LLAMADA DE EMERGENCIA

POR: TUM GUSTAVO GARCÍA SALAZAR
Cuando hablamos de emergencias solemos pensar que siempre les ocurren a otros. Vemos en las noticias inundaciones, terremotos, incendios, huracanes o evacuaciones y pensamos que tendremos tiempo para reaccionar si algún día nos toca. Sin embargo, quienes hemos observado de cerca una emergencia sabemos que una de sus principales características es precisamente que no avisa y pocas veces da tiempo para organizarse.
Por eso existe una herramienta sencilla que debería formar parte de todos los hogares: la mochila de emergencia.
No se necesita vivir en una zona sísmica para tener una. Tampoco es exclusiva de lugares amenazados por huracanes o inundaciones. Una mochila de emergencia puede ser necesaria prácticamente en cualquier lugar, porque existen situaciones que pueden obligarnos a abandonar nuestra casa, nuestro trabajo o nuestro vehículo en cuestión de minutos.
La pregunta es sencilla: si hoy te dijeran que tienes cinco minutos para salir de tu casa, ¿qué te llevarías?
Probablemente comenzaríamos a buscar documentos, medicamentos, cargadores, dinero, agua, ropa o las llaves. En medio de la preocupación podríamos olvidar precisamente aquello que más necesitamos. Ahí radica la importancia de prepararnos antes y no durante la emergencia.
Una mochila de emergencia debe estar ubicada en un lugar accesible y conocido por todos los integrantes de la familia. Debe contener elementos básicos que permitan enfrentar las primeras horas después de abandonar un sitio: agua potable, alimentos no perecederos, linterna y baterías, radio portátil, botiquín de primeros auxilios, medicamentos indispensables, artículos de higiene personal, cubrebocas, silbato, cargador o batería portátil para teléfono, algo de efectivo y copias de documentos importantes protegidas contra el agua.
También debemos pensar en las necesidades particulares de nuestra familia. Si tenemos niños pequeños, adultos mayores, personas que requieren medicamentos específicos o mascotas, la mochila debe adaptarse a ellos. No existe una mochila idéntica para todas las familias porque tampoco existen familias con las mismas necesidades.
Algo que pocas veces hacemos es colocar una tarjeta con información importante: nombres, teléfonos de familiares, contactos de emergencia, alergias, medicamentos y datos médicos relevantes. Hoy confiamos prácticamente toda nuestra información al teléfono celular, pero durante un desastre podemos quedarnos sin batería, señal o acceso al dispositivo.
Y existe otro punto fundamental: la mochila no sirve si la preparamos una vez y después la olvidamos durante años. Los alimentos caducan, las baterías se descargan, los medicamentos vencen, los niños crecen y las necesidades familiares cambian. Por ello debe revisarse periódicamente.
Pero hablar de una mochila de emergencia también nos obliga a hablar de algo todavía más importante: la cultura de prevención.
México es un país expuesto a múltiples fenómenos. En algunas regiones son los sismos; en otras, huracanes, inundaciones, incendios forestales, deslaves o temperaturas extremas. Incluso, una fuga de gas, un incendio estructural o un accidente industrial pueden provocar una evacuación. Nadie está completamente exento.
En Veracruz conocemos particularmente bien el poder del agua. Sabemos que una lluvia intensa puede transformar rápidamente una calle, que un río puede incrementar su nivel y que una inundación puede modificar la vida de una familia en cuestión de horas. Precisamente por haber vivido situaciones de esta naturaleza, deberíamos comprender que prepararnos no significa tener miedo, significa haber aprendido.
La mochila tampoco sustituye un plan familiar. Todos debemos saber qué hacer si ocurre una emergencia, cuáles son las rutas de evacuación, dónde se encuentran las salidas, cómo cerrar el gas o la energía eléctrica cuando sea seguro hacerlo y, principalmente, dónde reunirnos si la familia queda separada.
Y esto no debería limitarse al hogar.
También podemos tener un pequeño kit de emergencia en el automóvil y elementos básicos en nuestro centro de trabajo. Las emergencias no esperan a que estemos cómodamente en casa. Pueden encontrarnos trabajando, conduciendo, llevando a nuestros hijos a la escuela o realizando cualquier actividad cotidiana.
Preparar una mochila puede parecer exagerado hasta el día en que se necesita. Lo mismo ocurre con aprender primeros auxilios, participar en un simulacro o conocer una ruta de evacuación. Son conocimientos y herramientas que deseamos no utilizar nunca, pero que debemos tener disponibles siempre.
Quizá hoy sea un buen momento para llegar a casa, reunir a nuestra familia y hacer un ejercicio sencillo: colocar una mochila sobre la mesa y preguntarnos qué necesitaríamos si mañana tuviéramos que salir inmediatamente y pasar varias horas, o incluso algunos días, lejos de nuestro hogar.
Seguramente descubriremos que prepararla no es complicado ni necesariamente costoso. Podemos comenzar con lo que tenemos e ir complementándola poco a poco.
La prevención comienza precisamente así: con pequeñas decisiones tomadas antes de que ocurra lo inesperado.
Porque cuando una emergencia ya está frente a nosotros, no es momento de comenzar a prepararnos, es momento de utilizar aquello para lo que nos preparamos.
Y recuerde: una mochila guardada quizá parezca solamente una mochila. En una emergencia puede convertirse en las primeras horas de tranquilidad, comunicación y supervivencia para usted y su familia.
Nos leemos el próximo lunes.

Por Redactor1