MC ANDA CON LA PURA SOBERBIA

En la política local hay una costumbre que rara vez falla: cuando los partidos comienzan a hablar de “seguras victorias” con demasiada anticipación, normalmente es porque están viendo encuestas internas que no quieren creer o porque están repitiendo el mismo libreto de siempre.

En el caso de Movimiento Ciudadano en el distrito de Poza Rica ya comienzan a sonar nombres rumbo a la elección de diputaciones del próximo año, y uno de los que aparece en la conversación es el de Emilio Olvera, exmorenista y excandidato a la presidencia municipal por el propio partido naranja.

Sectores de la dirigencia estatal todavía lo ven como figura “competitiva” o al menos “vigente”. Sin embargo, en la calle el diagnóstico es otro. Entre militantes y simpatizantes, incluso dentro de sectores como la comunidad LGBT que en su momento lo acompañaron, la percepción es que su capital político se ha diluido y que ya no representa el mismo arrastre que en elecciones anteriores.

Y aquí es donde aparece la primera contradicción de fondo: lo que se cree en las cúpulas no siempre coincide con lo que ocurre en territorio. Por otro lado, dentro del propio MC hay otra versión igual de peligrosa para cualquier estrategia electoral, la autocomplacencia.

Hay quienes aseguran que los resultados de la última elección “los hicieron crecer” en el distrito y la zona conurbada, y que con “cualquier perfil” podrían competir y ganar en 2027. Esa lectura, más que optimista, suena apresurada.

En la política distrital, sobre todo en regiones como Poza Rica y municipios vecinos, los números no se sostienen únicamente con discursos de crecimiento, sino con estructura real, presencia constante y, sobre todo, candidatos que conecten fuera del círculo partidista.

El problema es que la confianza sin autocrítica suele convertirse en error estratégico. Y en ese escenario, la dirigencia estatal de MC tendría que preguntarse si está apostando por figuras conocidas dentro del partido o por perfiles realmente competitivos en la calle.

Porque en el fondo, más allá de nombres propios, lo que está en juego es algo más simple y más incómodo: si el partido quiere ganar en el distrito, no le alcanzará con lealtades internas ni con percepciones infladas de crecimiento. Necesita candidatos con arraigo, trabajo territorial y, sobre todo, credibilidad frente a un electorado que ya no compra promesas por inercia.