Para muchos, diciembre es sinónimo de pausa; de cierre de ciclos, de balances personales, de mesas llenas, luces encendidas y brindis que se repiten una y otra vez. Es el mes en el que el calendario parece decirnos que es momento de bajar el ritmo, de relajarnos, de confiar en que nada malo va a pasar; sin embargo, hay algo que no entiende de festividades ni de descansos: la emergencia.
La emergencia no se va de vacaciones. No respeta días festivos, no distingue entre Navidad, Año Nuevo o cualquier otro día marcado en rojo. No pregunta si ya cenaste, si estás con tu familia o si acabas de brindar… simplemente ocurre. Y cuando lo hace, exige atención inmediata, recursos, personal capacitado y decisiones rápidas, muchas veces en escenarios que pudieron evitarse. Paradójicamente, las fechas que deberían ser de tranquilidad suelen convertirse en periodos de alto riesgo.
Diciembre concentra un aumento significativo de accidentes viales, principalmente relacionados con el consumo de alcohol, el exceso de velocidad y la falsa confianza de “ya conozco el camino”. También incrementan los incendios domésticos por instalaciones eléctricas sobrecargadas, luces navideñas en mal estado, veladoras encendidas sin supervisión o el uso de pirotecnia que, año con año, sigue cobrando víctimas.
A esto se suman las emergencias médicas típicas de la temporada: descompensaciones por exceso de comida y alcohol, crisis hipertensivas, complicaciones respiratorias por cambios de temperatura y enfermedades que no se detienen solo porque hay fiesta. La realidad es clara: la emergencia se intensifica cuando la prevención se relaja; mientras muchas familias se reúnen alrededor de una mesa, hay otras que se encuentran alrededor de una camilla, de una ambulancia o de una sala de urgencias.
Mientras algunos cuentan los segundos para el abrazo de medianoche, otros cuentan los minutos para que llegue la ayuda; son dos realidades que conviven en el mismo tiempo, pero que rara vez se miran de frente. Detrás de cada sirena encendida en estas fechas hay historias que casi nunca se cuentan; hay paramédicos que cambian la cena familiar por un termo de café, bomberos que reciben el Año Nuevo con el equipo puesto, voluntarios que hacen guardia mientras sus casas esperan.
No son héroes de película, ni buscan reconocimiento; simplemente entienden que alguien tiene que estar ahí cuando todo falla, y lo más duro es que muchas de esas emergencias pudieron evitarse; pudo evitarse el accidente si no se hubiera manejado bajo los efectos del alcohol, pudo evitarse el incendio si se hubiera revisado la instalación eléctrica, pudo evitarse la quemadura si no se hubiera entregado pirotecnia a menores, pudo evitarse la tragedia si se hubiera escuchado una advertencia a tiempo.
Pero seguimos apostando a la suerte, a la frase de “nunca pasa nada”, a la creencia de que las tragedias solo les ocurren a otros; esa falta de cultura preventiva es, quizá, la emergencia más constante y peligrosa que enfrentamos como sociedad.
Cada llamada de auxilio en diciembre no solo refleja un incidente, refleja una decisión previa, una omisión, una imprudencia, una advertencia ignorada; y aunque el personal de emergencia llega, atiende y hace lo posible por salvar vidas, hay daños que no se pueden revertir y consecuencias que acompañan para siempre. La emergencia no se va de vacaciones, pero pareciera que nosotros sí dejamos en pausa la responsabilidad; celebrar no debería significar exponernos, ni poner en riesgo a los demás.
Cuidarnos es también una forma de celebrar. Manejar con responsabilidad, moderar el consumo de alcohol, evitar la pirotecnia, revisar nuestras casas y pensar en quienes nos rodean no quita alegría; al contrario, la protege.
Porque mientras tú lees estas líneas, alguien está en guardia.
Mientras tú brindas, alguien responde una llamada.
Mientras tú duermes, alguien sale de prisa porque una vida depende de ello.
La emergencia no se va de vacaciones; la prevención tampoco debería hacerlo.
Que este cierre de año no sea solo de festejos, sino también de conciencia, porque regresar con bien a casa, despertar al día siguiente y poder contar la historia, es el verdadero motivo de celebración.
Nos leemos el próximo lunes.
@llamada de emergencia
