Con emoción y curiosidad llegamos al lugar donde los totonakús ya estaban reunidos y los que íbamos llegando para ser testigos de la ceremonia del maíz, que después de muchos años de no llevarse a cabo, visitaríamos al Kiwikgcolo – dios del monte- con fe y devoción pediríamos por una buena cosecha durante este año, sin embargo, las nubes grises en todo momento amenazaban que descargarían ahí precisamente el agua que en el mar cargaron, pero eso no fue impedimento para que todos estuviéramos ahí.
Todos ellos estaban vestidos con sus ropas tradicionales: los hombres y niños con camisa y pantalón blanco, botines, sombrero y un pañuelo que adornaba el cuello de su camisa, las niñas y mujeres con una blusa bordada con flores de colores, falda con vuelo y a la cintura un fajín que adornaba su silueta, también una flor en sus cabellos que dejaba entrever la coquetería que solo las mujeres del bello pueblo mágico de Papantla tienen.
Caminamos entre los totonakús y vi como los niños, con ofrenda en sus manos, sonreían a todos lo que ahí nos dimos cita, era como si dijeran «Gracias por estar aquí» y no lo digo por nosotros, si no por que era evidente quiénes eran parte de la comunidad totonaca y quiénes íbamos a conocer su cultura.
El humo del copal era el indicio de que algo místico estaría por suceder, las velas blancas y los ramos de flores que las niñas tenían entre sus manos -que no dudo que esas flores hayan sido cortadas en el patio de su casa o algún vecino – eran frescas y recién cortadas, los niños traían algunas botellas de aguardiente y jerez, otros mas llevaban canastos de comida – que expedían ese olor que nos abrió más el apetito- y esa seria la ofrenda principal del ritual.
Caminamos bajo la pluviosilla rumbo al monte, todos en silencio, lo cual era algo muy extraño, ya que a todas las ceremonias que hemos asistido son entre rezos y cantos, y así con paso firme y apresurado el ritual había iniciado y las mujeres no dejaban que el humo del copal disminuyera.
Cuando llegamos había matas de maíz, verdes y frondosas, también un árbol grande donde habían puesto tres troncos y es ahí donde el encargado de la ceremonia tomó las velas blancas encendiéndolas y colocándolas en cada uno de ellos.
Los niños iban pasando la ofrenda que traían en la procesión y pusieron unas jícaras, ahí vaciaron el jerez, el aguardiente y el agua para después en su lengua materna, iniciar el litlán (pedir permiso a sus dioses), todos con total asombro pero muy atentos escuchando y viendo paso a paso como realizaban la ceremonia, que hoy, por primera vez iniciaban pidiendo a las cuatro puertas; aire, agua, sol y tierra que la semilla del maíz se dé en abundancia.
El profesor Oliverio Báez dijo que esta ceremonia se lleva acabo en distintos estados y que ya existía desde antes de la llegada de los españoles, también explicó el inicio del ser humano que, según la cosmogonía totonakú, se representa en cuatro momentos: el guayol; un tipo de árbol que usaron para «fabricar» al ser humano, después fue de madera, pero no funcionó pues esta se apolillaba o echaba a perder, de ahí el tercer intento fue con arcilla, pero cuando esta se mojaba se convertía en lodo y al secarse se desbarataba, entonces y por último lo hicieron de maíz y era la razón por la que estábamos ahí realizando este ritual- creo que por eso dicen que «somos hijos del maíz».
También para los totonakús existen cuatro lugares o aposentos sagrados, empezando por la cocina por sus aromas y sabores, el dormitorio; donde antes de descansar meditan lo ocurrido durante el día, la troja; -como ellos le dicen- al lugar donde guardan el maíz que los alimentará y por último, el altar; -que en cada casa tienen los que habitan en ese bello pueblo mágico- donde de rodillas piden y dan gracias por las bonanzas recibidas.
Y es así como termina el ritual del maíz, llenos de emoción y con la ilusión de que el Kiwikgcolo al escuchar el litlán sea bondadoso con los totonakús.
NLX



