Las explosiones que el 4 de agosto sembraron la muerte y la destrucción en Beirut han expuesto a los ojos del mundo un Estado frágil acosado por una ‘matrioska’ de crisis superpuestas. El Líbano lleva décadas lidiando con un sistema político fallido que perpetúa en el poder a las mismas élites. Desde hace años, lucha contra las dificultades económicas, las desigualdades sociales y las menguantes libertades. La ausencia de sistema es un mal endémico en el ‘país de los cedros’, con instituciones ausentes. En el aspecto social, el Líbano está lastrado por unos deficientes servicios básicos y afectado por la guerra en la vecina Siria.

Su estratégica situación geográfica y su frágil equilibrio entre comunidades lo hacen, además, vulnerable a las injerencias externas. Irán, Arabia Saudí, Israel, Estados Unidos, Siria o Francia lo han utilizado como tablero para dirimir sus conflictos y han mantenido su influencia mediante la cooptación de comunidades identitarias y de sus líderes. El coronavirus y la tragedia de Beirut, de la que hoy se cumple un mes, son sólo las dos últimas gotas que colman un vaso lleno desafíos.

LA CRISIS POLÍTICA

El Líbano es un Estado que nació al calor del mandato francés, al que perteneció desde 1920 hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. Herencia de la metrópoli, se rige por un sistema de cuotas según el cual las confesiones religiosas (un mosaico de 18 comunidades) comparten el poder, al menos en teoría, y ordenan su vida social. Pero este sistema de reparto de poder lleva décadas dando señales de agotamiento y de alarma por perpetuar unas élites políticas dinásticas e institucionalizar la corrupción. Valiéndose de él, cada comunidad aúpa a sus líderes políticos, que a su vez apuntalan su poder en un sistema de prebendas para sus fieles. Este ‘modus operandi’ está institucionalizado y afianzado.

Aunque existe una extendida corriente ciudadana que reclama un sistema civil que trate a todos los libaneses por igual y que no se base en el sectarismo, ésta no ha logrado imponerse frente al arraigado régimen confesional. Hasta el punto de que, antes de las explosiones, aunque estaba muy cuestionado, las élites no temían su derrumbe. «La última vez que el sistema fue contestado, el Líbano se sumergió en una guerra civil que duró 15 años», explica Maha Yahya, directora del Centro Carnegie para Oriente Próximo de Beirut, en una de sus últimas publicaciones. Al término del conflicto, en 1990, los ‘señores de la guerra’ se quitaron el uniforme militar y se pusieron traje y corbata, cambiaron las trincheras por las moquetas, olvidaron parte de sus rencillas y se dieron un apretón de manos. Y con ello lograron reconvertirse para seguir dictando el destino de los libaneses. Y así, a día de hoy, el sectarismo está más arraigado que nunca en las instituciones, lo que hace muy difícil cambiarlo.

Cansados de décadas de negligencia y corrupción, los libaneses se levantaron contra estas élites el 17 de octubre pasado, acusándolas de enriquecerse a costa del Estado. Las protestas masivas y diariastumbaron en pocos días al Gobierno del primer ministro Saad Hariri. Tras la tragedia, las manifestaciones se retomaron y en menos de una semana, el sucesor de Hariri, Hasan Diab, presentaba la renuncia de todo el Gabinete. El 31 de agosto fue nombrado un nuevo jefe de Gobierno, Mustafa Adib. Pero la ciudadanía sigue protestando en la calle: piden que se vayan todos, incluido el jefe del Estado, Michel Aoun, y el que es presidente del Parlamento desde 1992, Nabih Berri. Ambos lideraron bandos enfrentados durante la guerra civil y ahora son aliados, junto a Hizbulá. El grupo chií es el único que no se desarmó tras la contienda fratricida y hoy es un Estado dentro del Estado. «Gobiernan el país con mentalidad de milicia, de corrupción, de tiranía y de sectarismo», afirma a Reuters el columnista Sarkis Naoum. «Es fácil hablar de revolución pero nuestros problemas son estructurales y profundos, con lealtades políticas forjadas durante décadas y con gente dispuesta a dar su vida por sus líderes», opinaba Habib Battah, fundador de la web ‘Beirut Report’, en la cadena Al Yazira.

LA GUERRA EN SIRIA

El conflicto que sufre Siria desde 2011 ha golpeado fuertemente el Líbano, país con el que está imbricado históricamente. Las élites sirias han contribuido desde hace décadas a preservar el sistema sectario libanés mediante la técnica del «divide y vencerás», favoreciendo y aliándose con unos grupos frente a otros. En plena guerra civil libanesa, Siria estacionó tropas y ejerció un dominio directo del Líbano durante 30 años. Sólo en 2005, los soldados y la Inteligencia siria fueron forzados a retirarse del Líbano por una enorme presión popular en las calles que estalló tras el asesinato del ex primer ministro Rafiq Hariri. Pero la salida física del régimen de los Asad del teatro libanés profundizó la división política entre prosirios y antisirios. Ésta abrió nuevas grietas con la guerra civil siria, en la que Hizbulá ha enviado tropas para luchar del lado de Bashar Asad.

Como consecuencia de la guerra, más de 1,5 millones de sirios se refugiaron en el vecino Líbano, que se convirtió en el país con el mayor número de refugiados ‘per cápita’ del mundo: un cuarto de su población. La afluencia de personas que huían de la guerra desbordó los ya frágiles servicios sociales del Líbano: los hospitales se encontraron pronto al límite de su capacidad, las escuelas establecieron dobles turnos, los servicios de saneamiento de aguas, electricidad y basuras colapsaron. Pese a los esfuerzos de las ONG y las agencias humanitarias internacionales, la escasez de fondos y la falta de solidaridad de la comunidad internacional han provocado que los refugiados apenas hayan contado con recursos para sobrevivir y el Líbano haya soportado casi solo una carga demasiado pesada. Seis años después del inicio de la contienda siria, la economía libanesa daba ya muestras de desgaste.

Publicado por -elmundo.es


Twitter – @laopinionpr
Facebook – @LaOpiniónPozaRica
Youtube – La Opinión Poza Rica

¿Reporte y denuncia?

Si cuentas con imágenes o video que exhiban maltrato, abuso de autoridad, corrupción o cualquier acción inhumana. ¡Por favor, háznoslo saber!

– WhatsApp: (782) 219-94-02 <<< ¡clíck aquí!
– Por e-mail: denuncias@laopinion.net <<< ¡clíck aquí!


La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es Digital.png
La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es Coronavirus-Ok2.png

Por ALF