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El crucificado de la MAC

Luis Navarro Arteaga

Un habitante de la colonia Manuel Ávila Camacho de Poza Rica “conmovió a la opinión pública nacional” cuando se clavó las manos en un hotel de la Ciudad de México y después se trasladó a la basílica de Guadalupe donde se desmayó y fue auxiliado por cuerpos de emergencia de la capital de la república y así fue como “quedó al descubierto su sacrificio”.

La Opinión publicó esta noticia el 10 de abril de 1966 con la cabeza “Reprueba la iglesia el caso del crucificado JCM” y en ella se agrega que el hombre se “clavó las manos en tres ocasiones” debido a que hizo la promesa de atravesarse las manos a cambio de curarse de una enfermedad que parecía incurable.

La nota dice que el joven petrolera Jaime Castellanos viajó a la ciudad de México en compañía de su hermana menor, de apenas 12 años, María Isabel Rodríguez y de José Enrique Vargas. El grupo se hospedó en hotel Las Américas ubicado en la calle Magnolia 61 de  la colonia Guerrero de la capital, donde José le clavó ambas manos.

“Los clavos de un centímetro de diámetro por 12 de largo- construidos especialmente para tal fin- fueron introducidos en ambas manos a golpe de plancha, único objeto que encontraron en el hotel”. Después se trasladaron a la catedral “donde Jaime depositó uno de los clavos como había prometido en su manda. En ese lugar, se desvaneció un poco”.

Después salieron rumbo a la Villa de Guadalupe donde avanzó de rodillas en el atrio, hacia la puerta. Se sintió mal. Tenía la mano derecha atravesada por el clavo. El dolor pudo más que su fe y cayó. Este fue el motivo por el cual quedó al descubierto su sacrificio, pues fue llevado al departamento de traumatología de la Cruz Verde, donde le extrajeron el clavo”

La nota cuenta que aquella fue la tercera vez que se clavaba las manos, la primera fue en 1964 en Poza Rica, la segunda en Papantla, al año siguiente en 1965; la de la capital “fue la tercera y última ocasión pues la manda quedó cumplida”

Sobre la promesa, se cuenta que Jaime padecía una enfermedad que parecía incurable, la piel se le desprendía. Entonces prometió clavarse las manos tres viernes santos seguidos. Los sacerdotes en Poza Rica  se deslindaron del sacrificio del joven e inclusive su propia madre desaprobó el sacrificio.

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