Según los antiguos habitantes de Papantla, Teniztli, tercer señor de El Tajín, tuvo con una de sus mujeres a una hija de excepcional hermosura: La princesa Tzacopontziza (Lucero del alba). Una niña tan bella que el padre, al mismo tiempo que se enorgullecía de ella, vivía preocupado. ¿Que hombre, pensaba, será digno de tener semejante tesoro? Ninguno concluyó. No hay hombre en la tierra que tenga los atributos que se necesitarían para disfrutar de semejante belleza. Dicho lo cual, ordenó Teniztli, que su hija fuera llevada a una de las montañas cercanas, donde se levantaba el templo dedicado a la diosa Tonacayohua, y se quedara en el grupo de doncellas consagradas a su culto.

Tzacopontziza se encaminó al templo de la diosa madre, protectora de la siembra y la cosecha. Durante algún tiempo aceptó su destino, quizás con alegría y devoción, quizás solo con resignación. Hasta que un día, de la nada, apareció en las cercanías del templo un joven. Era Xcatan-oxga (El joven venado) quien en uno de sus paseos había visto de lejos a Tzacopontziza y como era previsible, había quedado prendado de ella.

Xcatan-oxga se acercó a la hija de Teniztli, habló con ella y sin más se la llevó consigo. Aunque no tenían la menor idea hacia donde se dirigían, lo primero era alejarse del templo. Sin embargo solo habían caminado una pequeña distancia cuando de pronto un monstruo les cerró el paso, arrojándoles oleajes de fuego. No había modo de escapar. Intentaron seguir un nuevo camino, pero entonces se toparon con los sacerdotes de Tonacayohua. Sacrilegio, dijeron. Sin pedir explicaciones tomaron a la pareja, les cortaron las cabezas, les extrajeron sus corazones y luego arrojaron sus cuerpos al fondo de un barranco.

En el barranco, la vegetación comenzó a mostrar cambios inexplicables. Primero todas las plantas y las hierbas se secaron. Después comenzó a brotar un arbusto que de manera prodigiosa, en unos cuantos días se elevó varios palmos del suelo y se cubrió de espeso follaje. Cuando el árbol alcanzó su crecimiento total, comenzó a nacer junto a su tallo una orquídea trepadora, que también con asombrosa rapidez, echó sus guías de esmeraldas sobre el tronco del arbusto, dando la impresión de ser los brazos de una mujer que con delicadeza lo abrazaba, parecía protegida por la sombra del árbol, al igual que una novia reposando en el pecho de su amado, continuó su crecimiento llenándose de hermosas flores e inefables aromas.

Estos brotes prodigiosos llamó la atención del pueblo, que junto con los sacerdotes concluyeron que la sangre de los jóvenes había sido transformado en el arbusto y la orquídea, asombrándose todavía más cuando las flores amarillas que habían nacido en ese lugar se convirtieron en delgadas y largas vainas, que al madurarse despedían un hermoso y penetrante aroma, como si el alma inocente de «Lucero del alba» esenciara en él las más exquisitas fragancias.

La orquídea fue objeto de reverencioso culto, se le declaró planta sagrada y se le elevó como ofrenda divina hasta los adoratorios totonacos.
Así, de la sangre de una princesa, nació la vainilla que en totonaco es llamado «xanath» (flor recóndita).

Por ALF