El 3-1 del México vs. Corea en 1998
Por: Luis Navarro Arteaga
Una vaca moribunda en un rancho de Tihuatlán era el indicio de que los estragos de la prolongada sequía de 1998, en los límites del Totonacapan y la Huasteca Veracruzana, serían más severos de lo que se había calculado. El sol vomitaba su rabia sobre el suelo agrietado. En la región escaseaba el maíz y se preparaba una importación del grano desde Texas.
Aquel 13 de junio, dos jóvenes reporteros, a las 9 de la mañana y frente al animal agonizante, dudaban si esperaban a que el bovino muriera o si se iban al único billar tihuateco a escribir la crónica y tomar gráficas de las reacciones de los aficionados que se reunieron para ver el partido entre México y Corea. Era la primera jornada del grupo E de la Copa del Mundo de Francia 1998.
Ese titubeo los retrasó. Acordaron que, debido a que el animal moriría irremediablemente, era mejor irse a ver el encuentro deportivo, al que llegaron cuando ya Corea, en Lyon, ganaba con gol de Ha Seok-ju a los 28 minutos de juego.
Lo que menos había en el establecimiento era sequía: las botellas de cerveza se vaciaban casi tan rápido como llegaban a las mesas. Ni siquiera había llegado el mediodía.
El propietario del billar estaba impactado. Cuando uno de los periodistas preguntó el marcador alcanzó a mostrar el dedo índice y decir: “En contra”, mientras respiraba con dificultad. El resto de los parroquianos bebían y sudaban; los más viejos, sobrevivientes de 1974 y 1978, disfrutaban el ambarino líquido con tranquilidad; los más jóvenes, recién salidos de la adolescencia, con solo el Mundial de 1994 en sus recuerdos, no despegaban los ojos de la pantalla de televisión, tal vez esperanzados de que se repitiera el resultado contra Irlanda cuatro años antes.
México insistió y empató con un gol de Peláez. Todos gritaron, hasta un funcionario municipal de alto nivel que estaba presente y que, aunque quería guardar la compostura que su jerarquía política le asignaba, no podía dejar de alegrarse por la anotación nacional.
Uno de los reporteros fue al sanitario en el momento menos indicado, porque se perdió la anotación de la ventaja. Se dio cuenta de su error cuando el grito de gol inundó no solo el billar, sino la villa completa. No fue el único que se equivocó, el narrador Enrique Bermúdez también lo hizo, atribuyó el gol a Peláez.
El obrero de la palabra entre la algarabía escuchó que alguien dijo: “Ese es mi paisano, bueno, casi”, entonces supo que Luis Hernández Carreón había sido el autor de la alegría. Luego otra voz dijo: “Gracias, Poza Rica”, en alusión al lugar de nacimiento del anotador.
En ese momento casi nadie lo imaginaba, ni los que lo habíamos visto jugar en el Jara Corona con aquella selección juvenil que destrozaba a sus rivales; pero ese jugador, al que nosotros le llamábamos El Perro, había empezado su camino hacia la inmortalidad.
La fiesta en el billar era total. La gente se abrazaba y se pedían más rondas de cerveza.
Luego vino el segundo del futbolista al que nosotros siempre llamamos El Perro, pero que fue rebautizado como El Matador, por otro Perro, pero Bermúdez, quizá para que no le disputara el cánido apodo, porque intuía que aquel pozarricense sería una auténtica leyenda de nuestro futbol, al ser el máximo anotador en una sola edición mundialista, marca que, como vamos, parece imposible de superar.
Aquello ya era una alegría incontrolable, había abrazos y esas sonrisas que causan satisfacción porque las genera la esperanza; acabó el partido y del júbilo se pasó a la locura, después a la amnesia.
A nadie le importó que “El Perro” Bermúdez atribuyera a Peláez el primer gol de Luis; que esa fuera apenas la octava victoria de México en Copas del Mundo. Se olvidó la prudencia y se siguió bebiendo hasta el atardecer; se olvidó lo lejos que estaba Lyon y lo cerca que estaba el desastre.
Todos ignoraron que allá afuera se morían las vacas debido a la rabia con que el sol agrietaba la tierra.
