Apenas llevamos recorrida la cuarta parte del año y tal parece que cada mes es peor que el anterior para la humanidad pues cada nueva situación que acontece nos lleva a creer que el fin de nuestra existencia como seres pensantes se encuentra más cerca.

Sucesos como los que se han visto a lo largo del año pudieron experimentarse en otras épocas y el significado que se les asignaba era el de presagios que anunciaban el fin del mundo conocido.

Muchas veces estos acontecimientos no dejan de ser sucesos al azar que nos sugestionan, pero en otras ocasiones, tal parece que de verdad preparan el terreno para el comienzo de un nuevo mundo o al menos así sucedió en Tenochtitlan hace poco más de 500 años.

Se trata de los llamados presagios funestos que son 8 y de los cuales hemos visto repetirse algunos en éstos tiempos y nos hace considerar las coincidencias como algo más.

Uno de los sucesos que nos sorprendió este año en México, fue cuando un bólido cruzó el cielo y pudo ser visto en varios puntos del país sorprendiendo a muchas personas y que parecía anunciar que algo estaba por suceder.

Bien, pues algo similar sucedió 10 años antes de la llegada de los españoles y así nos lo narra Bernardino de Sahagún:

«Diez años antes de venir los españoles primeramente se mostró un funesto presagio en el cielo. Una como espiga de fuego, una como llama de fuego, una como aurora: se mostraba como si estuviese goteando, como si estuviera punzando en el cielo.

Ancha de asiento, angosta d vértice, Bien al medio del cielo bien al centro del cielo llegaba, bien al cielo estaba alcanzando.

Y de este modo se veía, allá en el oriente se mostraba: de este modo llegaba a la medianoche. Se manifestaba: estaba aún en el amanecer; hasta entonces la hacía desaparecer el sol».

De igual forma, nos sorprendió un incendio en el cerro de la estrella en Iztapalapa en la ciudad de México, lo que vino solamente a remover aún más nuestras emociones, y así mismo sucedió hace cinco siglos pero en el templo de Huitzilopochtli en el corazón de Tenochtitlan:

«Por su propia cuenta se abrasó en llamas, se prendió en fuego: nadie tal vez le puso fuego, sino por su espontánea acción ardió la casa de Huitzilopochtli. Se llamaba su sitio divino, el sitio denominado «Tlacateccan» (casa de mando).

Se mostró; ya arden las columnas. De adentro salen acá las llamas de fuego, las lenguas de fuego, las llamaradas de fuego.

Rápidamente en extremo acabó el fuego todo el maderamen  de la casa. Al momento hubo vocerío estruendoso; dicen: «¡Mexicanos, venid de prisa: se apagará! ¡Traed vuestros cántaros!…

Pero cuando  le echaban agua, cuando intentaban apagarla, sólo se enardecía flameando más. No pudo apagarse: del todo ardió.»

Tienes que saber que por cierto, el Cerro de la Estrella era el sitio exacto en el que se celebraba el Fuego Nuevo, aquella ceremonia de renovación entre los pueblos prehispánicos que se llevaba a cabo cada 52 años.

Por si lo anterior no fuera poco, de pronto la luna tomó la forma de un ojo, como si estuviésemos siendo observados desde el cielo, algo que para algunos paranoicos tomaron como la mirada vigilante de alguna deidad.

Al estar en México y ser una tierra con sus propios mitos, cosmovisión y deidades ancestrales, tendríamos que buscar en la historia, cual es la deidad que podría observarnos desde el cielo, que en este caso sería Tezcatlipoca, señor del cielo y de la tierra que Sahagún describió así:

“…Era tenido por verdadero dios, e invisible, el cual andaba en todo lugar, en el cielo, en la tierra y en el inframundo; y tenían que cuando andaba en la tierra movía guerras, enemistades y discordias, de donde resultaban muchas fatigas y desasosiegos.

Decían que él mismo incitaba a unos contra otros para que tuviesen guerras y por esto le llamaban Necoc Yáotl, que quiere decir sembrador de discordias de ambas partes; y decían él sólo ser el que entendía en el regimiento del mundo, y que él solo daba las prosperidades y riquezas, y que él solo las quitaba cuando se le antojaba; daba riquezas, prosperidades y fama, y fortaleza y señoríos, y dignidades y honras, y las quitaba cuando se le antojaba, por eso le temían y reverenciaban, porque tenían que en su mano estaba el levantar y abatir, de la honra que se le hacía.”

Pero ahí no terminan los augurios pues una vez que los españoles llegaron hace 500 años, comenzó a expandirse en el Anáhuac una extraña enfermedad que los nahuas llamaron Hueyzáhuatl, que no es otra sino la Viruela y que llegó con un esclavo africano a Tenochtitlan, donde la enfermedad comenzó a propagarse diezmando a la población nativa.

Años después, otra nueva enfermedad apareció y con ella la población disminuiría aún más. La enfermedad fue llamada Huey-Cocoliztli y actualmente se cree que se trataba de salmonela.

Tal fue el impacto de ambas enfermedades que para el año 1600 es decir, 80 años después de la llegada de Cortés, la población se había reducido en un 90% tal como lo señaló alguna vez el autor David Noble Cook en su obra “Born to die, disease and new world conquest”:

“La llegada del europeo, aparte de las brutalidades que pudiera cometer más tarde, parece haber tenido únicamente un pequeño papel en la epopeya de un desastre de proporciones cósmicas. […] El número total de personas afectadas nunca podrá calcularse con fiabilidad, pero no es exagerado sugerir que, entre los pueblos indígenas del Nuevo Mundo, más de un noventa por ciento de las muertes fueron causadas por enfermedades contagiosas más que por crueldad”.

Hoy el COVID-19 nos recuerda aquellas enfermedades llegadas del otro lado del mar y aunque su mortalidad no es tan elevada como aquella, nos mantienen con el temor de convertirse en algo más grave.

Bien, las coincidencias muchas veces son extrañas y dejando de lado el fanatismo, no está de más conocer la historia, para saber como actuó la sociedad hace siglos y si nosotros estamos enfrentando nuestra realidad de una forma más organizada.

TÚÚL

Por ALF