Al llegar a Amiens me dirigí a la oficina de turismo, que se encuentra junto a la catedral y, después de obtener un mapa, me di una vuelta por los canales que no me impresionaron mucho. Como ya era hora de comer, entré a un restaurante que me agradó y pedí el plat du jour y un vaso de sidra, que es lo que se toma en Normandía.
Después caminé un poco hacia el Hotel de ville, que no es ninguna maravilla, y luego a la maison de Jules Verne, que no está junto a un canal, sino a un zanjón por donde pasa el tren. Ante el portón vi a unos jóvenes que esperaban la reapertura de la casa, que cierra entre las 12 y las 14 horas para que los empleados puedan comer. Después, llegó una familia y varias parejas.
Los realizadores se basaron en la descripción del submarino de 20 mil leguas de viaje submarino y las ilustraciones de Hetzel. Luego hay varias salas con arañas de cristal, muebles antiguos, alfombras gastadas, y sobre una cómoda unas 17 fotos, tres arriba, diez en segunda fila y cuatro abajo. En frente, el retrato más conocido del escritor. Después de estas salas, pasa uno a otra habitación donde se encuentra una escalera de caracol de fierro con peldaños de madera y alrededor libreros con ejemplares de los libros ilustrados por Hetzel, que fueron el equivalente de las películas de Spielberg y Walt Disney.
Entre estos libros, destaca la portada de Claudius Bombarnac en que aparece un vapor, pues se trata de un dibujo que se podría confundir con una fotografía. En la segunda planta, frente a la escalera hay una habitación que parece la cabina de un bote y otras habitaciones, donde vi las fotos de una reportera que entrevistó al escritor en 1895, así como un ejemplar del libro en que recogió su entrevista. Se llamaba Nelly Bly y, al día siguiente, vi en el aparador de una librería un ejemplar de su libro La vuelta al mundo en 72 días y lo compré. También vi en otra vitrina una foto de Edmundo de Amicis que visitó a Verne el 20 de octubre de 1895 y escribió una crónica. Por otra escalera disimulada por una puerta con el letrero «Sortie de sécours» (Salida de emergencia), se puede acceder al desván, donde colgaban las maquetas de madera de una embarcación que no logré identificar con hélices en la popa y la proa e innumerables rehiletes en la cubierta y una especie de dirigible del que colgaba una balsa. También vi ahí la reproducción de una foto del yate del escritor, en la bahía de Nápoles, y el cartel de la película basada en L’île mystérieuse, con Lionel Barrymore.
Bajé luego y caminé hacia la gare, donde vi que había un tren a Paris a las 15:36 y lo abordé, pero antes pasé a un Monoprix para comprarme una botella de té Lipton. Qué diría Verne sobre el atentado en Niza, me preguntaba, durante mi viaje de regreso a París. El escritor que en su tiempo encabezó toda una industria del entretenimiento y vislumbró un futuro luminoso, gracias a los progresos técnicos y científicos, no se imaginó que millones de musulmanes se establecerían en su país y menos que un fanático utilizaría un camión para agredir a una multitud que celebraba el inicio de la Revolución francesa ni las masacres del Bata clan y Charlie Hebdo.
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