Será melón, será sandía… decía mi abuelita, pero algo huele mal desde ahora en Poza Rica.
Después de la celebración que encabezó Emilio Olvera, alcalde electo, tras su victoria en las urnas, quedó claro para muchos que el festejo fue más simbólico de lo que aparentaba.
Para los que saben leer entre líneas, la fiesta no fue un arranque de gobierno, sino el principio de un periodo complicado para Poza Rica. Y no por capricho de terceros, sino por las propias decisiones y traiciones del nuevo presidente municipal electo.
La reciente declaración de la gobernadora Rocío Nahle no pasó desapercibida, su tono fue claro y su omisión, aún más evidente. Sin duda que la tónica será: nada de respaldo, ningún gesto de apertura hacia Emilio Olvera.
A decir de los mismos militantes de Morena, Emilio Olvera no solo le dio la espalda en su momento, trabajó activamente en su contra, operando políticamente desde otras trincheras y obedeciendo intereses ajenos, especialmente los de Sergio Gutiérrez Luna y Manuel Huerta.
En política, como en la vida, las lealtades pesan. Y Emilio Olvera llega a la presidencia municipal con la credibilidad rota entre los suyos, sin puentes con el Gobierno del Estado, ni con la diputada local, ni con la senadora.
Tampoco cuenta con presencia real en el Congreso, ni respaldo desde la Delegación de Bienestar. Lo único seguro son los programas sociales, porque están blindados por la Constitución. Pero Poza Rica ha dejado de ser prioridad.
El escenario es preocupante. Sin alianzas, sin respaldo institucional, sin interlocución con la Federación, el municipio queda en la orfandad política. Y sin el flujo de recursos estatales y federales, ¿cómo se va a sostener una administración municipal cuya recaudación local es limitada?
En los pasillos de las altas esferas políticas en el municipio ya corre un rumor que, de concretarse, sería catastrófico, e incluso la planta de fertilizantes que se anunció con bombos y platillos podría cambiar de sede.
Un golpe durísimo para una ciudad que necesita urgentemente inversión, desarrollo y empleo. Lo cierto es que Poza Rica no termina con un problema cuando ya tiene otro encima. Uno que, salvo un cambio radical en la estrategia política, durará cuatro largos años. El costo lo pagará la ciudad, su gente y su futuro.
Pero todo se los dejamos al tiempo.
