El enemigo invisible de las multitudes

Los recientes acontecimientos ocurridos durante los festejos mundialistas en las inmediaciones del Ángel de la Independencia nos obligan a reflexionar sobre un riesgo que suele pasar desapercibido hasta que ocurre una tragedia: el peligro de las multitudes y la asfixia por compresión, también conocida como asfixia traumática.

Cuando escuchamos que una persona falleció por asfixia durante una concentración masiva, muchas veces imaginamos una obstrucción de la vía aérea. Sin embargo, en este tipo de eventos el mecanismo suele ser diferente. La víctima no deja de respirar porque algo bloquee su garganta, sino porque la presión ejercida por quienes la rodean impide que el tórax se expanda de manera normal.

Respirar es un acto automático que damos por sentado. Sin embargo, para que el aire llegue a los pulmones es indispensable que el pecho pueda expandirse. Cuando una persona queda atrapada en una multitud extremadamente densa, la presión sobre su cuerpo puede ser tan intensa que simplemente pierde la capacidad de realizar ese movimiento. El aire deja de entrar adecuadamente, disminuye la oxigenación y en pocos minutos puede producirse la pérdida de la conciencia y posteriormente la muerte.

Lo más preocupante es que esto no siempre ocurre en medio del caos visible que imaginamos. Muchas víctimas permanecen de pie. Algunas ni siquiera pueden levantar los brazos. Otras intentan pedir ayuda sin lograrlo porque cada respiración se convierte en un esfuerzo enorme.

Los especialistas en manejo de multitudes explican que cuando la densidad de personas alcanza niveles críticos, el comportamiento colectivo cambia completamente. La multitud deja de comportarse como individuos y comienza a actuar como una masa compacta donde las fuerzas se transmiten de una persona a otra. Un pequeño empuje puede generar presión varios metros más adelante, afectando a personas que desconocen completamente lo que está ocurriendo.

La historia moderna está llena de ejemplos dolorosos. La tragedia de Hillsborough en Inglaterra en 1989, la ocurrida durante la peregrinación en La Meca, los sucesos del festival Astroworld en Estados Unidos y los lamentables acontecimientos de Itaewon en Corea del Sur demostraron que las multitudes pueden convertirse en un riesgo mortal cuando se pierde el control de la densidad de asistentes.

Cada una de estas tragedias dejó lecciones importantes para los especialistas en seguridad, protección civil y atención prehospitalaria. Gracias a ellas surgieron nuevos protocolos de control de aforos, monitoreo de concentraciones humanas, diseño de rutas de evacuación y sistemas de vigilancia para detectar zonas de riesgo antes de que se conviertan en una emergencia.

MÉXICO TAMPOCO HA SIDO AJENO A ESTE APRENDIZAJE.

Nuestro país ha desarrollado una enorme experiencia en el manejo de concentraciones masivas. Eventos como el Mundial de Futbol de 1986, las celebraciones patrias, los conciertos multitudinarios en el Zócalo de la Ciudad de México, las peregrinaciones a la Basílica de Guadalupe, las visitas papales y diversos eventos deportivos han representado grandes desafíos para las autoridades y los cuerpos de emergencia.

A lo largo de los años, Protección Civil en México ha evolucionado significativamente. Muchas de las estrategias que hoy se aplican nacieron de experiencias reales, algunas exitosas y otras derivadas de incidentes que obligaron a mejorar procedimientos.

Después de los terremotos de 1985, México comprendió que la protección civil no debía limitarse únicamente a responder desastres, sino también a prevenirlos. Esa filosofía se extendió a los eventos masivos, donde actualmente participan especialistas en análisis de riesgos, logística, atención médica prehospitalaria, seguridad pública y gestión de multitudes.

Hoy resulta común observar puestos médicos avanzados, ambulancias estratégicamente distribuidas, rutas de evacuación señalizadas, monitoreo mediante cámaras y centros de mando que supervisan permanentemente el desarrollo de eventos masivos. Sin embargo, ningún operativo puede garantizar el éxito si se pierde de vista un elemento fundamental: la prevención.

Como integrantes de los servicios de emergencia sabemos que las tragedias rara vez son producto de una sola causa. Generalmente son el resultado de múltiples factores que coinciden al mismo tiempo. Un acceso saturado, una vía de evacuación bloqueada, una concentración excesiva de personas o una percepción equivocada del riesgo pueden desencadenar una situación crítica en cuestión de segundos.

Por ello, la responsabilidad no corresponde únicamente a las autoridades o a los organizadores. También corresponde a cada uno de nosotros.

Si observamos que una zona está completamente saturada, debemos evitar seguir avanzando. Si comenzamos a sentir presión sobre el pecho o notamos que ya no podemos mover los brazos libremente, debemos buscar desplazarnos lateralmente hacia una zona menos congestionada. Si identificamos una salida segura, debemos utilizarla antes de que la situación empeore.

Son medidas sencillas, pero pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

Quienes trabajamos en ambulancias, unidades de rescate, protección civil, bomberos o cuerpos de seguridad sabemos que detrás de cada operativo existe una meta silenciosa: que no tengamos que intervenir. El verdadero éxito de una operación no se mide por la cantidad de ambulancias desplegadas ni por el número de atenciones realizadas. Se mide por la cantidad de personas que regresan sanas y salvas a sus hogares.

Los recientes acontecimientos deben servirnos para reflexionar como sociedad. No se trata de cancelar celebraciones ni de limitar la convivencia colectiva. Se trata de comprender que la seguridad debe formar parte de cualquier evento que reúna a miles de personas.

Detrás de cada víctima existe una historia, una familia y sueños que quedaron pendientes. Detrás de cada cifra existe un ser humano que salió de casa para celebrar y nunca regresó.

La prevención rara vez aparece en las fotografías o en los titulares. Sin embargo, es la herramienta más poderosa que tenemos para evitar tragedias.

México ha demostrado una y otra vez que sabe levantarse frente a la adversidad. También ha demostrado que puede aprender de cada emergencia para construir comunidades más seguras y resilientes. Hoy tenemos la oportunidad de hacerlo nuevamente.

Porque los riesgos no siempre llegan acompañados de fuego, lluvia o movimientos telúricos. A veces llegan disfrazados de alegría, emoción y festejo.

Y es precisamente en esos momentos cuando debemos recordar que la mejor emergencia es aquella que nunca ocurre.

Nos leemos el próximo lunes.

@llamada de emergencia