Septiemble

LLAMADA DE EMERGENCIA

El regreso a clases y la educación que seguimos debiendo

POR: T.U.M. GUSTAVO GARCÍA SALAZAR

Cada regreso a clases llega acompañado de discursos optimistas. Se habla de futuro, de formación, de oportunidades. Se celebran las mochilas nuevas, los uniformes limpios y el reencuentro en las aulas. Pero pocas veces nos detenemos a cuestionar qué tipo de educación es la que realmente estamos ofreciendo y, sobre todo, qué educación seguimos postergando.

Porque educar no es únicamente transmitir conocimientos académicos. Educar también es preparar para la vida. Y en ese punto, como sociedad, seguimos reprobando.

El inicio del ciclo escolar, especialmente cuando ocurre en medio de bajas temperaturas, vuelve a poner sobre la mesa una realidad incómoda: la prevención sigue sin ser parte central de nuestra cultura educativa. Abrigar correctamente a un niño, enviarlo desayunado, cuidar su trayecto a la escuela o enseñarle a reconocer riesgos básicos no debería ser una recomendación temporal ni una campaña estacional. Debería ser una práctica permanente, integrada al proceso educativo desde la infancia.

Sin embargo, seguimos tratando la prevención como un tema secundario, opcional o circunstancial. Solo hablamos de ella cuando ocurre un accidente, cuando hay una emergencia o cuando la estadística ya nos alcanzó.

Durante años, quienes trabajamos en el ámbito de las emergencias hemos sido testigos de las consecuencias de esa omisión: accidentes escolares que pudieron evitarse, niños y adolescentes que no saben cómo reaccionar ante una lesión, familias enteras paralizadas frente a una situación crítica por no contar con conocimientos básicos de primeros auxilios. No se trata de falta de inteligencia ni de interés, se trata de falta de educación preventiva estructurada.

Nos hemos acostumbrado a pensar que la educación en seguridad y primeros auxilios es un extra, algo que se aprende solo si alguien tiene la iniciativa o si una institución externa ofrece un curso. Pero la realidad es que ya es tiempo de que estas materias formen parte oficial de la matrícula escolar, al mismo nivel que matemáticas, ciencias o educación física.

La pregunta es inevitable, ¿cómo aspiramos a formar ciudadanos responsables si no les enseñamos a cuidar su propia vida ni la de los demás?

Incluir prevención, seguridad y primeros auxilios en el sistema educativo no es una idea nueva ni radical. En muchos países estos conocimientos se enseñan desde edades tempranas porque se entiende algo fundamental: la primera respuesta ante una emergencia casi nunca llega con sirenas, llega con las manos de quien está más cerca. Y muchas veces, ese primer respondiente es un compañero, un maestro, un familiar o incluso un niño.

La pandemia dejó lecciones durísimas que parecieron olvidarse demasiado rápido. Aprendimos o creímos que la salud no puede darse por sentada, que la prevención salva vidas y que la desinformación cuesta caro. Hoy, con algo tan básico como el descenso de temperatura, volvemos a repetir errores: minimizamos riesgos, normalizamos el descuido y reaccionamos únicamente cuando el problema ya está presente.

Seguimos educando para aprobar exámenes, pero no para enfrentar la realidad.

La educación preventiva no solo reduce riesgos, también forma carácter. Enseña responsabilidad, autocuidado, solidaridad y toma de decisiones bajo presión. Un niño que sabe cómo actuar ante una caída, una quemadura o una emergencia médica no solo está más seguro, es más consciente de su entorno y del valor de la vida.

El regreso a clases debería ser el momento ideal para replantear prioridades. No basta con actualizar planes académicos si seguimos dejando fuera aquello que literalmente puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. La prevención no debería depender de campañas temporales ni de la buena voluntad de algunos, debería ser una política educativa permanente.

Educar también es anticiparse. Es enseñar que los riesgos existen, pero que pueden reducirse. Es formar generaciones que no entren en pánico ante la emergencia, sino que sepan actuar, protegerse y ayudar.

Tal vez entonces, cuando la prevención sea parte real de la educación y no solo un discurso ocasional, dejaremos de aprender las lecciones más importantes de la forma más dura: a través de la tragedia.

Porque una sociedad verdaderamente educada no es la que presume calificaciones, sino la que sabe cuidarse.

Nos leemos el próximo lunes.

Por Redactor1