En política existe un viejo dicho que muchos consideran una regla de supervivencia: “Si ya venciste a tu enemigo, termínalo, porque si lo dejas revivir, acabará contigo”. Y pareciera que en Morena han decidido ignorarlo por completo.
En su afán de mantenerse en el poder y arrasar rumbo a la elección de 2027, donde estarán en juego las diputaciones en Veracruz, el partido guinda ha comenzado a abrirle nuevamente la puerta a personajes del viejo PRI, aquellos que durante años representaron las peores prácticas de la política veracruzana.
La escena quedó evidenciada recientemente con la visita del presidente de la Junta de Coordinación Política del Congreso local, Esteban Bautista Hernández, a quien —dicen en los círculos políticos— ya comenzaron a venderle la idea de una posible candidatura a la gubernatura.
El problema no fue únicamente el mitin político que encabezó en la zona norte del estado, sino las compañías que decidió llevar consigo. Entre ellas destacó la presencia de Noé Pérez Hernández, un personaje que en su momento gozó de privilegios y poder dentro del PRI durante los gobiernos de Fidel Herrera Beltrán y Javier Duarte de Ochoa.
Y ahí es donde Morena comienza a perder el rumbo. Porque mientras la militancia de base presume los ideales de la llamada Cuarta Transformación, algunos operadores políticos están rescatando precisamente a quienes la ciudadanía castigó en las urnas por representar corrupción, abuso de poder y el desgaste del viejo sistema político.
Noé Pérez Hernández es apenas un ejemplo. Hay muchos más: exalcaldes, operadores, exdiputados y personajes quemados políticamente que hoy vuelven a encontrar refugio bajo las siglas de Morena. Lo preocupante no es solamente el reciclaje político, sino que varios de ellos llegan con la misma ambición, las mismas prácticas y los mismos grupos de interés que en el pasado terminaron por sepultar al PRI en Veracruz.
La historia política mexicana ha demostrado que los partidos no se destruyen únicamente desde la oposición, muchas veces se pudren desde dentro. Y Morena parece estar incubando ese riesgo.
Porque una cosa es sumar estructura electoral y otra muy distinta entregar espacios de poder a personajes cuya reputación representa exactamente lo contrario al discurso anticorrupción que impulsó el ascenso de la 4T.
Quizá en Morena creen que esos viejos operadores todavía pueden aportar votos, movilización y control político regional. Tal vez sí. Pero también llevan consigo algo mucho más peligroso: el desprestigio, las mañas y la ambición de quienes saben perfectamente cómo sobrevivir dentro del poder hasta quedarse con él.
Y cuando eso ocurra, tal vez los morenistas comprenderán demasiado tarde que no estaban fortaleciendo su movimiento, sino reviviendo al mismo monstruo político que aseguraban haber derrotado.
