Florencio Escardó, argentino de origen, fue un médico pediatra que revolucionó la atención médica hospitalaria de los niños, al permitir que los infantes hospitalizados por cualquier padecimiento tuvieran siempre a su madre para apoyar el cuidado hospitalario. Nadie mejor que una madre para tal objetivo. Esta actitud preñada de humanismo médico le produjo muchas controversias profesionales, en época de una dictadura argentina. Es reconocido como un líder defensor del paciente y sus derechos.
Decía: AMO MI PROFESIÓN, PERO SERÍA BUENO DECIR QUE NO TODOS LOS MÉDICOS SOMOS COLEGAS.
Esta expresión es disonante con la idea generalizada de que todos los médicos tan solo por contar con un título que nos autoriza para atender enfermos, somos colegas, así mismo los ingenieros, o aunque sin títulos nobiliarios, los plomeros o los mecánicos, por dedicarse a una actividad común, son colegas entre ellos. Si analizamos el significado etimológico de COLEGA, entenderemos lo que este pediatra quiere comunicarnos. Según la etimología, la palabra Colega proviene del latín “collega,” de “cum”, que significa “con” o “junto”, y “legare”, que significa “enviar” o “delegar”. Colega según la RAE es: compañero de un colegio, iglesia, corporación o ejercicio profesional.
Pero la connotación del Dr. Escardó va más allá de portar un título igual. El uso de “colega”, también connota un sentido de pertenencia a una comunidad, la identificación con un grupo y una sensación de igualdad. Ser colega de alguien puede implicar que se comparten no solo una profesión y conocimientos técnicos, un título o intereses comunes, sino también VALORES, ÉTICA y OBJETIVOS. He aquí, porque no todos los médicos titulados somos colegas. La esencia de ser colega es la ética, la responsabilidad profesional, la de servir a la sociedad con nuestras habilidades, RECONOCIENDO NUESTRAS LIMITACIONES, la de comprometerse con, para y por el paciente. Y en esto no siempre coincidimos en el gremio médico.
“Los médicos constituimos una clase, no una banda. Espeta este médico pediatra humanista. Y continúa: para muchos espíritus gregarios, la ética es complicidad. ¡NO! La ética es decencia, y ella obliga a no pactar con el inmoral, si para explotarlo, el médico engaña a sabiendas a un enfermo, lo ético es desengañar al enfermo, no cubrir al médico”.
Con esta forma de pensar y ejercer la medicina, en un sistema social de competencia de estatus social, en donde la ganancia monetaria es la “esencia” de éxito profesional de un médico, sí que debe haberse ganado unos cuantos detractores. En relación a lo anterior, recuerdo un caso de INSUFICIENCIA CARDÍACA SENIL por arterioesclerosis del corazón, en una mujer de 73 años, que se quejaba de falta de aire al caminar y acostada boca arriba, hinchazón de pies.
Estaba siendo tratada en “su hospital” en servicio de urgencias, medicina interna y cardiología. Buscó mi opinión y cuando la vi por primera vez estaba bien controlada con Digoxina, un diurético e isosorbida, que es un tratamiento ideal para estos casos. Estoy de acuerdo y es correcto su tratamiento, está bien controlada. Le informé, usted decide si continúa su tratamiento en su hospital. Durante dos años acudió unas 3 veces para supervisión, le modificaban correctamente las dosis de esos tres medicamentos según evolución y siempre estuve de acuerdo en el tratamiento.
Pero, unos seis meses después, se presentó muy grave, la subieron en vilo los 12 escalones de mi consultorio, le tomé un electrocardiograma, sentada, porque acostada se le dificultaba respirar. Tenía la presión muy baja 80-40, y siempre había sido normal, con frecuencia cardíaca muy baja (bradicardia) de 55 latidos (normal de 60 a 100) venas del cuello dilatadas.
Le habían modificado el tratamiento, porque le dijeron que la Digoxina le estaba bajando la frecuencia cardíaca, le retiraron la Digoxina correctamente, pero indicaron Metoprolol de 100 mg, cuya reacción adversa más severa es empeorar la insuficiencia cardíaca al disminuir la fuerza de contracción cardíaca, provocando síncope, vértigo, mareos y presión arterial y frecuencia cardíaca muy bajas. Además añadieron, inexplicablemente, un medicamento para la presión alta, elmisartán, sin padecer de la presión, cuyos efectos colaterales son presión baja, frecuencia cardíaca baja (bradicardia) e insuficiencia cardíaca congestiva con edema.
Con absoluta discreción y respeto a mis compañeros médicos, expuse mi punto de vista al paciente y familiares, les expliqué que en esta ocasión no coincidía con ellos y que mi propuesta era retirar esos medicamentos (deprescripción), argumentando el por qué de tal decisión. Les propuse expedir un certificado por escrito, por si no aceptaban mi propuesta y decidían regresar al hospital.
Finalmente, decidieron tomar en cuenta mi proposición, se retiraron los citados medicamentos: Telmisartán y Metoprolol, se reforzó la dosis del diurético y el isorbid, ya no se prescribió Digoxina, porque también disminuía la frecuencia cardíaca, la paciente vivió dos años y medio más con buena calidad de vida, pero su corazón ya estaba muy deteriorado con su arterioesclerosis irreversible y ya no respondió a los medicamentos propios para este problema.