LLAMADA DE EMERGENCIA

POR: TUM. GUSTAVO GARCÍA SALAZAR
Cada septiembre, México vuelve a hablar de sismos, evacuaciones, alarmas y simulacros; las imágenes de 1985 y 2017 regresan a nuestra memoria para recordarnos que una emergencia puede cambiarlo todo en cuestión de segundos. En escuelas, oficinas, comercios y dependencias públicas se organizan ejercicios de evacuación; se señalan salidas, se forman brigadas y, durante unos minutos, la palabra prevención ocupa el lugar que siempre debería tener. Sin embargo, una vez concluido el simulacro, con demasiada facilidad regresamos a la rutina y dejamos la preparación para el próximo septiembre.
Ahí se encuentra uno de nuestros mayores problemas: hemos convertido la prevención en una fecha conmemorativa, cuando debería ser una forma cotidiana de tomar decisiones; participar en un simulacro es importante, pero no basta con salir de un edificio, tomarnos una fotografía y publicar que cumplimos. El verdadero valor del ejercicio aparece cuando nos permite detectar fallas: una puerta bloqueada, una ruta mal señalizada, una alarma que no se escucha, una persona que desconoce su función o una brigada que solamente existe en el papel. Un simulacro que no se evalúa termina siendo una representación; uno que produce correcciones puede salvar vidas.

Prepararnos tampoco significa vivir con miedo; significa reconocer los riesgos del lugar donde habitamos y trabajamos, y actuar antes de que estos se conviertan en una tragedia. En Poza Rica nuestra realidad no se limita a los sismos, pues conocemos los efectos de las lluvias intensas, las inundaciones, los huracanes, los incendios, las fugas de gas y los accidentes que pueden ocurrir tanto en instalaciones industriales como dentro de nuestros hogares; cada comunidad tiene amenazas particulares y, por ello, cada familia, empresa e institución necesita un plan acorde con su entorno.
La experiencia nos ha demostrado que ninguna emergencia avisa con la anticipación que quisiéramos. Cuando el agua comienza a subir, se interrumpe la energía eléctrica o se ordena una evacuación, ya no es momento de preguntarnos dónde están los documentos importantes, qué medicamentos necesita un familiar o a quién debemos llamar; esas respuestas deben existir desde antes, por eso un plan familiar de protección civil no debería considerarse un trámite, sino un acuerdo sencillo y conocido por todos: identificar zonas de menor riesgo, establecer rutas de salida, definir un punto de reunión y asignar responsabilidades de acuerdo con la edad y las capacidades de cada integrante.

También es necesario preparar y revisar periódicamente una mochila de emergencia, la cual debe contener agua, alimentos no perecederos, lámpara, radio, baterías, botiquín, copias de documentos, números de contacto, artículos de higiene y medicamentos indispensables; no se trata de llenarla una vez y olvidarla en un rincón. Los productos caducan, las baterías se descargan y las necesidades familiares cambian, y si en casa hay niñas, niños, adultos mayores, personas con discapacidad o animales de compañía, el plan debe contemplarlos de manera específica; una emergencia afecta a todos, pero no todos pueden responder de la misma forma.
La prevención comienza incluso con acciones que parecen pequeñas: no bloquear pasillos, revisar las instalaciones eléctricas y de gas, mantener libres las salidas, conocer el funcionamiento de los extintores y reportar oportunamente cualquier condición insegura; muchas tragedias no son producto de un riesgo desconocido, sino de señales que fueron ignoradas. Una grieta, un cable expuesto, una fuga, una puerta cerrada con llave o un equipo sin mantenimiento pueden parecer asuntos menores hasta el momento en que impiden una evacuación o agravan un accidente.
En los centros de trabajo y espacios públicos, la responsabilidad es todavía mayor, ya que no basta con colocar señalamientos o integrar documentos para cumplir una inspección, las brigadas deben estar capacitadas, contar con equipo funcional y practicar bajo escenarios realistas; las personas responsables necesitan saber cómo activar los servicios de emergencia, brindar primeros auxilios básicos y apoyar una evacuación sin exponerse innecesariamente. Además, después de cada ejercicio debe elaborarse una evaluación honesta; reconocer una falla no desacredita a una institución, al contrario, le brinda la oportunidad de corregirla antes de enfrentar una situación real.

También debemos cambiar la manera en que participamos en los simulacros, incluso todavía hay quienes los toman como un descanso, salen riendo, regresan por sus pertenencias o ignoran las indicaciones; esa conducta no solo resta seriedad al ejercicio: crea hábitos equivocados. Bajo presión, las personas suelen actuar como han practicado, y si durante el simulacro normalizamos el desorden, la improvisación y la indiferencia, difícilmente reaccionaremos mejor cuando exista humo, oscuridad, ruido, miedo o personas lesionadas; practicar correctamente no garantiza que todo saldrá perfecto, pero aumenta considerablemente nuestras posibilidades de responder con orden.

La memoria de los desastres debe servir para algo más que contar víctimas y repetir aniversarios; recordar a quienes perdieron la vida implica asumir una responsabilidad con quienes hoy podemos proteger. Cada tragedia deja lecciones sobre construcción segura, comunicación de riesgos, coordinación institucional, participación comunitaria y capacidad de respuesta; el problema aparece cuando esas lecciones se archivan junto con la emergencia y solamente vuelven a mencionarse en una ceremonia.

México cuenta con una sociedad capaz de organizarse y mostrar una enorme solidaridad en los momentos más difíciles. Lo hemos visto una y otra vez: vecinos que ayudan, jóvenes que acuden como voluntarios, rescatistas que trabajan sin descanso y comunidades enteras que se unen, pero la solidaridad no debe comenzar después del desastre. También somos solidarios cuando advertimos un riesgo, cuando aprendemos primeros auxilios, cuando respetamos una ruta de evacuación, cuando apoyamos a una persona vulnerable y cuando exigimos que las medidas de seguridad se cumplan realmente.
Septiembre debe ser un punto de partida, no una temporada de prevención que termina al apagarse la alerta, así que aprovechemos los simulacros para observar, preguntar y corregir; revisemos nuestros hogares y centros de trabajo, hablemos con nuestras familias sobre qué hacer y dónde encontrarnos. Conozcamos los números de emergencia y recordemos que llamar correctamente también forma parte de la respuesta; la preparación no elimina los fenómenos naturales ni todos los accidentes, pero sí puede reducir sus consecuencias.

No debemos esperar otra tragedia para descubrir que una salida estaba bloqueada, que nadie sabía utilizar el extintor o que nunca acordamos cómo reencontrarnos con nuestra familia; la prevención no consiste en vivir con miedo, sino en tener los conocimientos, los recursos y la organización necesarios para actuar cuando la vida nos ponga a prueba. Recordar es importante, aprender es indispensable, pero prepararnos y convertir ese aprendizaje en acciones permanentes es la verdadera manera de salvar vidas.

Nos leemos el próximo lunes.
@llamada de emergencia

Por Redactor1