Uno de esos sabios consejos que nos dejaron nuestros abuelos es el de ser humildes de mente y corazón. Ellos fueron los mediadores de muchas de nuestras peleas entre hermanos. Apagaron nuestras tensiones cuando nos enfadábamos con otros niños y, con voz paciente, nos animaron a calmar nuestro ego en esos años en que todo nos parecía injusto.
Su voz paciente y sus oportunas palabras transformaban siempre los enfados en carcajadas. Solo entonces descubríamos que nos enojábamos por nada, y que la ira se apagaba casi por arte de magia cuando focalizábamos la atención en otra cosa.
Nuestros abuelos nos enseñaron que las peleas no resuelven los conflictos. Que creerse más que alguien es ser menos que nadie.
Nos hicieron ver además que ninguna persona es mejor que nosotros y que las injusticias empiezan siempre cuando dejamos a un lado la humildad para permitir que nos embista el viento del egoísmo.
2. Heredarás la Tierra: cuídala
Fueron muchas las tardes en las que, llevados de la mano de nuestros abuelos, descubrimos por primera vez los ciclos de la Tierra.
Paseamos por caminos cubiertos por hojas en otoño y nos adentramos en esos bosques donde el rocío matinal arrancaba a los helechos miles de destellos durante el invierno. Comprendimos que entre la siembra y la cosecha se necesitan lluvias, abonos y paciencia. Que los árboles viven más que los hombres y que aún así, lejos de venerarlos como dioses los talamos.
Nuestros abuelos nos enseñaron a amar a los animales, a mirarlos sin alterar sus entornos y a comprender que este, es un mundo que no nos pertenece. La Tierra es solo un lugar de paso al que atender y respetar como un ser vivo.
3. Los libros son un refugio maravilloso
Nadie llega a amar la lectura por imposición ajena. A un libro se llega por curiosidad, por placer, por imitación. Un consejo valioso que nos transmitieron nuestros abuelos es el de divertirnos en un océano de letras. El de soñar con los ojos abiertos sumergidos en las páginas de un libro.
4. Después de llorar, el mundo brilla mucho más.
Puede que con nadie encontrarás mayor complicidad para ser tu mismo, que con tu abuelo. Mientras nuestros padres nos animaban a “ser mayores” y a sentar la cabeza cuanto antes, por nuestra parte anhelábamos un regazo donde desahogar miedos, ansiedades y frustraciones.
Los adultos nos hicieron creer durante mucho tiempo que llorar es cosa de niños débiles. Mientras nosotros, sintiéndonos aún muy niños, conteníamos la rabia y las lágrimas por temor a ser sancionados. A ser objeto de burlas.
5. Puedes conseguir lo que te propongas
A sus ojos, éramos merecedores de todo aquello que deseáramos. Lejos de malcriarnos, lo que consiguieron nuestros abuelos es conferirnos aliento, autoconfianza y valor. Nos pusieron magia en los bolsillos y un par de alas a la espalda para impulsarnos. Para darnos ese coraje enhebrado por un amor sincero que deja marca en el corazón e impronta en nuestras mentes.
