¿Qué pasaría si un día la Cruz Roja ya no estuviera?

En muchas ocasiones, cuando suena una sirena, cuando una patrulla acelera o cuando una ambulancia rompe el silencio de la madrugada, hay alguien más que también está en movimiento. No porta casco, no lleva uniforme táctico ni cruza la escena con chaleco reflejante, pero está ahí; observa, pregunta, registra… ese alguien es el periodista.

El periodista suele ser el primer testigo; no porque llegue antes que los cuerpos de emergencia, sino porque llega antes que la memoria colectiva. Es quien ve el hecho todavía caliente, cuando el polvo no se ha asentado y las versiones aún se contradicen; es quien pone contexto donde hay confusión y quien intenta explicar lo inexplicable cuando la tragedia apenas comienza a digerirse.

En una sociedad ideal, el periodista sería visto como un aliado natural de la verdad y del interés público. En la realidad, muchas veces se le percibe como un estorbo, como un curioso incómodo o, peor aún, como un enemigo. Se olvida que su función no es invadir, sino documentar; no es señalar por morbo, sino dar testimonio.

Antes de que exista un informe oficial, antes de que haya un dictamen, antes de que se emita un comunicado, suele haber una libreta abierta, una cámara encendida o un celular grabando: ahí empieza la historia; el periodismo no trabaja con el “ya pasó”, sino con el “está pasando”.

Ese primer registro es vital. Gracias a él se reconstruyen hechos, se contrastan versiones y se evita que el tiempo maquille la realidad; el periodista es, en esencia, el notario social de la emergencia, el que deja constancia de cómo sucedieron las cosas, aun cuando incomode. No es casualidad que muchas investigaciones, cambios de protocolos o incluso sanciones hayan nacido a partir de una nota, una fotografía o una crónica publicada a tiempo; el periodismo responsable no busca culpables inmediatos, busca verdades completas.

Uno de los dilemas más grandes del periodista que cubre emergencias es el equilibrio entre observar y no estorbar; no intervenir no significa no sentir. Detrás de cada nota hay emociones que no siempre se cuentan: la impotencia al ver a una familia llorar, el nudo en la garganta al observar un cuerpo cubierto con una sábana, el silencio incómodo después de una mala noticia.

El periodista aprende a convivir con el dolor ajeno sin apropiarse de él, pero tampoco ignorarlo. Aprende a narrar sin revictimizar, a informar sin explotar la tragedia y a respetar la dignidad humana incluso en los momentos más crudos; ese aprendizaje no viene en manuales, viene con los años, con las coberturas difíciles y con los errores que también dejan cicatriz.

No todo es tragedia. El periodismo también cumple una función preventiva: alertar sobre una zona de riesgo, advertir sobre una práctica peligrosa, explicar por qué no se deben hacer llamadas falsas o recordar medidas básicas de seguridad; también salva vidas. Una nota oportuna puede evitar un accidente, un reportaje bien enfocado puede generar conciencia, una columna puede sembrar la duda necesaria para que alguien piense dos veces antes de actuar de forma irresponsable.

Ahí es donde el periodista deja de ser solo testigo y se convierte en agente de prevención, en puente entre la información técnica y la población.

Periodistas y rescatistas se parecen más de lo que parece, pues ambos trabajan bajo presión, ambos toman decisiones rápidas y ambos lidian con escenarios que la mayoría preferiría no ver. Sin embargo, no siempre se reconocen como aliados. Cuando existe respeto mutuo, la información fluye mejor, se evita el caos y se protege tanto a víctimas como a personal operativo; cuando no, se generan fricciones innecesarias que solo afectan a la verdad.

El periodista no está para estorbar una maniobra de rescate, pero tampoco para ser expulsado sin razón; la clave está en la comunicación, en el entendimiento de roles y en la conciencia de que cada quien cumple una función distinta, pero complementaria.

Pocas veces se habla de esto: el periodista también se expone a zonas inseguras, a escenas inestables, a riesgos físicos y, sobre todo, a una carga emocional constante; ver tragedias una y otra vez pasa factura. Escuchar historias de pérdida, de injusticia y de dolor deja huella. No siempre hay sesiones de incidentes críticos, no siempre hay acompañamiento emocional y no siempre hay comprensión social; el periodista, como muchos servidores públicos y voluntarios, aprende a seguir adelante con lo que trae dentro.

Hablar del Día del Periodista no debería reducirse a felicitaciones automáticas. Debería ser una oportunidad para reflexionar sobre el papel que juega en la construcción de una sociedad informada, crítica y consciente. Reconocer al periodista como primer testigo es reconocer su responsabilidad, pero también su vulnerabilidad; es entender que sin periodismo no hay memoria, sin memoria no hay aprendizaje y sin aprendizaje estamos condenados a repetir errores.

Cuando la escena se vacía, cuando las unidades regresan a base y cuando el ruido se apaga, queda el registro, la nota publicada, la crónica escrita, la imagen capturada. Ahí permanece el trabajo del periodista: como constancia, como advertencia y como memoria colectiva, porque al final, alguien tiene que contar la historia. Y muchas veces, ese alguien estuvo ahí desde el principio.

Nos leemos el próximo lunes…
@llamada de emergencia