Todos tienen la idea de que el manejo de la metalurgia era exclusivamente de los europeos, pero no es así, se tiene evidencia arqueológica que las civilizaciones de Mesoamérica como las del Tawantinsuyu ya manejaban la metalurgia cuatro mil años atrás. Los antiguos habitantes de América empezaron a trabajar el cobre y el oro alrededor de 1500 antes de Cristo. Unos mil años más tarde varias culturas andinas adornaban a sus líderes con suntuosos atuendos. El oro y la plata se reservaron para los gobernantes y la religión; los objetos rituales y simbólicos comunicaban una visión del mundo que compartía toda la sociedad.
En el año 500 de nuestra era la metalurgia ya era una actividad corriente desde México central hasta el norte de Chile y Argentina. En cada región surgieron estilos propios: en México, figuras en lámina; en Centroamérica, pequeños adornos de oro; en Colombia y Ecuador, adornos de tumbaga dorada; en Perú, coloridos atuendos de cobre dorado y plateado; en los Andes del sur, placas de bronce.
El metal
La metalurgia en el México prehispánico fue, ante todo, orfebrería. En dos mil años surgieron muchos estilos diferentes y se fabricaron miles de piezas para el ritual y la ofrenda. Los indígenas manejaron con maestría el oro, el cobre, la tumbaga y el platino. La conquista europea, en 1500, truncó este desarrollo y causó la desaparición de la producción orfebre. En épocas prehispánicas los mineros se procuraban el oro, el cobre y el platino lavando las arenas auríferas de los ríos que bajaban de las cordilleras, en especial de la Central y la Occidental. También explotaron vetas en las montañas. Los españoles que los vieron trabajar tras la Conquista contaron en sus escritos y crónicas que los antiguos habitantes eran expertos en estos trabajos; que usaban bateas de madera y cerámica para lavar con agua la arena de los ríos, que construían acequias, canales y acueductos para desviar las aguas y llevarlas hasta los sitios de extracción; que quemaban y rozaban potreros para hacer aflorar los depósitos auríferos y recoger el metal en las raíces de las plantas carbonizadas; que atravesaban redes y mallas en los ríos correntosos para atrapar las pepas grandes del metal; que abrían socavones de hasta seis metros de profundidad y que para romper las peñas en busca del oro las calentaban con grandes hogueras y las bañaban luego con agua fría.
Los instrumentos
Los instrumentos mencionados para la perforación eran la coa o macana con la punta endurecida al fuego y rudimentarias pero efectivas herramientas talladas en rocas duras. En canastos de fibras vegetales se transportaba la tierra y el material aurífero. Hachas, martillos o barretones de piedra sin duda pudieron servir para abrir socavones y canales y seguir las vetas de los metales. Hoy los arqueólogos han podido identificar certeros vestigios de las actividades mineras cuando dentro de las tumbas, el difunto, presumiblemente un minero, fue enterrado junto con pepitas o chicharrones de oro o con oro en finas lentejuelas, producto del bateaje. Un buen ejemplo de la metalurgia prehispánica la podemos hallar en el Museo de sitio en la zona arqueologica de Tzintzuntzan estado de Michoacan, donde podemos encontrar objetos de hechos de aleación de metales, en Tzintzuntzan se desarrolló ampliamente la metalurgia, los orfebres fabricaban cascabeles, pendientes, pinzas y otros objetos ornamentales destinados a los grandes señores o sacerdotes, o bien hachas, azadores y puntas de coa para labores de campo.
Metales trabajados
Los metales trabajados eran oro y plata, para sus aleaciones usaban Estaño y arceninico mezclados con el metal más importante, el cobre. Las personas y las sociedades suelen adoptar como su patrimonio toda clase de expresiones culturales. Fiestas, músicas y recetas de cocina, edificios y monumentos, objetos de antiguos próceres o la foto de una madre o una hermana tienen el poder casi mágico de convertirse en símbolos de un grupo, de representar vínculos comunes de memorias e identidades compartidas. Cuando las personas se unen emocionalmente en torno a objetos, lugares o celebraciones le dan valor y sentido a su patrimonio. Los objetos arqueológicos son un patrimonio cultural de la Nación mexicana porque dan testimonio del pasado y el presente del país. Como su valor cultural es excepcional, la Constitución y las leyes prohíben su compra, su venta y su exportación. Como estos objetos, lugares y vestigios son de todos, estas páginas nos acercan a entender su importancia, su historia, la legislación, e invitan a que cada uno de los mexicanos se enorgullezca de ser dueño del patrimonio arqueológico y se convierta en su mejor defensor.
