Si bien su figura y algunos atributos variaron con el paso del tiempo, el dios viejo, señor del fuego y del año, Huehuetéotl-Xiuhtecuhtli, estuvo siempre presente en el Centro de México desde tiempos muy remotos hasta el Posclásico. Bien sabemos cómo, en el transcurso del tiempo, algunos dioses mesoamericanos fueron transformándose hasta adquirir atributos diferentes de los que tuvieron en sus orígenes.

Ejemplo de esto lo tenemos en la Serpiente Emplumada, que según sugieren algunos investigadores (Taube, 2002) en Teotihuacan se le representó con esas características que simbolizaban las aguas pluviales (el ave) y las aguas que corren por la superficie terrestre (la serpiente). Posteriormente, en Tula, tenemos al gobernante y sacerdote Ce Ácatl Topiltzin, que asume el nombre de Quetzalcóatl, en el que se encuentran presentes los dos aspectos antes señalados.

El personaje adquiere la calidad de dios al inmolarse por medio del fuego y convertirse en lucero del alba. Entre los aztecas se le conoce con el nombre más común de Ehécatl-Quetzalcóatl, asociado al viento, y su figura ha sufrido una transformación: aparece ahora con un pico posiblemente de ave y se le adora en un templo de planta semicircular.

En el caso que aquí tratamos veremos cómo Huehuetéotl-Xiuhtecuhtli, dios viejo y del fuego, señor del año, surge en el Preclásico y su presencia es importante dentro del panteón del Centro de México, si bien tanto su figura como alguno de sus atributos varían con el paso del tiempo.

Por ALF