Tzilacatzin fue un guerrero otomí de México-Tlatelolco, quién llegó a ser un héroe durante la toma de Tenochtitlan. Según las crónicas, cuando los bergantines españoles al mando de Pedro de Alvarado llegaron a Tlatelolco, ningún guerrero tlatelolca se atrevía a atacarlos. Salvo Tzilacatzin, quien era fornido, asesinó a varios españoles lanzándoles piedras. Transcurrieron algunos días, los españoles concentraron su fuego sobre él, pero Tzilacatzin se disfrazaba para no ser reconocido, y evadía todos sus ataques; al final los españoles tuvieron que retirarse, pues no conseguía vencer a los tlatelolcas, sobre todo a Tzilacatzin. «…vinieron los bergantines al barrio que se llamaba Xocotitlan, y como llegaron a tierra, saltaron en tierra por el barrio adelante peleando.
Y como vio aquel capitán indio, llamado Tzilacatzin, que entraban peleando, acudió a ellos con otra gente que le siguió, y peleando los echaron de aquel barrio y los hicieron volver a los bergantines.» Fray Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de la Nueva España, libro doceavo, capítulo XXXII Tiempo después, cuando los bergantines arribaron a Xocotitlan, fueron atacados por Tzilacatzin y su gente. Los españoles y sus aliados se vieron obligados a regresar a sus barcos y huir, pues no resistieron el ataque de los tlatelolcas.
Tzilacatzin, de musculatura fuerte y de pensamiento salvaje pero honorable en la guerra, destrozó con garrote y manos las armaduras y huesos de los soldados españoles que se atrevían a desafiarlo. De su garganta emergían gritos de guerra y palabras que juraban apartar de su camino a cuanto hombre blanco se le pusiera enfrente. Pensando en que su deber como guerrero era salvaguardar a su gente, logró repeler a los españoles y provocar su agotamiento. Pedro de Alvarado, impresionado por lo que acababa de ver de este gran guerrero, sintió muy en su interior un gran respeto, pero a la vez un agudo odio hacia este hombre que parecía indestructible.
Alvarado no se enfrentó de manera directa ante él, pero le bastó ver su coraje de lejos para saber que todos los días rezaría a Dios y su hijo Jesús para nunca tener que medirse ante aquel coloso.
Fue así que ordenó que uno de los navíos surcara el lago para ir en búsqueda de este hombre a Tlatelolco. No fue la primera vez que el feroz Tzilacatzin lograba un repliegue de las tropas españolas. Muy en su interior yacía el deseo de que la gloriosa Tenochtitlán y sus zonas aledañas se mantuvieran en pie libres del asedio español.
«Lucharemos como sea necesario para que estos hombres, que han derramado sangre sobre nuestro suelo, caigan derrotados. ¡Nuestros dioses y nuestros antepasados nos ayudarán en esta tarea!», gritó el guerrero en uno de tantos discursos que clamó antes de las sucesivas batallas contra los españoles. En los meses posteriores a la matanza del Templo Mayor, incluyendo aquel mítico enfrentamiento en los caminos hacia Tenochtitlán en que se logró la expulsión momentánea de los españoles en la madrugada del 30 de junio y el 1 de julio de 1521, el otomí se distinguió como uno de los grandes líderes mexicas. Era capaz de pelear contra tres españoles al mismo tiempo y asesinarlos de manera hábil y feroz. Su garrote no tenía misericordia: golpeaba los cráneos, los vientres y las extremidades de los enemigos pensando sólo en vencer y en preservar la gloria de los dioses y el pueblo mexica.
