La paranoia de Macario

Macario compró un solar en el kilómetro 6 de la carretera federal 130, en el cual construyó un tinglado y puso una vulcanizadora, conocidas comúnmente como talacheras. Claro que antes de ubicar su changarro, hizo un análisis de esos que los economistas llaman estudio de mercado. Primero observó que en la zona no había prestadores de servicios afines, o sea que no existía otra talachera. Luego analizó el tráfico de los potenciales clientes, es decir, la cantidad de vehículos automotores que transitaban esa vía de comunicación. En tercer lugar realizó un examen crítico de las posibilidades existentes de que los carros en tránsito llegaran a sufrir alguna ponchadura, circunstancia que dedujo de la gran cantidad de baches y malas condiciones de la carretera, cosa muy pero muy rara que ocurra en esta región del país.

En esas circunstancias y después de hacer todos los tramites habidos y consabidos de las reformas fiscales, instaló su negociación mercantil, y como era de esperarse, la clientela comenzó a llegar y el negocio a tener un crecimiento verdaderamente acelerado y exitoso, hasta que Nicolás, otro talachero, se le instaló enfrente y en promoción por apertura bajó los precios del servicio.

Macario de inicio sintió un odio hacia su competidor, “maldito egoísta” pensó, “cómo no se le ocurrió otra idea más que venir a fregar, haciendo lo que yo hago, solo para joderme la vida”. De inicio la clientela bajo a la mitad, la demanda se dividió en dos. Pero lo más trágico que le pudo ocurrir a Macario y que jamás pensó que ocurriría es que esa carretera que todo el tiempo era un asco, un día quién sabe por qué causa tuviera que viajar por ella el señor Presidente y el Gobernador, y por esa prioridad, fuera urgentemente encarpetada. Un milagro para los transeúntes, y la quiebra para Macario con su competencia, que a partir de entonces, lo único que se paraban, eran las moscas en sus vasos de caguamas y uno que otro trailero, cada de vez en cuando.

Desde que las vulcanizadoras dejaron de ser prósperos negocios, Macario cada mañana cuando se levanta, en vez de persignarse, le mienta la madre a Nicolás y le profiere un rosario de elocuentes maldiciones, con las cuales le echa encima la culpa de su mala suerte. “La pinche envidia de ese desgraciado”.

Pero ocurre en la vida que la desesperación lleva a los hombres a buscar abrir algunas puertas, algunas falsas, otras no. Así, Macario abrió la puerta del alcohol, al principio le agradó pero la carencia de trabajo y dinero lo convencieron que desistiera. Motivado por el éxito que un día tuvo, algo en su interior lo movía a buscar en otro lado, por lo que aconsejado por su propia madre, tomó la bandera de la fe y se convirtió en un seguidor de Jesucristo, no en un religioso, eso es otra cosa. Resignado a que Dios tarde o temprano lo ayudaría, con casi nada de trabajo, la mayor parte del tiempo se la pasaba tirado en su hamaca leyendo la biblia. Poco a poco dejó de maldecir a su vecino, a quien no bendecía, pero al menos sentía compasión por él, porque observaba que ambos compartían la misma paupérrima situación.

Casi sin darse cuenta, cómo y de qué manera, el trabajo empezó a fluir, con cada ponchadura daba gracia a Dios, y de nuevo, el negocio retomó su crecimiento acelerado, al grado que ambos talacheros no se daban abasto. “Las vacas gordas regresaron” pensaba Macario, “Dios ha abierto las ventanas de los cielos”. Con esa convicción, y fortalecido en su fe, Macario se enfrentó a un dilema, ir a ver a Nicolás y pedirle perdón, por haberlo estado maldiciendo durante el tiempo de las vacas flacas, por lo que una mañana se encaminó al negocio de su competencia, el cual jamás imaginó que algún día visitaría.

Al llegar, Macario regaló la mejor de sus sonrisas, y después de darle la mano a su vecino, le contó que él estaba arrepentido, que antes no sabía de Dios y que su egoísmo lo había llevado a pensar mal de él, pero que le pedía perdón.

Sorprendido, Nicolás al ver la sinceridad de Macario dijo: “mire, yo también le pido una disculpa, la verdad me vine a poner frente a usted para ganarle los clientes, pero cuando vi que no salía ni para usted ni para mi, y luego que noté que usted se agarró a tomar mucho, anduve pensando cómo hacerle, y un día se me vino la idea, ahora cada mañana, me voy al kilometro 5 y pongo tachuelas, luego me voy al kilometro 7 y pongo tachuelas, desde entonces no le falta el trabajo ni a usted, ni a mí”.

Paradoja: ¿Pueden los hechos ilícitos ser de bendición?

¿Puede una bendición volverse una maldición? ¿Qué debe hacer Macario?

Respuestas: gomcorr@hotmail.com

Facebook: J Gabriel Gómez Corrales.

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