Hacia una educación emancipadora
En el artículo de la semana pasada comenté que a casi tres años de este gobierno, el sistema educativo aún no tiene un modelo educativo que armonice con el paradigma de La Nueva Escuela Mexicana. Y que no se tiene claro que tipo de mexicano se quiere formar ni hacia donde queremos ir como país. No existe un horizonte de futuro hacia el cual los educadores deban encaminar sus esfuerzos para construir el proyecto de nación que la nueva realidad requiere. Sin embargo se pueden identificar algunos aspectos fundamentales que sirvan de hoja de ruta para el trabajo docente.
A pesar de que en el discurso oficial se sostiene que el neoliberalismo ya es cosa del pasado, en la educación aún sigue vigente, pues el sistema educativo continúa utilizando el Plan de estudios, los programas escolares y los libros de texto gratuitos de sexenios anteriores.
En los marcos referenciales de los integrantes del organigrama de la dependencias educativas y del magisterio, prevalecen categorías de corte neoliberal como: aprendizaje por competencias, calidad educativa, gestión con enfoque empresarial, evidencias, certificación, evaluación estandarizada, formación docente individualista y tecnocrática, formación de emprendedores. Todos estos conceptos, aunque no han sido internalizados en su justa dimensión por los docentes, permean en el lenguaje cotidiano y en las prácticas educativas del aula. La reforma educativa anterior, de la que se dijo que no iba a quedar ninguna coma, sigue viva.
La mayoría de los maestros enfocan sus esfuerzos en tratar de que sus alumnos se apropien de los contenidos señalados en el programa escolar y logren alcanzar los aprendizajes esperados establecidos en los mismos. Y esto está muy bien. Pero es necesario también que no pierdan de vista, y tengan muy presente, hacia dónde conducen a los niños con estos aprendizajes. Porque muchos profesores se quedan en el eficientismo, es decir, se conforman con que el alumno aparentemente aprende lo inmediato, lo cual le arrojará buenos resultados en una evaluación estandarizada que se aplique no mucho tiempo después. Y así van avanzando contenido tras contenido. Esto ocurre como práctica común en el sistema educativo actual.
En los procesos educativos no se debe de perder de vista el bosque por distraerse en los detalles de cada árbol. Los maestros deben tener muy bien definido el tipo de ser humano que están contribuyendo a formar con cada experiencia educativa que tienen con los niños en el aula. Estar conscientes de que cada actividad, actitud, relación, diálogo, gesto, aprendizaje, abona a la subjetividad del tipo de ser humano que se tiene como meta formar. No son solo clases, ejercicios, tareas o evidencias que cumplir. O lo que es peor, no sólo es tiempo de jornada que cubrir en la escuela.
Para reflexionar sobre lo anterior, es pertinente recordar la parábola de los tres constructores. Cuenta el relato que estaban tres trabajadores, cada uno pegando tabiques en una construcción. Un caminante pasó por ahí, y al ver que estaban trabajando, se acercó a preguntarles qué estaban construyendo. El primer trabajador le respondió que sólo estaba pegando ladrillos, uno tras otro, y que en eso consistía su tarea principal; no sabía para qué lo estaba haciendo. Al preguntarle al segundo trabajador, éste le respondió que estaba pegando ladrillos para construir un muro, pero desconocía para qué tipo de construcción lo estaba haciendo. Al no estar satisfecho por las respuestas recibidas, se acercó al tercer trabajador y le dijo: “Veo que está usted pegando ladrillos para construir un muro”. El trabajador le respondió “no, no sólo realizo eso; no es tan simple lo que hago. Mi trabajo tiene un fin mas importante: estoy construyendo una hermosa catedral”
Como vemos, el trabajo del tercer trabajador tenía un sentido más amplio, no se limitaba a ver lo inmediato. Tenía claro cuál era el fin último de lo que estaba haciendo. No así los dos primeros trabajadores, quienes trabajaban por trabajar, por inercia, por cumplir un horario y una tarea; pero no tenían un visión de futuro. Su actividad presente no tenía ningún sentido. Su trabajo era autómata y vacío de significado.
Veamos las analogías que esta parábola puede tener en las prácticas educativas. Hay maestros que son como los dos primeros trabajadores. Pueden ser maestros muy cumplidos y muy trabajadores, pero no tienen claro por qué hacen lo que hacen. Se limitan a cumplir con sus horarios, cubrir el programa, desarrollar diversas actividades que mantienen ocupados a sus alumnos, que éstos respondan bien en los exámenes y obtengan buenas calificaciones. Son características que poseen quienes podemos considerar buenos docentes. Sin embargo falta visión de largo plazo.
Para una mejor educación se requieren docentes semejantes al tercer trabajador. Maestros que atribuyan de sentido y significado las actividades y acciones que realizan día con día con los alumnos. Es importante depositar en el tiempo pedagógico, el diálogo educativo, la colaboración y la creatividad, la esperanza de estar contribuyendo a la formación de un nuevo mexicano.
En este punto, es fundamental determinar qué tipo de ser humano tenemos en mente formar. Al no haber una definición progresista del perfil de egreso que plantea el Plan de estudios, ni suficientes discusiones, reflexiones, ni formación teleológica del profesorado, queda a la deriva y a la conceptualización que cada docente ha construido, de acuerdo a su propia experiencia, el ser humano que se pretende formar con la educación.
En los hechos sigue habiendo, como desde hace mucho tiempo, un vacío pedagógico, epistemológico y filosófico que oriente el quehacer docente de los maestros hacia la construcción de un ciudadano emancipado.
Con las practicas educativas que el sistema educativo propicia, tolera y favorece, se siguen formando legiones de capital humano y consumidores compulsivos. Seres humanos que son subsumidos en el aparato productivo empresarial como mano de obra explotada. Un mercado de consumistas que no ven de ninguna manera satisfechos sus egos globalizados. Un ejército de pequeños emprendedores que pasan a formar parte del empleo y comercio informal, sin ninguna garantía ni estabilidad laboral.
Es un lugar común considerar que la educación es el medio por excelencia para ascender en la escala social y tener acceso a un mejor nivel de vida. Al analizar los datos de la pobreza en México y los niveles de escolaridad de los mexicanos, nos damos cuenta de que es muy poco lo que la educación ha podido hacer por disminuir las brechas de desigualdad socioeconómica en la población.
Son resultados de décadas de educación neoliberal que aún persiste. Es tiempo de iniciar una descolonización educativa. Desarrollar en los educandos una conciencia y pensamiento críticos. Formar docentes para que ejerzan una educación emancipadora. Paulo Freire, más que nunca.

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