YATROGENIA
POR: Dr. Ignacio Espinosa. Médico Internista. Tels: 7828226352 y 7828880056.
Hipócrates, muchos años antes del cristianismo, decía que: “Divina es la tarea de aliviar el dolor”. Me parece más objetivo afirmar que quitar el dolor es responsabilidad del médico humanista, independientemente de una connotación divina. Comento esto por el hecho actual de que el ejercicio de la medicina se está deshumanizando y se está convirtiendo en una industria altamente productiva, es decir, el tratamiento del dolor visto como una empresa. Como dijera el Dr. Staca Brown.
Considerar el tratamiento del dolor como una tarea divina puede trastornar la mente de algunos médicos, al sentirse tejidos por la mano de Dios. Bien dice un chiste médico irónico: ¿Qué diferencia hay entre Dios y un médico? ¡En que Dios no se siente médico y el médico se siente Dios!
Veamos algunos hechos. El dolor es el síntoma más común de consulta médica. En el contexto del dolor crónico, la OMS lo considera como una patología en sí misma. Debido al manejo inadecuado del control del dolor, se declaró el acceso al tratamiento como un derecho humano fundamental.
Actualmente, cientos de millones de personas sufren dolor. La pandemia permanente del dolor afecta al 20% (algunos dicen 40%) de la población mundial. Abarca a pacientes desde recién nacidos hasta personas en el final de la vida. Causa daño en los sistemas sanitarios y económicos, siendo además un problema humano y social grave.
En EE.UU. representa un problema más grande que las enfermedades más prevalentes juntas (cardiovasculares, oncológicas y diabetes), con un costo anual de entre 560 a 635 billones de dólares en asistencia y pérdida productiva. Nada extraña que se observan recetas con tres medicamentos calmantes de dolor leve por un simple cansancio muscular, dolor muscular que se clama igualmente con equinoterapia ¡Un caballito de tequila reposado con limón y sal!
Con estas cifras parece fácil entender esta aberración de convertirnos en empresarios médicos. Porque de que los hay, los hay.
El médico, ciudadano y enfermo.
Ser médico es un privilegio. Es una noble vocación la capacidad de aplicar los conocimientos y las habilidades en beneficio de nuestros semejantes. Hay un desequilibrio inherente en la relación entre el médico y el paciente en lo que se refiere a la distribución del poder. En vista de ese poder que puede ejercer el médico, siempre deberá estar consciente de las repercusiones que puede tener lo que hace y dice, deberá luchar en todo momento por eliminar prejuicios, errores y preferencias individuales para obtener lo mejor para el enfermo.
En la medida de lo posible, el médico también tratará de actuar al interior de su propia comunidad para favorecer la salud y aliviar el sufrimiento. El cumplimiento de estos objetivos se inicia con un ejemplo de vida sana y continúa con medidas que pueden tomarse para brindar la atención necesaria, incluso cuando no haya una remuneración económica de por medio.
G.H.T. Kimble señaló: “Es muy malo que una persona sea ignorante, porque se aleja de la relación del espíritu y la mente de los demás. Tal vez sea peor que una persona sea pobre, porque queda condenada a una vida de restricciones y esquematizaciones que no dejan tiempo para sueños ni un respiro del cansancio. Pero lo que sin duda es peor, es que el individuo no se sienta bien, pues de este modo queda atado de manos para superar su pobreza o su ignorancia”.
Un objetivo de la medicina y de quienes la practican es luchar para ofrecer los medios por los cuales los pobres dejen de sentirse mal.
Debemos tomar en cuenta que como seres humanos, los médicos también nos enfermamos, necesitamos de otros colegas, y corremos el riesgo de convertirnos en una mercancía y formar parte de la industria del dolor.
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