eterno. La metodología, las herramientas, la tecnología y los riesgos cambian, por lo que los equipos clasificados deben someterse periódicamente a procesos de reclasificación.
INSARAG tampoco es una licencia automática para ingresar a cualquier desastre. La clasificación acredita capacidades verificables, pero la decisión final sobre qué equipos acepta corresponde siempre al país afectado. Ninguna brigada, por reconocida que sea, puede llegar y actuar sin una solicitud o autorización oficial.
Antes de acusar al gobierno colombiano de rechazar la ayuda por capricho, también debemos conocer la capacidad técnica con la que cuenta ese país.
Actualmente, Colombia posee 23 equipos USAR acreditados o reacreditados nacionalmente. Además, cuenta con un equipo clasificado internacionalmente por INSARAG: el USAR COL-1, reconocido como equipo de nivel mediano y preparado para intervenir tanto dentro como fuera del territorio colombiano.
En junio de 2026, el USAR COL-1 aprobó nuevamente el exigente proceso de Reclasificación Externa de INSARAG, confirmando que mantiene las capacidades operativas, administrativas y logísticas requeridas para responder a emergencias internacionales.
Pero lo más interesante es la forma en que está integrado. El USAR COL-1 funciona como una verdadera selección Colombia de búsqueda y rescate urbano.
No es un grupo improvisado ni pertenece exclusivamente a una sola institución. Su estructura está conformada por más de 150 especialistas procedentes de organismos operativos del Sistema Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres.
Entre sus integrantes se encuentran especialistas de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, cuerpos de bomberos, Cruz Roja Colombiana, Defensa Civil, Policía, Ejército, Armada y Fuerza Aeroespacial Colombiana, entre otras instituciones.
Sus miembros proceden de grupos previamente acreditados y son seleccionados para reunir a especialistas en planificación, logística, búsqueda, rescate, atención médica, comunicaciones y trabajo con binomios caninos.
Colombia no espera a que ocurra una tragedia para reunir voluntarios al azar. Mantiene una reserva de especialistas capacitados y, cuando se requiere un despliegue, selecciona al personal conforme a las necesidades de la misión.
No necesariamente se moviliza siempre a los mismos integrantes. Se elige a quienes poseen las habilidades, condiciones físicas, disponibilidad y experiencia necesarias para enfrentar las características específicas de cada emergencia. De ahí que sea conocida como una selección nacional de rescatistas urbanos.
Por eso, cuando Colombia decide qué equipos extranjeros pueden incorporarse a una operación, lo hace desde una estructura que conoce la metodología INSARAG y que posee experiencia en clasificación, acreditación y coordinación USAR. Incluso, cuenta con un proceso nacional reconocido para evaluar a sus propios grupos.
Este dato cambia la perspectiva. No estamos hablando de un país sin conocimientos que rechazó arbitrariamente a rescatistas experimentados. Estamos hablando de una nación que también posee especialistas, procedimientos, equipos acreditados y una estructura nacional de respuesta.
Su decisión podrá discutirse, pero no debe reducirse a decir que “no quisieron recibir ayuda”. Si las autoridades determinaron que sus capacidades nacionales eran suficientes o que solamente necesitaban equipos internacionales con características determinadas, tenían la responsabilidad y el derecho de controlar el acceso.
En una emergencia, seleccionar no es despreciar. Seleccionar también significa proteger vidas, evitar la saturación de la zona y garantizar que cada rescatista que ingrese forme parte de una operación coordinada. Otro principio fundamental de las misiones internacionales es la autosuficiencia.
Un equipo extranjero no puede llegar al país afectado esperando que el gobierno local le proporcione alojamiento, alimentos, agua, medicamentos, combustible, transporte, comunicaciones, herramientas o equipo de protección.
Una nación que acaba de sufrir un terremoto ya tiene sus servicios saturados, su infraestructura dañada y a miles de personas necesitando ayuda. Sus recursos deben concentrarse en atender a su propia población.
Un equipo internacional debe llevar sus alimentos, agua para consumo e higiene, medicamentos, comunicaciones, herramientas, equipo de protección y los recursos necesarios para instalar su base de operaciones. También debe disponer de la logística suficiente para movilizarse, trabajar y mantenerse durante el tiempo previsto sin representar una carga adicional para el lugar.
Los criterios de INSARAG incluyen precisamente la comprobación de esa autosuficiencia. Incluso, un grupo integrado por personas valientes y experimentadas puede convertirse en una carga si llega sin los recursos necesarios. Cada botella de agua, ración de comida, litro de combustible o espacio para dormir que deba proporcionársele será un recurso que dejará de estar disponible para la población afectada.
Por eso, querer ayudar no es suficiente. También es necesario demostrar que se puede llegar, trabajar, mantenerse y retirarse sin aumentar las necesidades del lugar.
Esta situación no es completamente nueva. Después del colapso del edificio Champlain Towers South, ocurrido en Surfside, cerca de Miami, en junio de 2021, integrantes de grupos mexicanos conocidos como Los Topos viajaron a Florida con la intención de colaborar.
Sin embargo, algunos permanecieron a la espera de autorización y no tuvieron acceso inmediato a la zona del derrumbe. En aquel momento, el jefe de Bomberos de Miami-Dade explicó que, aunque muchas personas querían ayudar, las autoridades debían asegurarse de contar con individuos debidamente capacitados para realizar el trabajo.
No sería preciso asegurar que todo se debió exclusivamente a la falta de una certificación específica. También existían restricciones de seguridad, control de acceso y una estructura de mando responsable de la operación. Pero aquel episodio dejó la misma enseñanza: llegar al lugar no otorga automáticamente el derecho de ingresar a una estructura colapsada.
La autoridad responsable debe verificar quién entra, qué preparación posee, qué función desempeñará y bajo qué mando trabajará. Esta decisión puede resultar frustrante para quien viajó dispuesto a ayudar, pero también protege a los rescatistas, a las víctimas y a toda la operación.
En búsqueda y rescate urbano no existe espacio para la improvisación. Un movimiento equivocado puede provocar un colapso secundario. Una perforación mal realizada puede lesionar a una persona atrapada. El ingreso sin control puede modificar la estabilidad de la estructura, destruir un espacio vital, alterar las señales que se están buscando o poner en riesgo a otros rescatistas.
Hablar de Los Topos también exige reconocer su historia. Estas agrupaciones tienen su origen en la respuesta espontánea de la sociedad después del terremoto que golpeó la Ciudad de México en septiembre de 1985.
Cuando las capacidades institucionales fueron rebasadas, ciudadanos comunes ingresaron entre los escombros para buscar a familiares, vecinos y personas desconocidas. Muchos arriesgaron la vida sin más protección que su valor y sin otra herramienta que sus propias manos.
Su participación fue fundamental y se convirtió en un símbolo de solidaridad, coraje y organización ciudadana. Con el paso de los años, diferentes agrupaciones que utilizan el nombre de Los Topos participaron en misiones nacionales e internacionales y construyeron una historia reconocida dentro y fuera de México.
Ese legado nadie puede borrarlo. Pero debemos distinguir entre honrar la historia y pensar que la historia es suficiente para responder a las exigencias actuales. Lo que funcionó en 1985 no necesariamente cumple con los estándares operativos de 2026.
Hoy existen cámaras de búsqueda, sensores acústicos, drones, radares, sistemas de apuntalamiento, procedimientos de marcaje, evaluación estructural, comunicaciones, coordinación digital y protocolos médicos y de seguridad mucho más especializados.
La experiencia es valiosa, pero necesita acompañarse de actualización, entrenamiento permanente, documentación, evaluación y acreditación. Haber participado en grandes rescates no puede sustituir la obligación de demostrar que las capacidades continúan vigentes.
También debemos aclarar que existen diferentes organizaciones que utilizan la denominación de Los Topos y que no todas tienen la misma estructura, preparación, reconocimiento o relación institucional. Por eso no es correcto juzgarlas como si fueran una sola agrupación.
En redes sociales solemos convertir cualquier decisión técnica en una confrontación. Si un gobierno no autoriza la entrada de un equipo, inmediatamente aparecen acusaciones de ingratitud, discriminación o intereses políticos.
Pero aceptar toda la ayuda ofrecida no siempre es la mejor decisión. El país afectado debe evaluar sus necesidades reales. Si cuenta con suficientes equipos nacionales puede decidir no solicitar más grupos internacionales. También puede aceptar únicamente equipos con determinadas capacidades, herramientas o clasificaciones.
INSARAG ayuda a que esa selección no dependa solamente de discursos, prestigio o popularidad, sino de capacidades comprobables. La clasificación no es un premio ni un adorno para colocarlo en el uniforme. Es una garantía de que el equipo fue evaluado y puede integrarse a una operación internacional utilizando una metodología común.
Exigir acreditaciones y capacidades verificables no significa despreciar el valor de los voluntarios. Significa reconocer que la búsqueda y el rescate son actividades altamente especializadas, en las que una mala decisión puede costar la vida de la víctima y también la del rescatista.
La discusión no debería centrarse en atacar a Colombia ni en descalificar a Los Topos. La verdadera pregunta es, ¿qué debemos hacer para fortalecer a nuestros grupos mexicanos de rescate?
México posee experiencia, talento humano y una enorme tradición de solidaridad. Lo que corresponde ahora es impulsar a nuestras agrupaciones para que actualicen sus conocimientos, fortalezcan su estructura, documenten sus capacidades y avancen en los procesos nacionales e internacionales de acreditación.
Las autoridades también deben acompañarlas. Certificarse, capacitarse, renovar herramientas y mantener una estructura operativa cuesta dinero. No basta con reconocer a los rescatistas durante una tragedia y después dejarlos solos para conseguir recursos.
Los propios grupos, por su parte, deben aceptar que la experiencia acumulada no los coloca por encima de la evaluación. Quien está verdaderamente comprometido con salvar vidas debe estar dispuesto a demostrar sus capacidades, corregir deficiencias y actualizarse constantemente.
El heroísmo de 1985 abrió un camino y dejó una herencia invaluable. Defender ese legado no significa vivir únicamente de él, sino hacerlo evolucionar.
En una emergencia, la voluntad es el punto de partida, pero no puede ser el único requisito. Se necesita preparación, acreditación, herramientas, logística, autosuficiencia, coordinación, disciplina y humildad profesional.
La solidaridad mueve a las personas a cruzar fronteras. La capacitación les permite actuar correctamente cuando llegan. La coordinación determina dónde y cuándo deben intervenir. Y la humildad profesional les recuerda que ninguna agrupación, por histórica o reconocida que sea, puede dejar de aprender.
Las buenas intenciones inspiran, movilizan y nos recuerdan lo mejor de la humanidad. Pero cuando una estructura colapsa y hay vidas atrapadas bajo los escombros, debemos decirlo con claridad:
Las buenas intenciones, por sí solas, no salvan vidas. La preparación, la coordinación y el profesionalismo sí pueden hacerlo.
Nos leemos el próximo lunes.
