LLAMADA DE EMERGENCIA

El simulacro no tiene que salir perfecto

Por GUSTAVO GARCÍA SALAZAR

Cada 19 de septiembre, México vuelve la mirada hacia dos acontecimientos que marcaron profundamente nuestra historia: los sismos de 1985 y 2017. Recordamos a quienes perdieron la vida, reconocemos a quienes participaron en las labores de búsqueda y rescate y revivimos las imágenes de una sociedad que, ante la tragedia, fue capaz de organizarse y ayudar.
Sin embargo, con frecuencia se presenta esta fecha únicamente como una conmemoración de las personas fallecidas en aquellos terremotos. Aunque honrar su memoria es necesario, reducir el significado del 19 de septiembre solamente a ese recuerdo deja fuera una parte fundamental: en México, esta fecha también es el Día Nacional de Protección Civil.
No es simplemente el aniversario de dos desastres. Es un día dedicado a reconocer la importancia de la prevención, la preparación y la participación organizada de autoridades, instituciones, empresas, escuelas, cuerpos de emergencia y ciudadanía.
El sismo de 1985 dejó al descubierto muchas debilidades en la capacidad de respuesta de nuestro país, pero también despertó una extraordinaria solidaridad ciudadana. De esa experiencia surgió la necesidad de construir una organización más sólida para prevenir riesgos y responder ante las emergencias. En 1986 se establecieron las bases del Sistema Nacional de Protección Civil.
Años después, la historia volvió a golpearnos. El 19 de septiembre de 2017, exactamente 32 años después de aquel terremoto, otro sismo causó muerte y destrucción. La coincidencia reforzó todavía más el peso emocional de esta fecha.
Por eso, el 19 de septiembre tiene memoria, pero también debe tener aprendizaje.
La Protección Civil no comienza cuando ocurre un sismo, una inundación, un incendio o cualquier otra emergencia. Tampoco es únicamente responsabilidad de quienes utilizan un uniforme, conducen una ambulancia o integran una brigada. La Protección Civil empieza mucho antes del desastre: cuando identificamos los riesgos, corregimos condiciones inseguras, capacitamos a la población, elaboramos planes y practicamos cómo actuar.

Aquí es donde aparecen los simulacros.

Cada año, instituciones públicas, empresas, comercios, hospitales y escuelas se preparan para participar. Se designan brigadistas, se colocan señalamientos, se revisan rutas de evacuación y se organiza la salida de las personas. Hasta ahí, todo parece correcto.
El problema surge cuando el principal objetivo se convierte en demostrar que el simulacro “salió bien”.
Existe un afán por presumir tiempos de evacuación cada vez más cortos, mostrar fotografías ordenadas, formar a todo el personal en el punto de reunión y elaborar un reporte donde aparentemente no hubo ningún problema. Algunas veces hasta se ensaya previamente cada movimiento para evitar equivocaciones frente a los observadores o las autoridades.
Pero si todo fue preparado para que luciera perfecto, ¿realmente se puso a prueba nuestra capacidad de respuesta?
Un simulacro no es un espectáculo, una competencia ni una ceremonia para tomarse la fotografía institucional. Tampoco debería convertirse en un simple requisito que se cumple una o dos veces al año para llenar un formato y archivarlo.

Su verdadero propósito es encontrar fallas.

Un simulacro útil debe permitirnos descubrir que la alarma no se escucha en determinadas áreas; que una salida de emergencia está bloqueada; que algunas personas desconocen la ruta de evacuación; que los brigadistas no cuentan con equipo suficiente; que no se contempló a las personas con discapacidad, adultos mayores, mujeres embarazadas o visitantes; que el punto de reunión no tiene la capacidad necesaria; que nadie sabe quién debe cerrar el suministro de gas o energía eléctrica; o que el conteo final del personal no se realiza correctamente.
Esos hallazgos no significan que el simulacro haya fracasado. Por el contrario, significan que cumplió con su función.
Cada error descubierto durante un ejercicio representa una oportunidad de corregir antes de enfrentar una emergencia real. Es preferible detectar una puerta cerrada durante un simulacro que encontrarla bloqueada cuando exista humo, fuego, pánico o riesgo de colapso.
Quienes hemos trabajado en la atención de emergencias sabemos que la realidad difícilmente se comporta como fue escrita en el guion. En una contingencia verdadera hay miedo, confusión, ruido, personas lesionadas, fallas en las comunicaciones y decisiones que deben tomarse en cuestión de segundos.
Por eso, los simulacros también necesitan escenarios realistas. No todas las regiones del país enfrentan los mismos peligros. Mientras algunos estados tienen un riesgo sísmico importante, otros deben prepararse principalmente ante inundaciones, huracanes, incendios, fugas de materiales peligrosos o emergencias industriales.
La hipótesis debe construirse a partir de los riesgos reales del lugar y no únicamente porque es el escenario que todos conocen o el más sencillo de organizar.
Al terminar el ejercicio, la pregunta no debería ser solamente: “¿En cuánto tiempo evacuamos?”. También tendríamos que preguntar: ¿qué salió mal?, ¿qué no habíamos considerado?, ¿qué personas quedaron desprotegidas?, ¿qué recursos hicieron falta?, ¿funcionaron realmente los medios de comunicación?, ¿sabíamos qué hacer o solamente seguimos a los demás?.
La parte más importante de un simulacro comienza precisamente cuando termina. Es el momento de reunir a los participantes, escuchar sus observaciones, registrar las fallas, asignar responsables y establecer fechas para corregirlas. Si después del ejercicio todo continúa igual, solamente realizamos una representación.
El 19 de septiembre debemos guardar respeto por la memoria de las víctimas de 1985 y 2017. Pero la mejor manera de honrarlas no consiste únicamente en realizar ceremonias, guardar un minuto de silencio o publicar mensajes en las redes sociales.

La mejor manera de honrar su memoria es aprender.

Que cada escuela revise sus protocolos. Que cada empresa mantenga libres sus salidas de emergencia. Que cada institución capacite verdaderamente a sus brigadas. Que las autoridades atiendan las observaciones encontradas. Que cada familia conozca los riesgos de su vivienda y cuente con un plan.

Recordar sin aprender nos condena a repetir los mismos errores.

Este Día Nacional de Protección Civil entendamos que un simulacro perfecto puede ser solamente una puesta en escena. Un ejercicio donde aparecen errores, dudas y deficiencias puede resultar mucho más valioso, siempre que exista la voluntad de corregirlos.
Porque el éxito de un simulacro no se mide por la fotografía, el aplauso o un tiempo récord. Se mide por las áreas de oportunidad que fue capaz de revelar y por las acciones que se realizaron después.
Los simulacros no se hacen para demostrar que estamos preparados.
Se hacen para descubrir cuánto nos falta por preparar.

Nos leemos el próximo lunes
@llamada de emergencia