TAQUICARDIA

POR: FABIÁN MARTÍNEZ
Esteban Ramírez Zepeta celebró en grande la incorporación de Vicente Aguilar a las filas de Morena, que fue presentada prácticamente como si se tratara de la conquista de un trofeo político.
Pero quizá alguien debió preguntarle al dirigente morenista si realmente estaba ganando un cuadro político de peso o, en realidad, comprándose un nuevo dolor de cabeza.

Porque Vicente Aguilar no llega precisamente con el aura de una figura política recién descubierta. Durante más de dos décadas ha construido su trayectoria alrededor del Partido del Trabajo y sus críticos sostienen que buena parte de ese tiempo estuvo marcada por una manera muy particular de hacer política, es decir, controlar posiciones, candidaturas y espacios de poder.

En Poza Rica, incluso, han circulado señalamientos sobre una supuesta venta de regidurías durante la etapa en que “El Pulpo» Remes tuvo un papel central en la política local.
Son versiones que forman parte del rumor político de la ciudad, pero que, hasta donde se sabe, eran parte de las negociaciones del citado sujeto.

Lo cierto es que Vicente Aguilar deja al PT después de 23 años y aquí está la pregunta incómoda, ¿qué aporta realmente su llegada a Morena?
Porque si el dirigente morenista piensa que acaba de incorporar una maquinaria política capaz de generar votos y estructura, podría encontrarse con una realidad bastante diferente.

Vicente Aguilar, dicen sus detractores, ya dio lo que tenía que dar. Y si su salida del PT deja algo claro, es que el partido queda ahora en manos de otros personajes que deberán demostrar que no pretenden repetir viejas prácticas como convertir las organizaciones políticas en patrimonio personal, repartir candidaturas entre cercanos y utilizar los cargos como moneda de cambio.

El verdadero desafío para Morena no será presumir la adhesión de Vicente Aguilar, será evitar que las viejas mañas también crucen la puerta de entrada.
Porque en política hay fichajes que fortalecen un equipo y otros que solamente cambian de camiseta.
Y si Zepeta cree que recibió un trofeo, quizá dentro de algún tiempo descubra que lo que se llevó fue, simplemente, un dolor de cabeza con nuevo color partidista.

Por Redactor1