Xiuhtecuhtli, dios del fuego, era también conocido como Huehuetéotl, dios viejo y señor del año. Se le rendía culto desde las primeras civilizaciones americanas y junto con su contraparte femenina Xiutecihuatl se les consideraba padres de los dioses y de la humanidad.
En sus múltiples representaciones aparece tanto como una deidad joven y vigorosa, patrón de reyes y guerreros, como un anciano cargando un brasero, dueño del tiempo y abuelo de los hombres.
Todos los dioses venerados en la cultura aztecas se pueden clasificar en cinco grandes grupos, dioses mayores o principales, dioses de la fertilidad, dioses de la muerte y de la tierra, dioses planetarios y dioses del fuego. Xiuhtecuhtli pertenece a esta última categoría y en el calendario azteca representa el día 9 con el símbolo del agua.
Según la concepción azteca del mundo este se dividida en tres partes, el inframundo, el terrestre y el celeste. Xiuhtecuhtli desde el Mictlan atravesó la tierra hasta el nivel celeste como una columna de fuego que mantienen unidos los tres reinos y que si se extingue se producirá el fin del mundo.
Esa es la base del culto al dios del fuego que se celebra de manera periódica dos veces al año, hacia mediados del verano y hacia mediados del invierno, pero especialmente cada ciclo de 52 años coincidiendo con el fin de los dos calendarios, el solar de 365 días y el sagrado de 260.
Esta ceremonia, conocida como la ceremonia del fuego nuevo, consistía en apagar todos los fuegos en las últimas horas del año viejo. Entonces los sacerdotes vestidos como los dioses subían a la Colina de la Estrella y esperaban el momento de mayor peligro, cuando las pleyades estaban en su cenit. En ese momento ofrecían un sacrificio humano, arrancándole el corazón y encendiendo un fuego sobre su pecho para evitar la destrucción del mundo. Ese fuego era el que se utilizaba para volver a enceder el fuego del templo mayor y a continuación el de otros templos menores, ciudades y hogares de Tenochtitlan y sus alrededores para evitar que los dioses se apartaran dejándolos a su suerte.
