El brasileño, que sigue sin pronunciar una palabra sobre su futuro, negocia con el PSG porque desea liderar un proyecto y no estar bajo la sombra de Messi.
Cuando Johan Cruyff entrenaba al Barcelona las reglas decían que solo se podía alinear a tres extranjeros en el equipo, por lo que Laudrup, Koeman, Stoichkov o Romario debían ir al banquillo en cada encuentro. Entre ellos no había pique alguno. Hoy en día aún mantienen el contacto y la amistad como se vio, sin ir más lejos, en la celebración del 25 aniversario de la primera Copa de Europa azulgrana.
Hace cuatro años, cuando el Barça fichó a Neymar, Cruyff retomó la palabra. “Dos gallos en un gallinero no encajarán”, soltó a modo de profecía. Y erró porque el brasileño y el argentino hicieron grandes migas, amigos dentro y fuera del campo.
“Algunos decían que no nos llevaríamos bien, pero se equivocaban”, reflexionó el 11 antes de acabar la primera temporada. En el curso pasado, amplió la declaración con una fotografía en las redes sociales junto a Leo en la que añadía un breve texto: “La gente decía que no nos llevaríamos bien.
El resto es historia”. Pero ahora parecen cobrar color y fuerza las palabras de Cruyff porque resulta que Neymar ya no quiere jugar en el mismo equipo de Messi, sino que quiere ser el líder del PSG como con Brasil.
A pesar de todo, el Barça aún es optimista. “Todavía creemos que se quedará”, explican fuentes oficiales de la entidad azulgrana; “y lucharemos hasta el final para lograrlo porque no hay en el mercado otro como él”. Pero, por si las moscas, mantienen las negociaciones abiertas por Coutinho (Liverpool), que podría ocupar su sitio en caso de finalmente decida jugar en el PSG de Neymar.
Quiere tener un equipo que juegue para él, que le haga brillar lo suficiente para poder estar en disputa por el Balón de Oro —algo poco probable con Messi en el equipo como vieron Xavi e Iniesta—, y quiere llevar el 10.
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