martes, julio 16, 2024
spot_img

USB

La primera vez que percibí un salario tenía unos 16 años; “Ayudante de topógrafo” fue mi puesto, y aunque mi “contratación” fue inesperada, informal, inocua e invertebrada, resultó una experiencia por demás satisfactoria.

Me encontraba pasando unos días con mi papá, en un campamento de Pemex cerca de Entabladero Veracruz. No era el plan que trabajara, tampoco fui castigado (como cuando reprobé química en tercero de secundaria); se trataba de convivir con mi papá en “su hábitat laboral”.

No recuerdo exactamente cómo sucedió, pero como en muchas ocasiones en mi vida, sucedió que se requería a alguien para un trabajo específico y yo “nomás pasaba por ahí”. Como aquel José de Arimatea, que “nomás pasaba por ahí” y le tocó el privilegio y bendición de ayudar al salvador del mundo a llevar su cruz (toooda proporción guardada), más o menos así.

Mi papá se enteró de aquella oportunidad y me dió luz verde para aprovecharla. Me sentía todo un petrolero enfundado en una camisola color caqui, mi pantalón de mezclilla y unas botas con casquillo y toda la cosa que mi papá me consiguió no supe cómo.

Y así me hice parte de aquella cuadrilla de cuatro: Topógrafo, Chofer y dos ayudantes.

El otro ayudante, también adolescente (incluso unos dos años más joven que yo), tenía por sobrenombre el Diablo, y sí, era tremendamente inquieto y juguetón, pero con una gran disposición para el trabajo.

El diablo y yo éramos encargados de trasladar los estadales y colocarlos escrupulosamente en puntos específicos previamente marcados a lo largo de una brecha.

Por esos días me di la asoleada de mi vida; sin bloqueador solar, ya que aún no circulaba suficiente información acerca del estado de la capa de ozono y los inconvenientes de la exposición excesiva a los rayos UV.

Horas y horas de sol en aquel verano caluroso, cargando el estadal (que no pesaba tanto al principio de la jornada como al final de ella) representaban un esfuerzo un tanto agotador.

Pero tenía una gran motivación al pensar que luego de esos días de trabajo vendría la recompensa de un salario que, aunque muy modesto, me permitiría comprarme los tenis que me gustaban y algo de ropa.

Sin embargo mis cuentas alegres fueron atemperadas por una inesperada solicitud que me hizo mi padre:

—Haz lo que quieras con ese dinero, pero te voy a pedir una cosa—, me dijo.

—Quiero que le compres algo a tu mamá.

Las órdenes del jefe no se discutían, se obedecían. Así que de inmediato asentí con la cabeza y pronuncié la respuesta que en forma inequívoca aplicaba: “Sí papá”.

No obstante, en mi interior fue un poco más difícil admitirlo. Las cuentas ya no fueron tan alegres, pensando en lo que le podía comprar a mi mamá y el efecto que esto tendría en aquel mini salario.

Había un poco de desilusión a causa del afán de comprarme lo que de antemano había planeado; tan mezquina era mi forma de ver el asunto que hasta lo juzgué injusto.

No obstante la lluvia de ideas contrarias a la instrucción de mi papá, al recibir el pago por mi primer trabajo, fui obediente y le compré a mi mamá un leotardo, una prenda de vestir comúnmente conocida como “payasito”.

De color azul marino con una franja lateral color blanco y otra roja más delgada dentro de ella.

No puedo olvidar el rostro de mi madre al momento que entregué en sus manos el obsequio. Su sonrisa enmarcada por sus ruborizadas mejillas, sus ojos entrecerrados y humedecidos mientras ponía el leotardo en su regazo extendiéndolo a los lados como probando si le quedaría bien; y sí, le quedaba perfecto a sus casi treinta y nueve.

Contemplando aquella escena descubrí el poder de los actos de servicio; aunque no era la primera vez que había visto aquel rostro maternal resplandecer: lo hizo al presentarme a mi hermanita menor entre sus brazos, lo hacía cada vez que mi hermano tenía un detalle como regalarle una flor que había cortado por ahí.

Esta vez era distinto, yo había provocado dicho resplandor; y no era por la prenda,  menos por el costo de ella, era simplemente el valor que mi mamá le dió a aquella acción. Varias veces la escuché presumir su leotardo diciendo algo como:

“Me lo regaló mi hijo; lo compró con su primer salario”.

Entendí entonces que mi padre me había dirigido bien; me ayudó a ver las cosas de una forma diferente.

Ese fue el primer paso para que un tipo como yo, egoísta y centrado en sus propias necesidades, comenzara a descubrir el verdadero sentido de la frase: “es mejor dar que recibir”.

Después de todo, aquello no sonaba tan ilógico.

NOTICIAS RELACIONADAS

Memorias Únicas Sacadas del Baúl

Con perdón de José María Cano y Salvador Dalí, aplico las primeras líneas de aquel célebre poema hecho canción, al rey Pelé. El primer rey...

Memorias Únicas Sacadas del Baúl

“Se acabó el sueño”, solía ser el titular de prensa que anunciaba la eliminación de la selección mexicana, lo fue en cada mundial de...

USB

En una de esas vacaciones de verano, mientras enfrentaba al monstruo inescrutable de la cotidianidad hojeando el periódico, descubrí un anuncio donde solicitaban jóvenes...
error: Content is protected !!