La marcha del domingo 13 de noviembre no fue casualidad, opositores del presidente quisieron darle un regalo en su cumpleaños, tomaron la Ciudad de México y las calles de muchas otras ciudades, incluida Poza Rica, Tuxpan y la capital del estado, entre otras que son bastiones del partido en el poder.
En su análisis de esta semana, el politólogo Gabriel Guerra Castellanos habla sobre el repudio de los ciudadanos contra el presidente López Obrador, la participación fue nutrida, sobre todo en la Ciudad de México, donde se mide el músculo de las organizaciones políticas, sociales y de toda índole.
Para el analista, quienes salieron a protestar han logrado la mayor movilización en su contra desde su toma de posesión, y sin importar quien tenga la razón en el conteo de gente, los organizadores y promotores supieron aprovechar el descontento creciente de un cada vez más grande sector de la sociedad mexicana y su rechazo a las formas y al fondo del presidente.
Según Guerra Castellanos, el presidente ha tenido mucha culpa, ya que su propuesta está planteada en tiempos muy apresurados y desafortunados, en vísperas de dos de las elecciones más relevantes en 2023 y en la antesala de las presidenciales de 2024, por ello es evidente la intención que cuestionan sus opositores «mueve a la sospecha», indica el experto en comunicación política.
Con esta propuesta se despiertan los peores temores de aquellos que por años han creído el discurso de que López Obrador es un aspirante a dictador que busca perpetuarse en el poder, ya sea él o por interpósita persona.
Aunado a que el presidente dedicó una tras otra de sus conferencias mañaneras para denostar a organizadores y participantes en la marcha, lo que enardeció todavía más a los ya de por sí apasionados, y provocó simpatía en ese cada vez más pequeño sector de la sociedad que se ha logrado mantener al margen de las tomas de posición más extremas.
«Así, muchos que tal vez no hubieran asistido o que habrían sido mucho más ácidos en sus cuestionamientos o críticas a la marcha y algunos de sus convocantes optaron por no hacerle el caldo gordo a ese tono tan agresivo y despectivo hacia un movimiento que él, activista histórico pero además y sobre todo presidente de la República, debería respetar», expuso Guerra Castellanos.
Ante la pregunta, sí se habrá equivocado el presidente, a quien muchos consideran el político con mayor olfato e instinto de los últimos tiempos, Guerra responde: sí, ya que con su propuesta de reforma despertó temores latentes y dio oxígeno a uno de los argumentos más extremos de la oposición, el de la inminencia de una dictadura.
Considera que si bien esa leyenda urbana podría desestimarse con argumentos sólidos, el contenido y la temporalidad de la propuesta la alimentan, López Obrador le da armas a la oposición y propicia algo que la alianza no había logrado hasta ahora: un planteamiento propositivo que va más allá del simple rechazo visceral a todo lo que sea o suene a AMLO y 4T.
«El presidente le puso en bandeja de plata una bandera detrás de la cual se sumaron muchos que se consideraban neutrales o escépticos», tal vez por estrategia, o por soberbia y exceso de confianza.
Finaliza Guerra Castellanos que subestimar a López Obrador ha sido el error más frecuente y el más costoso de sus adversarios. Bien puede ser que el impacto de las marchas sea solo pasajero o que las evidentes contradicciones entre convocantes y participantes terminen por fracturar esta nueva e incipiente alianza, porque difícilmente se pueden conciliar tan dispares posiciones y personalidades mas que en defensa de un bien mayor, como es, en abstracto, la democracia.
Sea como fuere, los adversarios del presidente y su proyecto marcharon, mostraron orden, entusiasmo y músculo. Puede o no alcanzarles para montar un desafío político-electoral viable y creíble, pero por lo pronto se han anotado este punto.

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