El corazón de un voluntario

El Periodista como primer testigo

En la columna pasada hablábamos de las cosas buenas y malas de lo que desde aquel 10 de octubre del 2025 hemos estado viviendo. Una fecha que quedó marcada no solo por el agua y el lodo, sino por las emociones encontradas, por las dudas, por el miedo y por la esperanza. Sin embargo, hoy quiero detenerme en un tema que, desde mi perspectiva, es el verdadero punto de lanza de todo este proceso: el corazón de los voluntarios.

Porque sí, podemos hablar de daños materiales, de afectaciones sociales, de fallas institucionales y de los retos que todavía tenemos por delante, pero nada de eso sería posible enfrentarlo si no existiera ese ejército silencioso que ha dado lo mejor que tiene: su corazón. No es una frase bonita. Se ve en los hechos. Se ve en la forma en que han tomado esta emergencia y la han convertido en una causa personal.

Un voluntario no solo entrega enseres, despensas o comidas, entrega tiempo, habilidades, energía… y hasta sonrisas en momentos donde pareciera que son imposibles de encontrar. Muchos han trabajado con lo que tienen, con lo que consiguen, con lo que mueven de un lado a otro, sin esperar absolutamente nada a cambio. Son personas que han entendido que ayudar es un acto de amor y que la solidaridad es un puente que reconstruye mucho más que paredes: reconstruye dignidades.

Hoy, sin duda, esta marea humana ha sido un parteaguas. Y es importante decirlo con todas sus letras: distintas instituciones han estado ahí desde el día uno, sin reflectores, sin discursos, sin necesidad de presunción. Han estado porque es su naturaleza, porque es su vocación y porque aunque suene fuerte nadie más lo iba a hacer de esa manera.

Los voluntarios no solo reparten. También cargan, limpian, escuchan, abrazan, orientan, organizan, motivan y sostienen. Son quienes se meten hasta donde otros no quieren, quienes caminan entre el lodo sin preguntar quién es afectado o quién no, porque para ellos las personas no se miden por colonias, credenciales o colores. Se miden por necesidad.

Y ahí, en ese detalle tan simple pero tan poderoso, radica su grandeza.

En estos días he visto cómo un joven voluntario, cansado y empapado, detuvo su labor para jugar dos minutos con un niño que lo había perdido todo. Cómo una mujer voluntaria, con su propio hogar afectado, decidió priorizar a los demás antes que a ella misma. Cómo adultos mayores hicieron fila para donar comida, agua o ropa. Cómo asociaciones civiles, fundaciones internacionales, negocios locales, familias enteras y hasta personas que nunca habíamos visto, llegaron a tender la mano sin preguntar qué iban a recibir a cambio.

Este es el corazón del voluntariado: hacer sin esperar, dar sin condiciones, servir sin mirar hacia abajo. Y quizá, entre tantas cifras, entre tanto lodo y entre tanta noticia dura, nos hace falta detenernos a reconocer esto. Porque gracias a ellos, a los voluntarios formales, a los espontáneos, a los que se capacitan, a los que se organizan, a los que llegan sin aviso, Poza Rica y la región han podido levantarse, paso a paso, colonia por colonia, calle por calle.

Aún falta por resarcir, sí. Falta mucho. Falta infraestructura, falta organización a nivel institucional, faltan respuestas claras, falta atención psicológica, falta reconstruir con cabeza fría y con memoria. Pero si algo nos ha quedado claro en estos días es que el corazón voluntario es la primera línea de defensa y la última en retirarse.

Y mientras ese corazón siga latiendo fuerte en tantos ciudadanos, Poza Rica seguirá encontrando la forma de ponerse de pie, una vez más.

Que nunca se nos olvide: un voluntario no solo ayuda… un voluntario sostiene un pueblo entero.

Nos leemos el próximo lunes.
@llamada de emergencia