Sociedad, educación y cambio.
Enrique Fernández Ramírez
Decir que vivimos en un mundo globalizado ya es un lugar común. Lo que deberíamos analizar es qué tipo de mundo es en el que vivimos. Para ello se requiere hacer una minuciosa lectura de la realidad en todas sus dimensiones, y determinar cuáles son puntos críticos que están afectando a nuestra sociedad.
Uno de los problemas con mayor incidencia en la vida de todas las personas es la inseguridad. Nadie se siente tranquilo y seguro en ninguna parte y a ninguna hora. Vivimos en constante zozobra e incertidumbre por la falta de seguridad de nosotros y de nuestras familias. Todos vemos con desconfianza a las personas desconocidas, y seguramente ellas, en reciprocidad, también nos ven con desconfianza, faltaba más. Todos cuidamos nuestras espaldas, en espera de que alguien, no sabemos quien pueda asestarnos el golpe traicionero
Como consecuencia de este sálvese quien pueda, hemos abandonado prácticas humanitarias como la solidaridad, la colaboración, el asilo, la ayuda a los demás en situaciones de riesgo, y la confianza plena en los demás ha pasado a ser cosa del pasado.
Dudamos y tememos del otro que es nuestro semejante. Vemos en los demás intenciones aviesas que de un momento a otro pueden hacerse realidad. Sentimos que nos roban; tenemos la sensación de que nos vigilan, nos siguen, nos quieren hacer algo. La vida cotidiana se ha convertido en un permanente temor y un navegar entre tormentas de miedo e incertidumbres.
La realidad objetiva da cuenta de estos fundados temores que la población tiene sobre su seguridad. Las páginas de los periódicos, y ahora también las redes sociales, están inundadas de noticias sobre robos, agresiones, corrupción de funcionarios del gobierno, estafa maestra, asesinatos, desaparecidos, secuestros, feminicidios, crímenes de odio, marchas violentas y vandalismo.
En el ciberespacio, mediante las redes sociales, se cruzan impunemente las injurias, las calumnias, los insultos, la denostación del otro porque no es como yo, ni piensa como yo, luego entonces, es necesario destruirlo. A toda acción corresponde una reacción en sentido opuesto, pero a diferencia de la tercera Ley de Newton, con mayor fuerza y con más encono.
Pobre sociedad nuestra, está muy enferma y con el tejido social roto: nadie cree ni confía en el otro. Es una situación difícil y desagradable que no abona en nada al buen vivir y al bienestar emocional necesarios para una vida plena acorde a la dignidad humana.
Por otra parte, tenemos el problema de la economía, que en cierta forma tiene relación con el anterior de la inseguridad. En muchas ocasiones la falta de economía de una persona la induce a cometer ilícitos para conseguir satisfactores para su vida diaria.
La sociedad actual vive un vertiginoso ritmo de consumo y trabaja para el consumo. El neoliberalismo económico y el sistema de mercado global han tenido una gran influencia en la subjetividad de las personas, generando desmedidamente necesidades y aspiraciones de consumo en la población de todos los estratos socioeconómicos. Incluso, las personas que tienen un bajo poder adquisitivo han sido influidas por esta cultura del consumo, quienes hacen enormes esfuerzos por obtener productos superfluos, y en caso de no poder adquirirlos sobreviene en ellas el sentimiento de frustración social.
En esta espiral consumista se establece un círculo vicioso de trabajar mucho para comprar más, y la necesidad de comprar más exige que se trabaje demasiado. Sin embargo, los empleos no son suficientes para todos, y los que hay no son justamente bien remunerados. O en muchos casos, el bajo nivel de escolaridad impide que se acceda a empleos mejor pagados. Lo cual provoca que las personas no puedan obtener los productos y servicios que ofrece el mercado global.
Esta imposibilidad, por la vía legítima, de disfrutar de los placeres de la cultura consumista, induce a las personas a cometer ilícitos para satisfacer, a costa de lo que sea, el gusto de comprar bienes y servicios del gran mundo-consumo.
De igual forma, este sistema económico ha generado una gran desigualdad socioeconómica en la población mexicana. Una minoría de la población detenta la mayor parte de la riqueza nacional, en tanto que la mayoría de los mexicanos viven en la pobreza, por la falta de oportunidades de educación y empleo; y por el injusto sistema laboral de las empresas y entes empleadores, que buscan explotar al máximo la fuerza laboral de los trabajadores, para obtener la mayor ganancia. La masa trabajadora sufre en la actualidad un esclavismo disfrazado de empleo.
Ante este grave panorama, es pertinente analizar el vínculo que existe entre sociedad y educación. Resulta difícil determinar qué elemento influye a quién. ¿Tenemos esta sociedad en crisis como producto de una deficiente educación en las escuelas, o la mala educación del sistema educativo que tenemos se debe a la incapacidad e irresponsabilidad de la sociedad en crisis? La respuesta da para un debate interminable.
Sin embargo, lo que es evidente es la estrecha relación dialéctica entre sociedad y educación. Por una parte es inevitable la influencia que tiene la sociedad y el Estado en las características del sistema educativo, las formas y condiciones de trabajo, los valores y fines que se persiguen, la determinación de los planes de estudio, el perfil de los maestros, y el funcionamiento general de la educación.
Por su parte, la educación tiene influencia en los maestros y alumnos como agentes del proceso enseñanza aprendizaje; e influye también en las posibilidades que tiene la escuela como institución para incidir en la transformación de la sociedad mediante sus egresados, si son formados en el pensamiento crítico por sus maestros.
Así, cuando se habla de una sociedad en crisis ha de hablarse necesariamente también de crisis en la educación. Pues la sociedad mexicana es un todo sistémico e integrado, y resulta imposible que si la sociedad esta en crisis, el sistema educativo y la escuela no estén en las mismas condiciones.
Esta crisis en que vivimos es una manifestación de una sintomatología más compleja que pone de manifiesto la decadencia del modelo neoliberal. Es una crisis de civilización, aun más, es una crisis de cultura. Porque implica cambios en lo político, en lo económico, en las formas de organización, en el pensamiento y en los modelos de vida. La educación y los maestros tienen un papel muy importante que desempeñar en estos procesos de cambio. Más que un época de cambios, es un cambio de época.

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