Había otras cuatro diosas hermanas, igualmente “aptas para el amor carnal”, y a todas ellas se les llamaba Tlazoltéotl o Ixcuina.

Todas provocaban el apasionamiento en el amor y el apetito desenfrenado de los deseos carnales, pero también lo retiraban, por eso las adoraban y las temían.

Esta pasión de amor provocaba ocasionalmente el adulterio, el cual era considerado una transgresión, una suciedad, y se penalizaba gravemente cortando las narices a los amantes.

Quienes cometían otras violaciones a la ley, como la embriaguez, el crimen, el robo, podían confesarse y limpiarse, y con ello quedaban exonerados, tanto moral como legalmente. Las transgresiones, vistas como pecados por los cronistas, podían confesarse ante un sacerdote de Tezcatlipoca una vez en la vida, lo cual ocurría ya en la vejez.

Pero los “pecados de adulterio” se limpiaban ante un sacerdote de Tlazoltéotl, que recibía la suciedad; Tlazoltéotl era, por lo tanto, la “comedora de cosas sucias”, esto es, del pecado carnal. Su nombre quiere decir literalmente “diosa de la suciedad”, de la carnalidad sucia.

Por ALF