CDMX.- Hay un día que quedará para siempre grabado en la memoria colectiva de España y sus gentes, el 14 de marzo de 2020. Fue el día en que se decretó el estado de alarma, aún vigente, que nos recluiría en casa sine díe y que terminaría con la vida tal y como la conocíamos antes de que la pandemia del coronavirus la hiciera estallar por los aires. Una pandemia que se ha cobrado demasiadas vidas, cuya urgencia y prioridad es resolver la crisis sanitaria, pero una pandemia que deja también innumerables daños colaterales.

La mayoría de comercios de todo el país tuvieron que colgar el cartel de cerrado y cesar su actividad de forma radical. El futuro se volvió incertidumbre, simplemente desapareció. Solo quedaba un presente marcado por la ausencia de ingresos y una ansiedad indomable que caía como una losa en forma de pregunta: “¿Cuándo y cómo vamos a salir de esta?”

Meses después, empezó a vislumbrarse algo de luz a este respecto. Algunos negocios volvieron a abrir al público con una palabra como protagonista: reinventarse. Una reinvención que pasa por cautelosas medidas de seguridad y por reaprender una forma de vivir acorde a las nuevas circunstancias. Esa incordiante “nueva normalidad”.

La calma después de la tormenta

Además de los añorados bares, como punto de encuentro y de reunión con los seres queridos, durante estos meses ha habido una añoranza colectiva también de otros espacios, aquellos que albergan a unos grandes aliados, los libros, que han hecho más llevadera esta época inconsciente.

Ahora que vuelve todo a florecer y que, asustadas, levantan sus persianas como la mayoría de los negocios, las librerías, capitaneadas por sus libreros y libreras, tratan de volver a una vida que no se parece en nada a la vida que dejaron antes de todo esto. «El regreso fue muy difícil y raro, era como empezar a abrir una librería nueva, no era la librería que yo cerré. Todo alrededor era distinto, no solo lo que me encontré dentro (las medidas de seguridad), también lo de fuera, que te acaba contagiando», explica Laura Riñón, autora y librera de Amapolas en octubre, a Le Miau Noir.

Al igual que los remeros que se enfrentan a “La gran ola de Kanagawa” en la estampa de Katsushika Hokusai, esta librería, situada en el centro de Madrid, trata de reinventarse sumergiéndose en la aventura de poner en marcha su funcionamiento de forma online. Su librera era reticente a abrir esta posibilidad que, de hecho, no existía antes de la pandemia. La librería es algo más para ella, «un hogar, un lugar al que la gente viene, un encuentro de personas». Pero, en estas circunstancias, no tenía otra opción: «La venta online me parecía algo frío, pero ahora, era eso o cerrar. Aun así, lo complemento con actividades virtuales, encuentros, charlas… Así doy algo de humanidad a todo lo virtual”.

Además de la apertura del formato online, Amapolas en octubre recibe visitas con cita previa desde comienzos de mayo, algo que «funciona muy bien» y le devuelve cierta vida al local: «Le das espacio al cliente que viene, se toma su tiempo…y el cliente lo agradece, porque para muchos es la primera vez que están en otro espacio que no sea su casa, y el charlar con alguien. La gente lo ha tomado con mucha paciencia y mucha calma, que creo que es algo que todos necesitábamos después de lo que hemos pasado». «Todavía tengo citas previas, porque recibí tal aluvión cuando volví a abrir que se reservaron muchas. Aún tengo todo el mes de junio lleno», explica Laura Riñón, agradecida con toda su clientela.

Con el avance en las famosas fases de desescalada, mucha gente ya ha empezado a ir también presencialmente y sin cita. El aforo permite que solo coincidan dos personas al mismo tiempo dentro de la librería. Al resto, le toca esperar, pero lo hacen de buena gana. Y el complemento de la venta online, las citas previas y las visitas, hacen que Amapolas en octubre vuelva a florecer y mire al futuro con optimismo: «El balance que hago del regreso es muy positivo. No ha habido ningún día sin que hayan entrado a la librería por lo menos 4 o 5 clientes. Hay menos personas de forma física, pero el resto de clientes se ha volcado en la venta por Internet. Se han volcado mucho en crear comunidad. Yo diría que me encuentro exactamente en el mismo lugar en el que estaba antes de cerrar, gracias a los clientes». Precisamente, esa comunidad ha sido el aliento que muchos libreros y libreras necesitaban para seguir: «Los barrios son los que hacen las ciudades, la comunidad somos todos nosotros. Tenemos que olvidarnos de los que están por encima, hay que cuidar el negocio propio, sobre todo cuando nace de una ilusión y de un sueño».

Información de lemiaunoir.com


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Por ALF