Fue un equipo efímero e irrepetible, como un misterioso fenómeno de la naturaleza, originario de una coyuntura que permitió reunir en el lugar idóneo (Barcelona) y en el momento preciso (Juegos Olímpicos de 1992) a la mayor concentración de estrellas del baloncesto, justo cuando la NBA comenzaba a comportarse como una franquicia de dimensión global y el movimiento olímpico rompía su trasnochado, clasista e hipócrita concepto del ideal amateur, liderado por un dirigente visionario como fue Juan Antonio Samaranch. Claro está que el suceso que pudo precipitar este fenómeno fue igualmente extraordinario: la caída del muro de Berlín y el desplome de la URSS. No había mejor emblema para evidenciar el cambio de hora que ese equipo de estrellas bautizado Dream Team, que debutó hace hoy 25 años aplastando a Angola por 68 puntos (116-48).

Recién terminada la final, el Dream Team se permitió su propia liturgia. Sobre la cancha, los jugadores se reunieron en círculo. Hablaron entre sí. Fue un acto privado. No hay constancia escrita de lo que se dijeron. Poco después, tomaron sus medallas de oro y escucharon con respeto el himno. Les esperaba el avión de vuelta esa misma noche. Habían empleado 45 días de sus vacaciones en darle una paliza al resto del mundo. No habrá otro Dream Team. Quédense con el original.

EXCELSIOR

Por ALF