LLAMADA DE EMERGENCIA
Por TUM. GUSTAVO GARCÍA SALAZAR
Cuando vemos llegar a un bombero a una emergencia observamos el uniforme, el casco, las botas y el equipo de protección. Escuchamos las sirenas y esperamos que de la unidad descienda alguien capaz de controlar aquello que para los demás parece incontrolable.
Pero pocas veces nos detenemos a pensar en la persona que se encuentra debajo de ese uniforme.
Ser bombero no consiste solamente en apagar incendios. Es aceptar que, mientras todos buscan alejarse del peligro, nosotros debemos avanzar hacia él. Es entrar cuando los demás están saliendo, conservar la calma cuando todo alrededor es confusión y tomar decisiones en segundos, aun sabiendo que cualquier error puede tener consecuencias irreversibles.
Detrás del uniforme existe un ser humano que también siente miedo. La diferencia no es que el bombero no tenga miedo, sino que aprende a dominarlo para cumplir con su deber.
Una historia que comenzó en Veracruz
Hablar de la historia de los bomberos en México obliga a mirar hacia nuestro estado. Antes de que existieran grandes estaciones, vehículos equipados o sistemas modernos de comunicación, hubo ciudadanos que decidieron organizarse para proteger a su comunidad.
En 1850, Domingo Bureau, entonces regidor del puerto de Veracruz, reunió a un grupo de voluntarios para combatir los incendios de la ciudad. Entre aquellos primeros hombres había sastres, carpinteros y albañiles. No eran personajes invencibles ni contaban con los equipos actuales: eran ciudadanos comunes que decidieron responder ante una necesidad colectiva.
Incluso realizaban aportaciones económicas para mantener funcionando a aquella organización. Domingo Bureau utilizó también sus propios recursos para adquirir cubetas, picos, palas y otras herramientas indispensables.
Después de años de esfuerzo, el 22 de agosto de 1873 quedó formalmente constituida en el Palacio Municipal la Compañía de Bomberos de Veracruz, reconocida como el primer cuerpo de bomberos de México. Por esa razón, cada 22 de agosto conmemoramos el Día del Bombero en nuestro país. Aquel cuerpo tampoco tuvo inmediatamente una estación propia: su primer cuartel oficial fue inaugurado hasta 1939.
Esta historia nos recuerda algo importante: los cuerpos de bomberos mexicanos no nacieron rodeados de abundancia. Nacieron de la voluntad, la organización y el sacrificio de personas que entendieron que proteger a los demás era una responsabilidad compartida.
Las raíces petroleras de los bomberos en Poza Rica
La historia de Poza Rica también está profundamente ligada al fuego y a quienes aprendieron a combatirlo.
Nuestra ciudad creció alrededor de la industria petrolera. Pozos, baterías, ductos, talleres, tanques de almacenamiento y plantas industriales hicieron necesario formar personal especializado que pudiera responder ante incendios, explosiones, fugas y otras emergencias de alto riesgo.
Los antecedentes documentados del Cuerpo de Bomberos de Petróleos Mexicanos en Poza Rica se remontan a 1949. Trabajadores petroleros de planta fueron convocados para integrar el nuevo agrupamiento y el 7 de agosto de ese año concluyó una etapa de reclutamiento.
El 27 de agosto de 1949 comenzaron las primeras prácticas de un grupo de 53 aspirantes. Su preparación incluyó acondicionamiento físico, disciplina, conocimiento de equipos y técnicas propias del combate de incendios. Para fortalecer su formación llegaron instructores procedentes del Cuerpo de Bomberos de la Ciudad de México y algunos trabajadores fueron enviados a la capital para realizar prácticas con equipos especializados y adquirir experiencia en incendios reales.
Aquellos trabajadores adoptaron como guía las palabras: “Abnegación, Honor y Disciplina”. No se trataba únicamente de aprender a utilizar una manguera o una bomba; debían prepararse para combatir incendios relacionados con hidrocarburos, donde el agua no siempre es suficiente y se requieren estrategia, espuma, conocimiento técnico y una enorme coordinación.
Así nació una tradición contraincendio que forma parte de la identidad de nuestra ciudad. Los primeros bomberos de Poza Rica fueron trabajadores petroleros que aceptaron una responsabilidad adicional: proteger las instalaciones, a sus compañeros y a una población que crecía alrededor de la actividad industrial.
Con el paso de los años, la respuesta a las emergencias se amplió y se fortaleció con la participación de bomberos municipales, Protección Civil, brigadas industriales, grupos voluntarios y diferentes instituciones de auxilio. Todos forman parte de una misma historia: la de hombres y mujeres que responden cuando la comunidad se encuentra en peligro.
Lo que dejamos cuando suena la alarma
Cada vez que suena una alarma, el bombero deja algo atrás: una comida sin terminar, una conversación pendiente, una celebración familiar, una noche de descanso o el abrazo de sus hijos.
Sale sin saber exactamente qué encontrará y, aunque pocas veces lo diga, tampoco tiene la certeza absoluta de regresar en las mismas condiciones en las que partió.
Las familias conocen ese sacrificio. Ellas también escuchan las sirenas, esperan una llamada y aprenden a vivir con la preocupación. Mientras el bombero atiende una emergencia, en casa alguien mira el teléfono, pide que todo salga bien y desea escuchar nuevamente el sonido de la puerta al abrirse.
Por eso, el sacrificio no pertenece únicamente a quien porta el uniforme. También lo comparten quienes lo aman y aceptan que una parte de su vida está dedicada a proteger a personas que muchas veces ni siquiera conoce.
Con el tiempo he comprendido que el uniforme no solamente protege el cuerpo: también carga historias. En él quedan impregnados el humo, el cansancio, el sudor y la memoria de cada servicio.
Algunas intervenciones terminan con abrazos y agradecimientos. Otras dejan imágenes que acompañan al bombero durante mucho tiempo.
Hay servicios que se recuerdan con orgullo porque se logró salvar una vida, proteger una vivienda o evitar que una emergencia se convirtiera en una tragedia mayor. Pero también existen aquellos en los que, a pesar de haber entregado todo, el resultado no fue el deseado.
Esos momentos pesan
El bombero regresa a la estación, limpia su equipo, vuelve a colocar las herramientas en su lugar y guarda silencio. Pero que no hable de lo ocurrido no significa que no le duela.
La sociedad suele imaginarlo como una figura invencible. Sin embargo, debajo del casco existe una persona que se cansa, se preocupa, puede sentirse impotente y también necesita apoyo. Ser fuerte no significa dejar de sentir; significa continuar cumpliendo con responsabilidad sin permitir que el dolor nos arrebate nuestra humanidad.
La valentía no sustituye la preparación
Existe otro sacrificio del que se habla poco: la preparación constante.
Para responder correctamente no bastan las buenas intenciones. Se requieren conocimientos, entrenamiento, disciplina y actualización. Cada incendio, rescate, accidente, fuga o emergencia con materiales peligrosos representa riesgos diferentes.
La valentía sin preparación puede convertir al rescatista en una víctima más.
Un bombero debe entrenar aun cuando no haya emergencias. Debe conocer sus herramientas, cuidar su condición física, revisar su equipo, estudiar los riesgos y aprender de cada servicio. Las horas de práctica que nadie observa son las que permiten actuar correctamente cuando todos están mirando.
A pesar de ello, muchos cuerpos de bomberos continúan trabajando con recursos limitados, unidades que necesitan mantenimiento y equipos que deberían renovarse. En algunos lugares, quienes protegen a la población deben organizar colectas, solicitar donaciones o buscar por su cuenta la manera de conseguir lo necesario para seguir prestando el servicio.
A los bomberos se les llama héroes, pero también necesitan cascos, botas, equipos de respiración autónoma, herramientas adecuadas, vehículos en buenas condiciones, capacitación permanente y condiciones laborales dignas.
El reconocimiento emociona, pero no sustituye el equipo ni garantiza su seguridad.
No podemos acordarnos de los bomberos únicamente cuando ocurre una tragedia o cuando llega el 22 de agosto. El verdadero reconocimiento consiste en respetar su trabajo, respaldar sus necesidades y comprender que invertir en ellos significa invertir en la seguridad de toda la comunidad.
Detrás del casco existe una persona
Ser bombero deja marcas que no siempre pueden verse. Algunas permanecen en el cuerpo; otras se quedan en la memoria. Se aprende a convivir con escenas difíciles, con el agotamiento y con la responsabilidad de saber que alguien puede estar viviendo el peor día de su vida y espera que nosotros sepamos qué hacer.
Pero también recibimos algo invaluable: la oportunidad de servir
No existe satisfacción comparable con saber que una persona regresará a casa, que una familia conservará su patrimonio o que alguien tendrá una nueva oportunidad gracias al trabajo realizado. Esos momentos hacen que el sacrificio tenga sentido.
El uniforme no nos convierte automáticamente en héroes ni nos coloca por encima de nadie. Por el contrario, nos recuerda que asumimos una enorme responsabilidad: servir con humildad, actuar con disciplina y poner nuestros conocimientos al servicio de los demás.
Hoy quiero reconocer de manera especial a nuestros bomberos que permanecen con nosotros; a quienes continúan atendiendo el llamado aun con cansancio y limitaciones; a quienes portan con orgullo un uniforme que representa entrega, valentía y servicio.
También quiero recordar a quienes ya no están, pero dejaron sus enseñanzas, su ejemplo y una parte de su vida en cada estación, unidad y compañero que ayudaron a formar.
Desde aquellos voluntarios organizados por Domingo Bureau en Veracruz, hasta los trabajadores petroleros que comenzaron a prepararse en Poza Rica en 1949, la historia ha cambiado los vehículos, las herramientas y las técnicas, pero no ha cambiado la esencia del servicio.
Cuando veamos pasar una unidad de bomberos, no pensemos únicamente en el ruido de la sirena. Pensemos en las personas que viajan en ella, en las familias que las esperan y en todo lo que están dispuestas a arriesgar para ayudar a alguien más.
Porque detrás de cada casco existe una historia. Detrás de cada uniforme hay una familia. Y detrás de cada bombero existe un ser humano que, aun sintiendo miedo, decidió convertir el servicio en una forma de vida.
El fuego puede apagar muchas cosas, pero nunca podrá apagar la vocación de quien ha decidido vivir para proteger a los demás.
Desde mi trinchera felicito a cada uno de mis compañeros en especial a Contraincendio PEP, ATG, CPG y los bomberos municipales.
¡Feliz día!
Nos leemos el próximo lunes.
@llamada de emergencia
