Cada 25 de julio, el mundo gira la vista hacia una emergencia silenciosa pero letal: el ahogamiento. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, más de 236,000 personas mueren cada año por esta causa, muchas de ellas en contextos prevenibles y sin respuesta efectiva. No se trata solo de cifras; se trata de realidades que ocurren en segundos, en playas sin vigilancia, en ríos inseguros, en albercas sin protocolos, en comunidades que no cuentan con medidas mínimas de prevención.
Como profesional de las emergencias, lo que más impacta no es solo la cantidad de víctimas, sino la recurrencia de los mismos errores: falta de supervisión, desconocimiento del entorno acuático, ausencia de señalización, deficiencia en capacitación de primeros respondientes y la escasa cultura de autoprotección en medios acuáticos.
En zonas como Poza Rica y la región norte de Veracruz, donde los cuerpos de agua naturales y artificiales forman parte del paisaje cotidiano, el riesgo está latente. Las actividades recreativas se combinan con una falsa sensación de seguridad que deriva, muchas veces, en tragedias. ¿Cuántas de estas muertes podrían haberse evitado con medidas básicas como enseñar a nadar desde la infancia, disponer de boyas salvavidas o capacitar al personal de albercas?
Además, la recuperación de cuerpos en fosas, albercas profundas o zonas fluviales representa un riesgo extremo también para los rescatistas. No es lo mismo rescatar que recuperar, y pocas veces se tiene claridad operativa y emocional para enfrentar estas diferencias. El trabajo del personal de emergencia (guardavidas, bomberos, paramédicos) no termina en el agua: comienza antes, con la prevención, y continúa después, con la atención a las familias, la logística forense y, muchas veces, la carga emocional no atendida del rescatista.
Este Día Mundial para la Prevención del Ahogamiento no debe ser solo conmemorativo, sino propositivo. Se necesitan campañas permanentes, no estacionales; legislación que obligue a mantener vigilancia en cuerpos de agua públicos y privados; protocolos claros en escuelas, empresas, hoteles y centros turísticos; y, sobre todo, una ciudadanía dispuesta a aprender lo esencial: cómo prevenir, cómo actuar y cómo salvar.
El ahogamiento es una emergencia evitable. La prevención no es opcional: es urgente.
Nos leemos el próximo lunes.
@llamada de emergencia
