Los guerreros no llegan a este plano terrenal igual que los demás, sino que atraviesan una serie de pruebas que de sortear con valentía y éxito, les hace merecedores de la vida.

La guerra es la bienvenida para los guerreros a este mundo, y para que quede más claro, ahí se encuentran sus padres para dejarlo en claro y además recordarle que en adelante, deberá de enorgullecerlos con sus proezas, y también a los dioses.

Cuando nacían los bebés mexica, su madre se encontraba bajo los más rigurosos cuidados en manos de las parteras, quienes tenían la misión de traerlo al mundo con vida.

Éstas parteras eran llamadas Tlamatquiticitl y se encargaban de que sus pacientes embarazadas recibieran todas las atenciones necesarias, esto a través del uso de sus conocimientos en herbolaria y en el cuerpo femenino, ayudando así a disminuir las dolencias de embarazo y del parto.

Una vez que llegaba el momento del alumbramiento, la tlamatquiticitl preparaba algunos compuestos a base de hierbas con el fin de aminorar las molestias y para facilitar la llegada del bebé.

Los bebés según la cosmovisión de los pueblos nahuas, los bebés viven el cielo número 13 que es el más alejado y cuando los dioses lo deciden los envían a la tierra.

La tlamatquiticitl era responsable de recibir ésta bendición enviada por los dioses y por ello hacía todo lo que estaba a su alcance para mantener con salud plena a su paciente.

Hoy en día, tenemos conocimiento de éstos cuidados gracias a Fray Bernardino de Sahagún y su obra «Historia general de las cosas de Nueva España».

Por ejemplo hoy sabemos que la partera de verdad era una especialista en su ramo, que debía conocer perfectamente el cuerpo femenino, además del mundo de las plantas, por ello las mujeres de la nobleza contaban con un equipo de tlamatquiticitl durante todo el tiempo que duraba el embarazo y los primeros meses de vida del bebé.

Algunos de los consejos de las tlamatquiticitl eran que las mujeres se bañaran con agua tibia y tener relaciones sexuales hasta el séptimo mes y esa sería la mejor forma de fortalecer la salud del bebé, así mismo aconsejaban no hacer esfuerzos innecesarios y sobre todo evitar las sorpresas incómodas.

La tlamatquiticitl era también una experta en ginecología y además en las técnicas correspondientes a reacomodar al bebé en el vientre materno en caso de que este, se encontrara en una mala posición para el alumbramiento.

Por cierto, ya que entre los mexica la higiene era algo realmente muy avanzado a diferencia de otras culturas alrededor del mundo, el parto era una de las situaciones que mayor atención en este sentido ameritaba pues incluso hasta el cabello de la futura madre era cuidado al extremo.

Los baños de temazcal con hierbas aromáticas eran también parte de los preparativos para el nacimiento del bebé, lo que le permitía a la paciente, mantener relajada su mente y sus músculos.

Ya el día de las contracciones, la tlamatquiticitl suministraba té de hierba coapatli, que permitía impulsar al bebé fuera del vientre y si el asunto se complicaba entonces también le daba cola de tlacuache para facilitar el parto.

Cuchillas era la posición ideal en que las parteras colocaban a sus pacientes, la sujetaban de los talones y con la ayuda de la gravedad, el bebé tenía una mayor facilidad para llegar al mundo, disminuyendo así el esfuerzo de la madre, es más, Sahagún describe que a las mujeres mexica les costaba mucho menos trabajo dar a luz que a las españolas.

Una vez que el parto concluía, el bebé era bañado con agua fría, ésta era la segunda prueba y era una ofrenda a la diosa de los ríos y las aguas llamada Chalchiuhtlicue para que de ésta forma se «purificara su corazón y se hiciera bueno y limpio».

Después, la madre era nuevamente llevada al temazcal para su desintoxicación y relajación y también para estimular la producción de leche y finalizando este episodio, la tlamatquiticitl vigilaba a la madre por hasta 5 días más.

Durante este tiempo, se llevaban a cabo los rituales concernientes a la bienvenida del bebé, como enterrar su placenta en un rincón de la casa o dar el cordón umbilical a un valiente soldado para que lo llevara consigo y lo enterrara en su próximo campo de batalla.

El nombramiento del bebé también ocurría en los primeros días y el primer paso era informarle al sacerdote el día y momento del nacimiento del bebé, para así poder consultar el TONALAMATL (libro de los destinos) y así asignar el primer nombre, que llevaría durante algunos años, hasta que se le asignara el que llevaría de por vida.

Esto, en el caso de que el parto fuera exitoso. Si, por el contrario, la madre moría durante el parto, era considerada una guerrera que había muerto en el campo de batalla, pues era igual de honorable perder la vida durante el parto que a manos de un enemigo. Su cuerpo, entonces, era enterrado de forma especial y su alma viajaba al hogar de los guerreros, la casa del sol.

Si la mala fortuna sorprendía al bebé, “la partera tomaba un cuchillo de piedra, llamado itztli, cortaba el cadáver dentro de la madre y lo sacaba en pedazos”. Este procedimiento puede parecer cruel, pero a menudo salvaba a la madre del destino mortal. Los bebés que morían durante el parto iban a Chichihuacuauhco, que es donde permanecen las almas de los niños aguardando a que los dioses los envíen a repoblar la tierra. Ahí un árbol nodriza los amamantaba con su leche y descansaban hasta recibir el esperado llamado.

TÚÚL

Por ALF