Castillo De Teayo, Ver.- “En el Castillo de Teayo la gente estaba dormida. Parecía un pueblo muerto…. Aquí, frente a nuestros ojos, estaba el Castillo. Su forma era extraña en medio de esta soledad no turbada aun por ninguna señal de vida. Lo rodeaba la bruma que salía como vaho de la húmeda tierra y de los mojados muros aplanados por el musgo. Y en el musgo había rocío. Eso es lo que vimos”.

Así narra el afamado escritor mexicano Juan Rulfo su encuentro con el edificio prehispánico en el cuento corto “Castillo de Teayo”, en el que, además, describe la odisea para llegar desde Tihuatlán por caminos sinuosos y lodosos a este pueblo, del cual quedó maravillado por la imponente pirámide rodeada de esculturas antiguas.
OBRA CASI DESCONOCIDA
Sin embargo la obra literaria es casi desconocida inclusive para los habitantes de este pueblo, donde existe “mucho material por analizar y estudiar”, señala el doctor Jorge Morales García, un historiador nato que durante años ha documentado hechos relevantes sobre este lugar.

Sin ocultar su pasión por la historia local, Morales extrae de su colección una serie de recortes periodísticos, libros y fotografías antiguas, y los acumula en una pequeña mesa, ansioso por darlas a conocer a quien se interese en saber más sobre este pintoresco sitio.

“Juan Rulfo vino a Castillo de Teayo en el año de 1951, en un viaje para documentarse, además de poeta y escritor, como fotógrafo. Rulfo tomó e inmortalizó en un libro 7 fotografías de lo más significativo de Castillo de Teayo”, menciona el médico egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y que ha dedicado 38 años de su vida a dar consultar en esta villa.

OCHO CUARTILLAS Y SIETE FOTOGRAFÍAS

El galeno e historiador muestra las siete fotografías captadas por la lente del autor de “El llano en llamas” y “Pedro Páramo”, la primera de ellas una escultura totonaca (que ahora está en la zona arqueológica de El Tajín), una de la pirámide, otra de una piedra labrada a la orilla de un camino, la cuarta es de un relieve escultórico, la quinta muestra un escultura femenina y al fondo una casa con techo de zacate, la penúltima exhibe un acercamiento de la escultura anterior, y la séptima es otra figura tallada en piedra y recostada sobre la base del monumental edificio prehispánico.

Junto con un acompañante que no es identificado en el relato, Rulfo subió a lo más alto de la pirámide y ahí escuchó narraciones sobre la fundación del lugar. “Eso nos platicó aquel hombre. Y nosotros lo oímos sentados en la cima del Castillo de Teayo, bajo las campanas, pues esto es ahora el campanario del pueblo”, redactó el novelista, para luego describir que desde esa altura se dominaba todo el valle, mientras que al pie de la pirámide estaban los ídolos, “unos recostados, otros de pie, algunos tendidos sobre la tierra”.

El doctor Morales, quien llegó a esta villa el 14 de febrero para ofrecer su servicio social y se quedó para ejercer su profesión, agrega que en esta obra el jalisciense “inmortaliza al pueblo” en escasas ocho cuartillas y siete fotografías, con una “novela chica pero que es de un valor inmenso”.

PORFIRIO GUERRERO, EL GUÍA

Juan Rulfo fue recibido en este pequeño pueblo por algunas personas que le dieron antecedentes del lugar, y aunque no los identifica con sus nombres el doctor Jorge Morales refiere que uno de ellos fue don Porfirio Guerrero Cánovas.

“Juan Rulfo no dice el nombre de quién lo recibió, pero ya investigué y quien lo vio fue don Porfirio Guerrero Cánovas, que fue nuestro encargado original de cuidar la pirámide, él lo recibió y Juan Rulfo quedó muy impresionado con los relatos y todo le gustó tanto que precisamente lo publicó en su libro, y ahí está plasmado todo, de que efectivamente le gustó y se quedó impresionado, y ahí quedó para la historia de Castillo de Teayo”, enfatiza.

En su trabajo literario, Rulfo describe precisamente a don Porfirio Guerrero, al redactar que fue guiado por un “hombre alto, delgado, con la camisa abierta y la barba bulléndole por el viento”.

“Aquí vinieron a morir los dioses. Se destruyeron los estandartes en las antiguas guerras y los portaestandartes cayeron de bruces, rotas las narices y los ojos ciegos, enterrados en el lodo. La hierba creció sobre sus espaldas y hasta llegó a anidar la nauyaca en el hueco de sus encogidas piernas. Allí están ahora nuevamente, pero sin estandartes, nuevamente esclavos, nuevamente custodios, custodiando ahora la cruz de madera del cristianismo. Se les ve serios, los ojos apagados, las mandíbulas caídas, su boca abierta, desmedidamente clamorosa. Alguien les ha encalado el cuerpo, dándole la apariencia de muertos amortajado, sacados de sus sepulturas. El hombre es el que habla. Nosotros oímos. El hombre ese, alto de largas canillas, que parece estar lleno de furia”, detalla en su relato el escritor.

SIN PENA NI GLORIA

Pero a pesar de que se trata de una joya literaria, el escrito ha pasado casi inadvertido en este pueblo, que, dicho sea de paso, se ha mantenido en el virtual olvido, con muy escasa difusión de sus riquezas culturales ante el desinterés de los gobernantes que han desfilado por el ayuntamiento.

“Hay falta de interés de la misma población, del Instituto Nacional de Antropología e Historia y de las mismas autoridades que ha tenido el ayuntamiento, porque tampoco han hecho mucho por difundir a Castillo de Teayo. Hay mucho qué hacer para que en Castillo se tengan más visitantes, para que sea conocido su nombre y siga vigente. Definitivamente hace falta más promoción”, recalca el doctor, quien posee una vasta información sobre los orígenes de este lugar.

Morales García insiste que incluso en las escuelas se debería hablar de la visita y el escrito de Juan Rulfo sobre esta villa, ya que es el escritor mexicano más leído en el mundo.

PLACERES PERMITIDOS

Sobre la breve reseña de la expedición del escritor a este pueblo, el destacado columnista del periódico La Jornada, Evodio Escalante, condensa en su columna Placeres Permitidos lo excepcional del texto redactado en 1951 por Juan Rulfo y las siete fotografías captadas.

“El hallazgo absoluto, y lo digo también en el sentido literario, lo constituye el relato que se titula «Castillo de Teayo», éste sí totalmente surgido de su pluma. El texto podría ser muy bien la crónica periodística de un fotógrafo que anda buscando un pueblo perdido en la huasteca veracruzana una inclemente noche de lluvia… pero se convierte en una pieza literaria de primer orden, digna de figurar en la más rigurosa de las antologías. En manos de Rulfo el relato se convierte desde las primeras líneas en una incursión casi mágica en el tiempo, otro de la comunidad rural mexicana, una comunidad asediada todavía por los fantasmas del pasado prehispánico, que no se dejan aplacar”. (Artículo “Más Rulfo”, de la Jornada Semanal, domingo 15 de junio de 2003).

RULFO PARA RATO

“Se ha dicho hasta el cansancio que en el mundo literario rulfiano casi no aparecen los indígenas; el propio Rulfo quizás se defendería diciendo que en su región los españoles arrasaron con todo, y que no podría hablar de lo que no perdura ni como ceniza. El «Castillo de Teayo» es como la revancha. El Rulfo que trabajó durante años en el ahora desaparecido Instituto Nacional Indigenista le otorga toda su voz y toda su fuerza a la voz de la memoria indígena en este relato alucinante que no puedo describir sino sólo recomendar. Como quien dice: hay Rulfo para rato” concluye Escalante.

Por Hipólito Moreno Tapia

Por ALF