El monje Jorge de Burgos lo tenía muy claro en El nombre de la rosa: solo los tontos se ríen. Este personaje sacado de la adaptación cinematográfica de la novela de Umberto Eco se convirtió en el peor amigo del humor, el sarcasmo y la ironía hasta el punto de matar por ello. Un final impactante para el público ya que, entre otros motivos, es difícil imaginar que alguien en su sano juicio no disfrute con una sonora carcajada.
La risa es un atributo humano que se disfruta estimulando y una de las maneras más sanas, naturales y sencillas de conseguirlo es a través de la comedia cinematográfica. Desde que se inventó el cine, los primeros grandes autores emplearon este medio para hacer reír a sus espectadores creando historias desternillantes, destacando, por encima de cualquiera, dos brillantes directores: Buster Keaton y Charles Chaplin.
Buster Keaton vivió su plenitud cinematográfica durante los años 20, momento en el que no existía el que es hoy el mayor galardón del cine estadounidense, los Premios Oscar. Sin embargo, recibió un Oscar honorífico por su trayectoria en 1960.
