Día Mundial del Parkinson: una enfermedad que también es una emergencia silenciosa

Hace apenas unos días, la lluvia volvió a hacerse presente en Poza Rica. Y como ya se ha vuelto una constante preocupante, no llegó sola, vino acompañada de afectaciones en distintas colonias, especialmente en aquellas más vulnerables. Calles anegadas, drenajes colapsados y familias enfrentando nuevamente la incertidumbre de ver el agua acercarse a sus hogares no son escenas nuevas, pero sí cada vez más frecuentes. Lo que antes se consideraba un evento ocasional, hoy comienza a formar parte de una realidad que no podemos seguir ignorando.

Esto no es un hecho aislado. Es, en realidad, un llamado más, cada vez más fuerte, de la situación crítica que vivimos en cuanto al sistema de drenaje de nuestra ciudad. Cada lluvia deja en evidencia las limitaciones de una infraestructura que ya no responde a las necesidades actuales. No se trata únicamente de la intensidad de las precipitaciones, sino de un sistema que ha sido rebasado por el tiempo, el crecimiento poblacional y la falta de actualización estructural.

Durante mucho tiempo se ha insistido en algo que hoy resulta evidente. El sistema de drenaje de Poza Rica fue diseñado para una ciudad que ya no existe. Fue pensado para una población menor, para condiciones distintas y para un ritmo de desarrollo urbano completamente diferente al que vivimos hoy. La ciudad ha crecido, las necesidades han cambiado y, sin embargo, la infraestructura sigue siendo prácticamente la misma. El resultado es claro: colapsos, inundaciones y afectaciones recurrentes que impactan directamente en la calidad de vida de la población.

La responsabilidad, sin duda, recae en los distintos niveles de gobierno. Es urgente la intervención del ámbito local, estatal y federal. No se trata de acciones que puedan postergarse ni de proyectos que únicamente se queden en el papel. Se requiere una estrategia integral que contemple la modernización del sistema de drenaje, su ampliación y su adaptación a las condiciones actuales de la ciudad. Se necesita inversión, planeación y, sobre todo, voluntad para atender un problema que ya dejó de ser prevenible para convertirse en una emergencia constante.

Sería un error pensar que todo depende únicamente de las autoridades. Como sociedad también tenemos una responsabilidad clara. No desde el punto de vista de la construcción o la reparación, sino desde la prevención. Muchas de las problemáticas que enfrentamos se agravan por acciones cotidianas que, aunque parecen menores, tienen un impacto directo en el funcionamiento del drenaje. La basura que se tira en la calle, los desechos que terminan en alcantarillas y la falta de cultura de cuidado del entorno contribuyen a que el sistema se sature con mayor facilidad.

El drenaje no colapsa únicamente por su antigüedad, también colapsa por el uso irresponsable que hacemos de él. Cada bolsa de basura que obstruye una coladera representa un punto menos de desfogue. Cada residuo acumulado es un obstáculo más para el flujo del agua. Es necesario entender que la prevención también está en nuestras manos y que pequeñas acciones, cuando se multiplican, pueden marcar una diferencia importante.

Pero hay un punto aún más delicado que no podemos dejar de lado: las zonas vulnerables. Aquellas colonias que, por su ubicación geográfica, por las condiciones del terreno o por la cercanía a cuerpos de agua, enfrentan año con año el riesgo de inundaciones. En estos casos, la conversación debe ir más allá de resistir o adaptarse. Es necesario hablar con seriedad de alternativas que, aunque complejas, pueden representar una solución de fondo, como lo es la reubicación.

Sabemos que no es una decisión sencilla. Implica dejar atrás años de historia, de esfuerzo y de arraigo. Implica cambiar de entorno, reconstruir dinámicas familiares y adaptarse a nuevas condiciones. Sin embargo, también implica pensar en la seguridad, en la vida y en el futuro. Permanecer en zonas de alto riesgo no solo expone el patrimonio, sino que pone en peligro la integridad de las familias.

Si en algún momento se presentan opciones reales por parte del Gobierno Federal para reubicar a quienes viven en estas zonas, es importante que se consideren con responsabilidad y con una visión a largo plazo. No se trata de abandonar, se trata de proteger. No se trata de perder, se trata de prevenir tragedias que pueden evitarse si se toman decisiones a tiempo.

El 10 de octubre de 2025 quedó marcado en la memoria de Poza Rica. Ese día nos recordó, de forma contundente, que el agua no avisa, que puede subir de manera súbita y que las consecuencias pueden ser devastadoras. Las imágenes, las historias y las experiencias vividas por muchas familias son prueba de ello. No hace falta describir hasta dónde pueden llegar los daños, porque como comunidad lo vivimos de cerca.

Hoy, con cada lluvia, ese riesgo sigue presente. No es un recuerdo lejano, es una posibilidad latente. Y lo más preocupante es que, si no se actúa de manera coordinada y responsable, tanto por parte de las autoridades como de la sociedad, lo que vivimos en aquel momento podría no ser el peor escenario. Existe el riesgo real de enfrentar situaciones aún más graves si no se toman medidas oportunas.

Esta no es una columna de alarma, es una columna de realidad. Es un llamado a reconocer lo que está ocurriendo y a entender que estamos en un punto en el que ya no basta con reaccionar. Es momento de anticiparse, de planear y de actuar con responsabilidad.

Estamos a tiempo de corregir, de fortalecer la infraestructura, de cambiar hábitos y de tomar decisiones difíciles pero necesarias. El tiempo no es infinito. La naturaleza ya nos ha dado señales claras y cada lluvia es un recordatorio de ello.

La pregunta es sencilla, pero profunda: ¿vamos a esperar a que el agua vuelva a alcanzarnos o vamos a hacer algo antes de que eso ocurra?

Nos leemos el próximo lunes.
@llamada de emergencia