Cuando finalizaba un siglo Anáhuaca, era necesario efectuar la “atadura de los años” (xiuhmolpilli), regenerar el tiempo y recrear el sol con el fin de evitar la oscuridad sin fin, el descenso sobre la tierra de los tzitzimimes devoradores de hombres y de destrucción del mundo.
El encendido del Fuego Nuevo debía suceder a media noche, en el momento en que las Pléyades alcanzaban el cenit por encima de México-al menos en el siglo XV. Primero se apagaban todos los fuegos, se tumbaban las rocas del hogar y las estatuas de los deidades, se destruía toda vajilla y se barría, pues todo debía ser renovado. Por las noches, sacerdotes que representaban a todas las deidades se dirigían en comitiva al Huixachtécatl, “ el de los árboles espinosos”(actual Cerro de la Estrella) situado al sur de México, cerca de Colhuacan, “lugar de los que tienen antepasados”.
En el preciso momento en que las Pléyades llagaban al cenit, en el santuario en la cima del cerro, un sacerdote encendía el Fuego Nuevo sobre el pecho de un prisionero de guerra noble, un Tlazopilli (“príncipe precioso”), que inmediatamente después era sacrificado. Se encendía un gran brasero y se “le alimentaba y vivificaba” arrojando a él el corazón, y luego el cuerpo de la víctima. Toda la población del valle iba a los altozanos para ver si se conseguía encender el fuego y para saber si el mundo continuaría existiendo. Cuando la llama centelleaba, todo el mundo se extraía sangre y la lanzaba en dirección del Huixachtécatl. Después, los sacerdotes venían a buscar el fuego en el brasero para llevarlo primero al templo de Huitzilopochtli en Tenochtitlan, después a los otros santuarios y desde allí a los palacios, los templos del barrio, las casas y las provincias.
Para los mexicas la constelación de las Pléyades se llamaba Tianquiztli, que significa el «lugar de reunión» y era considerado un signo importante de la continuidad de la vida: a medianoche, cada 52 años, aparecía directamente arriba de sus cabezas y les aseguraba a los antiguos Anáhuacas que el mundo no llegaría a su fin. Los mexicas realizaban una ceremonia religiosa especial llamada la Danza del Fuego Nuevo (o Ceremonia del Fuego Nuevo), una vez cada 52 años para asegurar el movimiento del cosmos y el renacimiento del sol. Este período de tiempo de 52 años también correspondía al calendario de 260 días (Tonalpohualli en Náhuatl o Tolkin en Maya) cuando se entrelazaba con el calendario civil de 365 días (Xiupohualli en Náhuatl o Haab en Maya). Cada 52 años solares Haab (73 años Tolkin) estos calendarios coincidían. A veces, a este, los mexicas lo llamaban el Calendario Redondo.
Según Tezozómoc, durante todo este tiempo en el Huixachtécatl se sacrificaban guerreros hasta que surgía el “Lucero del alba”. Mtolinía afirma que en México se mataban a cuatrocientos cautivos, cada uno se ponía vestidos nuevos y se renovaba todo. La salida del sol estaba asegurada.
Las razones por las cuales los autores modernos consideraron que la fiesta del Fuego Nuevo acontecía el 20 Panquetzaliztli se me hacen obscuras. Por el contrario todo aboga a favor de 1 Panquetzaliztli (21 Quecholli). Era éste el día de Mixcóatl- Venus engendro a Quetzalcóatl-sol y éste nació.
El Fuego Nuevo en 1 Panquetzalistli en 1507, no pudo serlo en el transcurso de la fiesta precedente, en el año 1455, y menos aún en 1403, o antes, ya que en 52 años las veintenas mesoamericanas se desfasaban trece días. Al principio no existía desde luego ninguna relación entre las fiesta del Fuego Nuevo y la culminación de las Pléyades, y , efectivamente, en el mito, en el año 1 Conejo las Pléyades no existen todavía y aparecen en 2 Conejo en el horizonte por lo que no podían encontrarse en el cenit a media noche.
TÚÚL
