Cuando la ambulancia no está… la emergencia tampoco espera

Hay decisiones administrativas que pueden esperar algunos días. Una emergencia médica no.

En estos momentos, hospitales de Petróleos Mexicanos en diferentes regiones del país enfrentan una situación que preocupa profundamente: la falta del servicio de ambulancias. Independientemente de las razones que hayan llevado a este escenario, existe una realidad que no admite discusión: cuando una ambulancia deja de estar disponible, quien realmente queda en riesgo es el paciente.

Muchas personas piensan que una ambulancia sirve únicamente para trasladar enfermos de un lugar a otro. Nada más alejado de la realidad. Una ambulancia moderna es una unidad de atención médica móvil. Es el primer contacto entre un paciente crítico y el sistema de salud. Es donde se inicia el tratamiento de un infarto, donde se protege la vía aérea de una persona inconsciente, donde se controla una hemorragia severa, donde se administra oxígeno, medicamentos, desfibrilación y soporte vital mientras se gana el recurso más valioso que existe en una emergencia: el tiempo.

En medicina de urgencias existe un concepto conocido como la «hora dorada». Es ese periodo en el que una atención rápida puede cambiar completamente el pronóstico de una persona. En un infarto agudo al miocardio, cada minuto significa pérdida de músculo cardiaco. En un evento vascular cerebral, millones de neuronas dejan de funcionar con cada minuto que transcurre sin tratamiento. En un traumatismo grave, una hemorragia importante puede marcar la diferencia entre regresar con la familia o no hacerlo.

Por eso, cuando una ambulancia no está disponible, no solamente falta un vehículo. Falta la posibilidad de actuar de inmediato. Falta la oportunidad de iniciar un tratamiento oportuno. Falta un eslabón indispensable dentro de la cadena de supervivencia.

EL IMPACTO NO TERMINA AHÍ.

Los hospitales utilizan ambulancias para trasladar pacientes que requieren estudios especializados, intervenciones quirúrgicas de alta complejidad, terapia intensiva, hemodinamia, neurocirugía o atención en unidades con mayor capacidad resolutiva. Cuando ese servicio no existe, los tiempos de respuesta aumentan, la atención se retrasa y la incertidumbre también alcanza al personal médico, de enfermería y, por supuesto, a los pacientes y sus familias.

Ahora imaginemos este escenario en una ciudad petrolera como Poza Rica.

Aquí la actividad industrial forma parte de la vida cotidiana. Miles de trabajadores ingresan diariamente a instalaciones donde existen riesgos inherentes a la operación: trabajos en altura, espacios confinados, maquinaria pesada, equipos presurizados, sustancias inflamables, productos químicos y procesos industriales que exigen una preparación permanente.

Nadie inicia su jornada pensando que sufrirá una caída, una explosión, una intoxicación, una quemadura o un infarto. Sin embargo, quienes hemos dedicado nuestra vida a la atención de emergencias sabemos que precisamente para eso existen los sistemas de respuesta: para actuar cuando ocurre lo inesperado.

La seguridad industrial nunca se construye esperando que suceda un accidente. Se construye antes.

Por eso existen brigadas de emergencia.

Por eso existen equipos contra incendio.

Por eso existen detectores de gases.

Por eso existen planes de evacuación.

Y por esa misma razón deben existir ambulancias disponibles.

Ninguno de esos recursos permanece ocupado las veinticuatro horas del día. En ocasiones pasan días o semanas sin ser utilizados. Pero nadie propondría retirarlos únicamente porque hoy no están siendo usados. Su verdadero valor aparece el día en que alguien los necesita.

Con las ambulancias ocurre exactamente lo mismo.

Una ambulancia detenida en espera nunca representa un desperdicio. Representa tranquilidad. Representa preparación. Representa la certeza de que, si algo sucede, habrá una respuesta inmediata.

Lamentablemente, el valor de estos recursos casi siempre se comprende cuando dejan de estar disponibles.

Las emergencias no conocen horarios de oficina. No respetan fines de semana. No esperan la conclusión de un procedimiento administrativo ni preguntan si un contrato ya fue firmado.

Simplemente ocurren.

Y cuando ocurren, cada minuto cuenta.

Como sociedad solemos medir el costo de mantener una ambulancia operando, pero rara vez reflexionamos sobre el costo de no tenerla cuando hace falta. Ese costo no se refleja únicamente en cifras o presupuestos. Se refleja en minutos perdidos, en oportunidades que no regresan y, en el peor de los casos, en vidas que pudieron tener un desenlace diferente.

Ojalá esta situación encuentre una solución pronta. No por cuestiones políticas ni administrativas, sino porque detrás de cada ambulancia hay trabajadores que diariamente sostienen una de las industrias más importantes del país, hay jubilados que dedicaron su vida a construir esa empresa, hay familias que depositan su confianza en el sistema de salud y hay profesionales médicos que necesitan contar con todas las herramientas para hacer su trabajo.

La prevención siempre parece costosa… hasta que llega el día en que demuestra cuánto vale.

Las ambulancias permanecen inmóviles esperando una emergencia. Las emergencias, en cambio, jamás esperan a que llegue una ambulancia.

Nos leemos el próximo lunes.

@llamada de emergencia