El miserable y gran mediocre Mr Kurtzmann en ‘Brazil‘, el sibilino y despreciable robot Ash en ‘Alien‘ o el inflexible entrenador Sam Mussabini en ‘Carros de fuego‘. Todos ellos y, por supuesto, el eterno Bilbo Bolson, de Bolsón Cerrado. Aunque este último personaje no le quedó más remedio que compartirlo con otro grande de pequeña estatura, Martin Freeman. En Nueva Zelanda, en la propiedad de unos granjeros que Peter Jackson descubrió desde el helicóptero, quedó para siempre plantado el decorado de Hobbiton. Las puertas redondas de las casas-madrigueras no conducen a ningún lado. Es sólo eso, atrezzo; un perfecto ‘trompe d’oeil’ que lleva a los turistas por un sueño extraño a medio camino entre el recuerdo de la película, la memoria del libro y la certeza de un poblado imposible que, en realidad, no es. Al pie de la loma, la cantina del Dragón Verde y sobre una pequeña tienda de recuerdos, la fotografía de todos ellos. En lugar de excepción, como no podía ser de otro modo, Ian Holm. De él hablamos.
