Ayer martes 11 de diciembre, expertos del arte rupestre internacional se adentraron en las profundidades del Cañón de Santa Teresa, en la sierra de San Francisco, Baja California Sur, para realizar una visita de cuatro días por algunos de los más emblemáticos abrigos rocosos donde está plasmado el estilo Gran Mural que hace 25 años fue inscrito en la Lista de Patrimonio Mundial.
Entre los expertos figuran la directora del Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira, en España, Pilar Fatás Monforte; el conservador General (honorario) del Patrimonio Universidad, de Burdeos, Francia, Jean-Michel Geneste; la directora-conservadora del Museo y Parque Arqueológico Cueva Pintada Gáldar, de Gran Canaria, España; y María Isabel Hernández Llosas, del Instituto de Arqueología de la Universidad de Buenos Aires, Argentina.
Durante la visita, en la que acamparán a la orilla de un arroyo para desde ahí desplazarse a las cuevas donde están las pinturas, harán ejercicios de reflexión e intercambio de experiencias profesionales en la atención de un patrimonio milenario que, coinciden en señalar, es el más frágil de todos y uno de los logros más significativos de la humanidad en relación con lo que nos define como humanos.
La arqueóloga María de la Luz Gutiérrez Martínez, responsable de la investigación en la sierra de San Francisco, advierte que la naturaleza del patrimonio arqueológico concentrado en esas montañas hace que su gestión sea compleja y se tengan que aplicar modelos completamente distintos a los que pueden resultar eficientes en otras zonas arqueológicas de México, pues se trata de cordilleras completas con decenas de cañadas y mesetas que contienen cientos de sitios arqueológicos de todo tipo: es como un gigantesco museo abierto al público.
Para llegar hasta los abrigos con pinturas Gran Mural es necesario montar una mula durante cinco horas y bajar, a su paso, por un camino escarpado y en tramos tan estrecho que se desdibuja en cúmulos de rocas, donde solo cabe la pezuña de la bestia. Mientras, en la costa cantábrica española, admirar el conjunto de pinturas del Paleolítico europeo más famosas del mundo es ya cuestión de suerte pues el acceso se logra a través de un sorteo que se realiza cada viernes.
El caso de Gáldar, en Las Palmas, Gran Canaria, es distinto: la Cueva Pintada se abre 14 veces al día, diariamente; en cada ocasión entra un máximo de 25 visitantes, durante un promedio de dos horas y media en las que recorren, en dos grupos de 12 personas, los distintos espacios arqueológicos del sitio, asentado en medio de la población de Gáldar, rodeado de calles y casas.
Dirigir Altamira es una gran responsabilidad dice Pilar Fatás Monforte, directora del Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira: sitio mundialmente conocido y con las cuevas de Lascaux y Chauvet, en Francia, una de las tres obras maestras del arte rupestre del Paleolítico europeo. Pero especialmente frágil por toda su historia durante los últimos 100 años, a raíz de su descubrimiento, ya que en la década de 1970 llegaron a entrar hasta 170 mil personas en un año.
La conservadora de Museos Estatales de España dice contundente que el caso de la cueva de Altamira puede servir para aprender de los errores cometidos en el pasado y no repetirlos, evitar que el abuso de explotación turística de un sitio patrimonial ponga en riesgo su conservación.
Cabe recordar que la cueva de Altamira, en varias ocasiones ha tenido que cerrar totalmente al público, luego de que aquel excesivo índice de visitas la puso en grave peligro. Hoy sigue sufriendo las consecuencias: la cueva es frágil por su composición natural pero estos factores la hicieron más frágil, dice Fatás Monforte.
Lo anterior nos ha orillado a buscar un equilibrio a través de estrategias para dar a conocer sin vulnerar, sin dañar la obra, dice la conservadora y detalla que entre 2012 y 2013 se desarrolló el plan de conservación preventiva más reciente, a través de un proyecto de investigación interdisciplinar, con muy diferentes perspectivas, en el que estuvieron implicadas muchas instituciones y profesionales.
El resultado fue el diseño de un sistema de visitas a partir de la capacidad de carga, es decir, de la definición de cuántas personas, durante cuánto tiempo, pueden acceder a la cueva sin poner en riesgo la conservación, sin alterar drásticamente los parámetros que permiten su estabilidad.
Se eligió el modo más democrático, dice la directora de Altamira, por sorteo: una selección aleatoria entre los visitantes al museo en un día y hora prefijados: los viernes al filo de las 10:40 de la mañana, y explica: “Cuando el público entra al museo, que abre a las 9:00 horas, se le ofrece la posibilidad de rellenar un boletín e introducirlo en una urna, a la hora determinada se extraen los nombres de cinco personas y en ese momento comienzan su visita”.
Fatás Monforte explica que es un sistema de visitas muy limitado y controlado que da acceso a 250 personas al año: solo entran a la cueva cinco personas por espacio de 37 minutos, de los cuales únicamente ocho minutos se permite estar en el área de los policromos, donde se encuentran los bisontes que todos tenemos en el imaginario pero que es el más frágil porque las figuras están en el techo.
INAH
