CASTILLO DE TEAYO, Ver.- Con una ofrenda a la Madre Tierra, indígenas otomíes de la comunidad Américas Chicas se preparan para las siembras, pero también para dar rienda suelta a cuatro días de baile desenfrenado al compás de la música que de manera incesante toca una banda de viento. Es la tradicional fiesta de carnaval.

La festividad es una mezcla de lo místico y lo pagano, apunta el profesor Alejandro Mendoza Marino, perteneciente a la misma etnia, tras agregar que se hacen grandes esfuerzos para que no se pierda la esencia de lo que para ellos es una genuina expresión de lo que hacían sus antepasados, para pedirle benevolencia a la naturaleza.

El carnaval de Américas Chicas, cuya población es 90% otomí, es un espectáculo que se escenifica cada año con coloridos disfraces y máscaras de madera talladas de manera artesanal. Durante cuatro días la gente no cesa de bailar e ingerir grandes cantidades de bebidas embriagantes, pero el docente insiste que lo medular es el tributo a la Madre Tierra.

Por estas fechas los preparativos están en marcha, para que en las primeras horas de la noche del segundo viernes de febrero próximo, precisamente el día 9, se entregue una ofrenda con alimentos diversos al Dios de la Tierra, añade Mendoza Marino, quien es secretario del comité que organiza el tradicional carnaval.

“Aquí llevamos 6 años cumplidos con esta festividad, vamos por el séptimo. Estamos al rescate de creencias y costumbres, somos una nueva generación que se preocupa por eso. El origen del carnaval es prehispánico. En la conquista ya existían las festividades a la muerte y todo esto se ha ido adaptando a las creencias actuales, es una mezcla entre lo pagano y lo místico, pero lo que tratamos es conservar las costumbres y tradiciones”, insistió el maestro.

Aclaró que, contrario a la percepción común, pues en algunos lugares se ha distorsionado el ritual y la ofrenda se coloca ante una figura o máscara de madera de El Diablo, en esta comunidad no se trata ni por asomo de una ceremonia satánica.

“Con la ofrenda nunca estamos pidiéndole nada al malo, si por ahí anda el malo, queremos que sea de alguna forma distraída y que se regrese de donde viene feliz y contento y sin que a nosotros nos haga nada. La iglesia no ve mal nuestro ritual, siempre y cuando se lleve a cabo antes del Miércoles de Ceniza, por eso la ofrenda se hace el viernes, para dar paso a cuatro días de carnaval, que comienza el 10 de febrero y concluye el martes 13, porque el día 14 ya es Miércoles de Ceniza y da inicio la Cuaresma. Nosotros respetamos eso, aunque en otras comunidades hacen sus carnavales en fechas posteriores”, añadió.

La ofrenda consiste en colocar pan, comida sin sal, frutas y bebidas en un rústico altar a ras de suelo, donde previamente se ponen velas, flores y se impregna con humo de copal. “Se omite el uso de la sal porque se supone que son cosas impuras”, aclara Alejandro Mendoza.

El encargado del ritual es don Hilario Vázquez Negrete, un hombre de 66 años de edad, originario de la comunidad San Lorenzo Achiotepec, ubicada en el municipio de Huehuetla, estado de Hidalgo, quien llegó a Américas Grandes hace 48 años. Su lengua materna es el otomí, así que su español a veces no es muy comprensible.

Don Hilario explica que al centro del altar se coloca una máscara de madera, usualmente de color negro, misma que representa el árbol de la vida, el cual dio sus frutos a los padres Adán y Eva antes de ser expulsados del paraíso terrenal.

Por ello, y a su modo, señala que la máscara tiene el mismo poder de un árbol que da frutos y, por ende, para ellos también simboliza a la Santa Madre Tierra.

“La ofrenda es para que se den bien las cosechas, pedir por la salud y la paz, para que haya tiempo para venir a visitar al hijo. Con la ofrenda también se pide lo bueno para un vecino, para un hermano, para un paisano. A veces la gente no respeta, habla y dice que solamente es un palo (la máscara), pero no, es el árbol, al que se le pide con fe, para darle de comer al hijo, (el árbol) nos dio su fruta y la tierra todo lo que comemos”, expresa.

El virtual caporal del ritual añadió que “siempre se siembra algo” y como campesinos han comprobado que “los resultados nunca fallan”, pero recalcó que también se puede “sembrar amistad y dar. Lo que siembra todo se da y para eso es la ofrenda”, precisa.

El anciano se conduce muy solemne en la entrevista, pero suelta la carcajada cuando se le pregunta si le gusta tomar aguardiente. “Yo lo único que no tomo son consejos”, bromea.

Don Hilario señala que fue su abuelo quien le heredó el gusto por el carnaval y, aunque él ya no baila, agrega que lo original es danzar con máscaras de madera. “Con la máscara de los árboles, si traes buena vista verás la cara de los árboles, pero si no traes buena vista no lo podrás ver”.

Por último y luego de invitar al carnaval del pueblo a todos los que quieran acudir, insiste que las ofrendas son para el bien. “Hay que darle a la tierra porque también tiene hambre. Todo el que crea haga su ofrenda. Pedimos cosecha, buen tiempo, lo que comemos aquí, ofrenda a la Madre Tierra, por todo lo que nos da, siempre pedimos, pero ahora le ofrecemos”, concluye.

Y para elaborar las máscaras, uno de los artesanos más experimentados es Marcos Tolentino Tolentino, también de la etnia otomí, pero radicado en la colonia La Florida, de la cabecera municipal de Castillo de Teayo. Marcos obsequiará tres máscaras para premiar a los mejores disfraces y de mayor gracia al bailar en el tradicional carnaval de Américas Chicas.

Tolentino, de 46 años, recuerda que lleva casi 26 años haciendo máscaras, por lo que estima que hasta ahora ha elaborado alrededor de 400 piezas, casi todas comercializadas con habitantes de comunidades cercanas, que también organizan sus carnavales.

A pesar de utilizar herramientas de las más rudimentarias, el artesano asegura no se le ha hecho difícil elaborar alguna figura solicitada, desde el diablo, la muerte, vaqueros, damas, payasos y otras.

Recuerda que cuando era joven e iba a los carnavales de la región se le dificultaba o le parecía caro rentar una máscara, por lo que desde entonces se propuso fabricarlas él mismo. Ahora señala que se siente orgulloso porque sus pequeñas obras son utilizadas no solamente en las fiestas de carnaval, sino en los festejos del Xantolo y otros que son organizados en planteles escolares.

Por Hipólito Moreno Tapia

Por ALF