La relación entre cine y discapacidad no siempre ha sido tan fluida como en los últimos tiempos. El cine es una poderosa herramienta para la normalización de la discapacidad, a través de personajes cargados de matices, tan ricos y trabajados que acaparan la atención de crítica y público. No se puede negar que el camino ha sido largo y que aún queda trabajo que hacer en el terreno de la inclusión, pero también es cierto que algo está cambiando en el cine y lo está haciendo para bien.

A lo largo de la historia del cine, las distintas generaciones de actores y directores han construido su discurso creativo en torno las sensibilidades sociales predominantes. Así, a finales de los ochenta, la discapacidad se convirtió en un tema recurrente. Los realizadores buceaban en las complicadas dinámicas de las enfermedades para conseguir historias desgarradoras, cargadas de fuerza narrativa. Y los actores hacían cola para interpretar a esos personajes que se convirtieron instáneamente en sinónimo de Oscar (con su correspondiente repercusión en el aspecto económico, por supuesto).

En este contexto se estrenó Rain man (Barri Levinston, 1988), en la que un excepcional Dustin Hoffman daba vida a un hombre con autismo por el que fue premiado con un Oscar. En 1989 se estrenaron dos películas que, aunque muy diferentes entre sí, están protagonizadas por personajes que utilizan una silla de ruedas. Se trata de Mi pie izquierdo (Jim Sheridan, 1989) y Nacido el cuatro de Julio (Oliver Stone, 1989), protagonizadas por Daniel Day-Lewis, que recibió su primer Oscar, y Tom Cruise, nominado también al premio.

Por ALF